La semaforización de la ciudad
El Diccionario de la Real Academia Española, define "sentido común" como la facultad que la generalidad de las personas tienen de juzgar razonablemente las cosas. Algo que al parecer las autoridades panameñas no tienen, en especial aquellas bajo cuya responsabilidad se encuentra la orientación de las políticas de tránsito y transporte terrestre del área metropolitana, por lo menos, es lo que se infiere de la última genialidad de decorar la ciudad de Panamá con frustrantes elementos amarillos de multicolores luces en advenimiento navideño, con el supuesto propósito de regular, controlar y, según ellos, mejorar la circulación vial.
El problema del tráfico urbano, que algunos ubican dentro de los tres principales problemas citadinos, se produce como consecuencia de dos situaciones perfectamente identificables. La primera, consecuencia lógica de la disminución de aranceles con que fue beneficiada la importación de automóviles, que se contó como uno de los primeros actos de gobierno, post invasión. No discutimos la buena intención de esta medida, que iba orientada a estimular la demanda o el consumo interno, en momento en que se hacía necesaria reactivar nuestra economía, sensiblemente afectada por los efectos de la crisis económica que se vivió en las postrimerías de la era militar. Pero al tomar la medida no se advirtió, o quizás haciéndolo, no se le concedió la importancia debida al hecho de que por razones de la crisis, y ya incluso antes de la aparición de la misma, la ciudad de Panamá no había gozado de las necesarias inversiones en materia de desarrollo vial en los últimos quince años anteriores al período gubernamental que encabezó, el expresidente Endara. De manera que teníamos dos situaciones que contribuirían al cabo de pocos años, tal como lo estamos viviendo, a generar una crisis de movilización vehicular en el área capitalina. Por una parte el incremento en la adquisición de automóviles por parte de la población, estimulada por las mejores ofertas de precios que a su vez era posible debido a que la nacionalización de ese bien, es decir el monto de los impuestos de introducción, había disminuido, y por la otra, la ausencia de una política de desarrollo planificado, sostenido y sistemático de las vías de circulación vehicular, así como una política de inversión en esta materia en la época de la dictadura militar. Es decir el resultado final es que tenemos más automóviles con menos vías de circulación automotora, ya que la profusión de automóviles crece en progresión geométrica y las vías en progresión aritmética.
Ahora bien, sin criticar innecesariamente los esfuerzos de los gobiernos que nos han precedido, pues ambos hicieron lo que pudieron en su oportunidad, se hace imperativo que el nuevo gobierno, entienda que uno de los problemas que requieren atención prioritaria es precisamente el establecimiento de una política coherente en materia de planificación urbana y desarrollo e inversión en el sistema de tránsito de esta ciudad, que contemple la necesaria construcción de pasos vehiculares elevados o subterráneos, de diseño eficiente, rápido desarrollo y mínimas molestias, la ampliación de algunas avenidas intransitables (ejem, Vía Ricardo J. Alfaro, Vía España, Calle 50, Vía Porras, Ernesto T. Lefevre, Vía Cincuentenario), la modificación de los horarios laborales y escolares, la prohibición de realizar construcciones de alta densidad en zonas en las cuales ya la densidad es elevada (ejem. área bancaria), el estudio y realización de un sistema ferroviario urbano, y sobre todo, de carácter inmediato, la desmaforización de la ciudad.
No es lógico, si uno de los problemas es precisamente, la falta de circulación, que la misma sea aún más entorpecida con la colocación de semáforos en cada esquina existente en la ciudad, en las cuales antes de la presencia de éstos, los conductores hacían uso de su sentido común para manejar y atravesar una vía, lo que a todas luces les hace falta a quienes decidieron dotarnos de mayores niveles de stress con el inusitado incremento de la presencia en nuestras calles de los mayores enemigos del tránsito en la época moderna: los semáforos.
Es posible que las estadísticas sugieran que disminuirán los accidentes como resultado del proceso de semaforización de las avenidas, pero no creo que es necesario sacrificar un propósito por otro. No hay cultura vial. El conductor panameño no lo caracteriza la pericia en el manejo, no atiende las señales de manejo, conduce como promedio lentamente, no respeta el derecho ajeno, ni le mortifica que su acción en el volante perturbe a los demás, los accidentes se producen más por impericia que por velocidad, por imprudencia y por falta de mantenimiento adecuado en el vehículo. Todos tenemos derecho a llegar en el menor tiempo posible a nuestro destino, evitando mayores desgastes en el vehículo y procurando ahorros de combustibles, y esa es una responsabilidad irrenunciable que le incumbe al Estado y con la cual de seguro se alejará de cumplir semaforizando hasta los parques.
