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La simplificación del proceso cubano


La Sociedad Interamericana de Prensa me ha invitado a su próxima reunión, en Houston, Texas, para que hable de la lucha de los periodistas cubanos que se baten por la libertad en la isla. Bien honrado me siento. Pero, pienso que valdría la pena mencionar, aunque sea de pasada, el enigma de la actitud que una parte de la prensa americana despliega hacia Fidel Castro.
Subrayemos lo básico. Estados Unidos es el faro democrático del mundo, y toda dictadura es enemiga de la democracia. Resulta, sin embargo, que, desde hace más de cuarenta años, la cercana isla de Cuba está regida por un dictador comunista que jamás ha cesado de infamar de palabra y de obra a EU. Su más reciente pública acusación es de cometer "genocidio" en Kosovo y en Cuba. La respuesta de muchos periodistas a tales acusaciones es mucho más suave que las que se disparan a otras dictaduras. Después de todo, insinúan siempre, Fidel ha cometido terribles errores y abusos, pero les ha proporcionado escuelas a los niños, hospitales a los pobres y trabajo a los obreros. El hecho de que cualquier análisis sobre la situación en Cuba puede desvirtuar tales argumentos y demostrar la miseria y la opresión que reina en la isla desde hace años no parece hacer mella en esos periodistas.
Muchas razones explican tal aparente desvarío político, incluyendo la presencia de una minoría ubicada al lado de Castro. Pero hay una causa enraizada en la historia que merece atención. Desde principios del siglo XIX, americanos y europeos no veían en la América Latina más que un continente fecundo en golpes militares y mediocres dictadores. En 1898, la derrota militar de España ahondó el abismo que separaba a los dos lóbulos del continente. De un lado el poderoso y unido Norte; del otro el turbulento y desunido Sur. El indiscutible poderío norteño, y sus más visibles abusos, derramaron sobre los latinos el temor y el odio al yanqui.
Por su parte, sumida en sus propios problemas, la prensa norteamericana no se molestaba en mirar hacia el Sur.
A lo largo del siglo XX, con pequeñas variaciones impuestas por la revolución de las comunicaciones, ese dualismo se mantuvo. En 1950, Walter Lippman escribía que "los americanos hacen cualquier cosa por la América Latina menos leer sobre ella". Como siempre, la ignorancia fomentó la simplificación. Los marxistas fueron maestros en ese arte de esquematizar el proceso social, "todos los burgueses son malos, todos los obreros son buenos. Siguiendo un parecido teorema, los norteamericanos juzgaron que en el Sur sólo había tres tipos de pobladores, la vasta masa de miserables, un puñado de oligarcas explotadores, protegidos por sus ejércitos, y una minoría de rebeldes que luchaban contra la injusticia. Obviamente, los "revolucionarios", no importa a cuáles violencias apelaran, eran caballeros de la justicia. Cabalgando sobre esa fama, trompeteada por Hollywood, Pancho Villa y Emiliano Zapata (o Wallace Berry y Marlon Brando) pasaron a ser, para los americanos, los únicos "héroes" de la revolución mexicana.
Claro que, como suele ocurrir con las simplificaciones, las desilusiones fueron numerosas. Muchos "revolucionarios" eran tan crueles como los entorchados dictadores. Pero siempre quedaba la esperanza que flota en innumerables intelectuales, de que el próximo revolucionario sería el verdadero instaurador de la justicia. En 1959, cuando soplaban sobre Occidente los tensos aires de la Guerra Fría; cuando la izquierda europea, sacudida por la revelación de los crímenes de Stalin rehacía su panteón, surgió en el Caribe un adalid joven, buen mozo y radical que enarboló la bandera revolucionaria y, para intensificar el orgasmo colectivo, desafió desde su isla al gigante del Norte.
No importó que más tarde el héroe importara cohetes soviéticos y pusiera al mundo al borde del aniquilamiento; ni que, antes que pasara la década, Castro ahogará a todos los periódicos y a las voces disidentes, una juventud americana que crecía bajo las nubes de Vietnam aplaudía toda rebeldía. Hoy la centuria se esfuma y aún hay periodistas y académicos que no renuncian al sueño. ¡Es tan difícil admitir que uno se ha equivocado!
Sobre todo si hay maneras de evadir la confesión ajustando la simplificación. Fidel es malo, pero no tan malo si se le compara con la Cuba de antes, donde todo era corrupción y abuso. Ciertamente hay un millón de exiliados, pero ellos no han sufrido ni son los "buenos". Ellos son los "malos" que huyeron en los 60, y ahora viejos, racistas e intransigentes, siguen queriendo dominar al exilio. Los buenos están en otra parte. ¿En dónde? ¡Ah!, al lado del viejo, racista y estalinista comandante Castro. No hay contradicción. Después de todo, Fidel ha construido escuelas, hospitales y bla, bla, bla...
Historiador y periodista cubano.

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