La solidaridad mundial: una aleccionadora quimera
Motivado por los eventos ocurridos el 11 de septiembre, escribí la semana pasada un artículo sobre la globalización en su contexto económico. He creído oportuno, sin embargo, que tal perspectiva debe complementarse ineludiblemente con algunas reflexiones en torno a la precaria aplicación de la Justicia en el ámbito mundial. Con inusitada expectativa todos los que nos preocupamos por el sentido humano de la historia, creímos que después del 11 de septiembre se conformaría un denso bloque mundial para derrotar el terrorismo no sólo en el nivel bélico, sino en su maligna trascendencia social: el narcotráfico, el comercio de armas, la explotación de niños en actividades ilícitas, y otros flagelos que han originado un entorno dantesco en la vida cotidiana de millones de seres humanos.
Todos esperábamos que el frente común conformado para combatir la red Al Qaeda sería el preludio de un movimiento solidario que se mantendría en pie para atacar internacionalmente los graves y diversos delitos que atentan contra la paz de la "aldea global". ¡Qué equivocados estábamos! ¡Qué rápido se agotó ese sentimiento internacional de ayuda mutua! ¿Por qué? Pareciera que a algunos gobiernos sólo les interesa la "paz mundial" en la medida en que no se les afecte su estabilidad político-económico-social. Lo demás resulta marginal, por lo que su cooperación se limita sólo a lo que sea esencial para ellos. Cabe afirmar aquí que quien todo lo puede ha de temerlo todo: ¡Ojalá que ese temor no se les concrete en sufrimiento!
La prometedora solidaridad mundial ha sido una quimera. Las estrategias nacionales han retomado la actitud unilateral de orientar las acciones gubernamentales de los países poderosos en asuntos que conciernen a toda la humanidad. Ejemplo relevante de ello es el Protocolo de Kyoto para la protección global del medio ambiente. Paradójicamente, los países que son los mayores contaminadores del ambiente, a través de sus gobiernos electoralmente zafrales, han dado una bofetada al Protocolo de Kyoto, a pesar de ser éste un acuerdo suscrito por 180 países (la FIFA debe preocuparse porque la pueden rebasar en números de afiliados) para frenar el calentamiento del planeta. Con justificada tristeza cabe decir que hasta lo tan perfectamente construido como el ambiente y el ecosistema, con el curso del tiempo ha sido corrompido por el egoísmo humano, porque contaminar el ambiente es corromperlo.
Algo similar ha ocurrido respecto a la Corte Penal Internacional (CPI). Siendo ésta una instancia de las Naciones Unidas, con perfil durable para procesar los crímenes de guerra y de lesa humanidad, no será ratificada por algunos países miembros del Consejo de Seguridad. ¿Cuál es la razón de ello? Esta mezquina decisión se sustenta en el temor de que los acusados emerjan fuera del control de los no suscritores del pacto o de que los censurados no sean los deseados por los no abonados a este acuerdo.
En esta circunstancia sólo cabe felicitar a los firmantes y a los no signatarios decirles que el miedo les alcanzará porque éste siempre agiganta la percepción de la fealdad. Por ello, confundirán el miedo con la prudencia o la prudencia con el miedo. Voltaire fue muy tajante cuando dijo que los Estados solamente se pierden por la timidez.
Lo trágico de esta situación es que países que en los momentos de crisis internacionales tienen el poder de veto en el Consejo de Seguridad; que deciden cuándo hay una intervención militar contra algún otro país; y que se presentan como los baluartes de las libertades no reconocerán la jurisdicción de la CPI; y ni acatarán las órdenes de la única herramienta integral para combatir los execrables crímenes mundiales contra las personas en el ámbito internacional. Paradójicamente en La Haya se juzga actualmente, con el patrocinio de algunos países que no acatarán la autoridad del CPI, a algunos acusados de tales crímenes. A los que temen adscribirse a este vehículo de justicia internacional se les puede señalar que el ejemplo es más eficaz que los preceptos. Después del 11 de septiembre, muchos soñamos con un mundo solidario y convencido de no escatimar esfuerzos para castigar los crímenes internacionales.