El problema del tráfico urbano, que algunos ubican dentro de los tres principales problemas citadinos, se produce como consecuencia de dos situaciones perfectamente identificables. La primera, consecuencia lógica de la disminución de aranceles con que fue beneficiada la importación de automóviles, que se contó como uno de los primeros actos de gobierno, post invasión. No discutimos la buena intención de esta medida, que iba orientada a estimular la demanda o el consumo interno, en momento en que se hacía necesaria reactivar nuestra economía, sensiblemente afectada por los efectos de la crisis económica que se vivió en las postrimerías de la era militar. Pero al tomar la medida no se advirtió, o quizás haciéndolo, no se le concedió la importancia debida al hecho de que por razones de la crisis, y ya incluso antes de la aparición de la misma, la ciudad de Panamá no había gozado de las necesarias inversiones en materia de desarrollo vial en los últimos quince años anteriores al período gubernamental que encabezó, el expresidente Endara. De manera que teníamos dos situaciones que contribuirían al cabo de pocos años, tal como lo estamos viviendo, a generar una crisis de movilización vehicular en el área capitalina. Por una parte el incremento en la adquisición de automóviles por parte de la población, estimulada por las mejores ofertas de precios que a su vez era posible debido a que la nacionalización de ese bien, es decir el monto de los impuestos de introducción, había disminuido, y por la otra, la ausencia de una política de desarrollo planificado, sostenido y sistemático de las vías de circulación vehicular, así como una política de inversión en esta materia en la época de la dictadura militar. Es decir el resultado final es que tenemos más automóviles con menos vías de circulación automotora, ya que la profusión de automóviles crece en progresión geométrica y las vías en progresión aritmética.
Ahora bien, sin criticar innecesariamente los esfuerzos de los gobiernos que nos han precedido, pues ambos hicieron lo que pudieron en su oportunidad, se hace imperativo que el nuevo gobierno, entienda que uno de los problemas que requieren atención prioritaria es precisamente el establecimiento de una política coherente en materia de planificación urbana y desarrollo e inversión en el sistema de tránsito de esta ciudad, que contemple la necesaria construcción de pasos vehiculares elevados o subterráneos, de diseño eficiente, rápido desarrollo y mínimas molestias, la ampliación de algunas avenidas intransitables (ejem, Vía Ricardo J. Alfaro, Vía España, Calle 50, Vía Porras, Ernesto T. Lefevre, Vía Cincuentenario), la modificación de los horarios laborales y escolares, la prohibición de realizar construcciones de alta densidad en zonas en las cuales ya la densidad es elevada (ejem. área bancaria), el estudio y realización de un sistema ferroviario urbano, y sobre todo, de carácter inmediato, la desmaforización de la ciudad.
No es lógico, si uno de los problemas es precisamente, la falta de circulación, que la misma sea aún más entorpecida con la colocación de semáforos en cada esquina existente en la ciudad, en las cuales antes de la presencia de éstos, los conductores hacían uso de su sentido común para manejar y atravesar una vía, lo que a todas luces les hace falta a quienes decidieron dotarnos de mayores niveles de stress con el inusitado incremento de la presencia en nuestras calles de los mayores enemigos del tránsito en la época moderna: los semáforos.
Es posible que las estadísticas sugieran que disminuirán los accidentes como resultado del proceso de semaforización de las avenidas, pero no creo que es necesario sacrificar un propósito por otro. No hay cultura vial. El conductor panameño no lo caracteriza la pericia en el manejo, no atiende las señales de manejo, conduce como promedio lentamente, no respeta el derecho ajeno, ni le mortifica que su acción en el volante perturbe a los demás, los accidentes se producen más por impericia que por velocidad, por imprudencia y por falta de mantenimiento adecuado en el vehículo. Todos tenemos derecho a llegar en el menor tiempo posible a nuestro destino, evitando mayores desgastes en el vehículo y procurando ahorros de combustibles, y esa es una responsabilidad irrenunciable que le incumbe al Estado y con la cual de seguro se alejará de cumplir semaforizando hasta los parques.