Pensé que las amargas lecciones de ese día harían de cada ser humano un Quijote en pos de la justicia y la verdad. Seguimos soñando, y concluyo, también con Voltaire, el ejemplo es mejor que las reprimendas.
(jacha@sinfo.net)
Todos esperábamos que el frente común conformado para combatir la red Al Qaeda sería el preludio de un movimiento solidario que se mantendría en pie para atacar internacionalmente los graves y diversos delitos que atentan contra la paz de la "aldea global". ¡Qué equivocados estábamos! ¡Qué rápido se agotó ese sentimiento internacional de ayuda mutua! ¿Por qué? Pareciera que a algunos gobiernos sólo les interesa la "paz mundial" en la medida en que no se les afecte su estabilidad político-económico-social. Lo demás resulta marginal, por lo que su cooperación se limita sólo a lo que sea esencial para ellos. Cabe afirmar aquí que quien todo lo puede ha de temerlo todo: ¡Ojalá que ese temor no se les concrete en sufrimiento!
La prometedora solidaridad mundial ha sido una quimera. Las estrategias nacionales han retomado la actitud unilateral de orientar las acciones gubernamentales de los países poderosos en asuntos que conciernen a toda la humanidad. Ejemplo relevante de ello es el Protocolo de Kyoto para la protección global del medio ambiente. Paradójicamente, los países que son los mayores contaminadores del ambiente, a través de sus gobiernos electoralmente zafrales, han dado una bofetada al Protocolo de Kyoto, a pesar de ser éste un acuerdo suscrito por 180 países (la FIFA debe preocuparse porque la pueden rebasar en números de afiliados) para frenar el calentamiento del planeta. Con justificada tristeza cabe decir que hasta lo tan perfectamente construido como el ambiente y el ecosistema, con el curso del tiempo ha sido corrompido por el egoísmo humano, porque contaminar el ambiente es corromperlo.
Algo similar ha ocurrido respecto a la Corte Penal Internacional (CPI). Siendo ésta una instancia de las Naciones Unidas, con perfil durable para procesar los crímenes de guerra y de lesa humanidad, no será ratificada por algunos países miembros del Consejo de Seguridad. ¿Cuál es la razón de ello? Esta mezquina decisión se sustenta en el temor de que los acusados emerjan fuera del control de los no suscritores del pacto o de que los censurados no sean los deseados por los no abonados a este acuerdo.
En esta circunstancia sólo cabe felicitar a los firmantes y a los no signatarios decirles que el miedo les alcanzará porque éste siempre agiganta la percepción de la fealdad. Por ello, confundirán el miedo con la prudencia o la prudencia con el miedo. Voltaire fue muy tajante cuando dijo que los Estados solamente se pierden por la timidez.
Lo trágico de esta situación es que países que en los momentos de crisis internacionales tienen el poder de veto en el Consejo de Seguridad; que deciden cuándo hay una intervención militar contra algún otro país; y que se presentan como los baluartes de las libertades no reconocerán la jurisdicción de la CPI; y ni acatarán las órdenes de la única herramienta integral para combatir los execrables crímenes mundiales contra las personas en el ámbito internacional. Paradójicamente en La Haya se juzga actualmente, con el patrocinio de algunos países que no acatarán la autoridad del CPI, a algunos acusados de tales crímenes. A los que temen adscribirse a este vehículo de justicia internacional se les puede señalar que el ejemplo es más eficaz que los preceptos. Después del 11 de septiembre, muchos soñamos con un mundo solidario y convencido de no escatimar esfuerzos para castigar los crímenes internacionales.
Pensé que las amargas lecciones de ese día harían de cada ser humano un Quijote en pos de la justicia y la verdad. Seguimos soñando, y concluyo, también con Voltaire, el ejemplo es mejor que las reprimendas.
(jacha@sinfo.net)