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La suerte de Martín


Hay quienes atribuyen la derrota electoral del candidato oficialista, Martín Torrijos, a factores como la falta de coherencia en el discurso político, la planificación inadecuada, una imagen publicitaria mal dirigida, errores de programación, brujería o mala suerte. Pero lo cierto es que de todos los aspectos aludidos lo único que no es válido es aquello de la mala suerte, pues no puede haber en el país persona alguna más feliz de su suerte que el joven excandidato del PRD. Para él y sus allegados es y será una verdadera bendición el no haber obtenido el solio presidencial con las condiciones que pretendían imponerle sus supuestos patrocinadores, y que se han puesto de manifiesto una vez pasado el colapso electoral.
A pesar de la obligada declaración separatista de sus concepciones gubernamentales con las del presidente Pérez Balladares, no hubo quien de buena gana se tragara el cuento, pues la omnipresencia de su predecesor era tal que su sombra se extendía sobre todos los detalles de la campaña, incluyendo los candidatos, sin dejar de lado los sesgos a veces ininteligibles de algunos discursos sobre el futuro de las empresas estatales o la política sobre las áreas revertidas y las bases militares. Sólo la fe de algunos de sus copartidarios era capaz de presagiar una autonomía de gestión en caso de acceder a la presidencia.
Lo cierto es que ni con Martín, como tampoco con la presidenta electa, Mireya Moscoso, hay límites para las desmedidas ambiciones de poder del presidente Pérez Balladares, quien no escatima esfuerzos para lograr el control de organismos sensibles del gobierno más allá de finalizado su mandato. Con ese propósito, a toda prisa y con posteridad al dos de mayo, ha tratado de imponer la creación de la Sala Quinta con el fin de preservar su control en la Corte Suprema de Justicia; ha creado la Autoridad de Aeronáutica Civil para poder designar por un término de diez años a su director; ha designado el nombramiento del Subadministrador del Canal para asegurarse que sea uno de sus acólitos tradicionales; ha procedido a nombrar al superintendente bancario para contar con un pariente en ese sector y, sin duda alguna, continuará promoviendo la creación de posiciones por términos indefinidos por la ley para asegurar la sobrevivencia política de parientes y amigos.
Si todas esas desesperadas medidas se han ejecutado en vísperas del ejercicio de un gobierno de oposición, y ante el cual debe responder por sus actuaciones, imagínese lo que sería si hubiera ganado su protegido Martín Torrijos, el cual no sólo le debe la tutoría, sino la misma candidatura. Sólo de pensarlo se nos pone la carne de gallina, pues la carencia de límites reales en sus actuaciones y la imposición de las reglas del juego, tendrían al joven político en una situación sólo comparable a las imágenes lastimeras de Alcibíades Arosemena bajo el tutelaje de Remón, y Manuel Solís Palma y Francisco Rodríguez bajo el de Noriega.
No tenemos la menor duda de que a estas alturas ya el presidente Pérez Balladares hubiera enviado a su prospecto la lista con sus preferencias para el cuerpo diplomático, entregado con el formalismo requerido la nómina para conformar el gabinete, establecido las reglas para la distribución de las posiciones en la alianza gubernamental, el diseño para la prosecución de la política económica y las privatizaciones, el plan para uso (y abuso también) de las áreas revertidas y, como es natural, las prioridades para la ejecución presupuestaria. Evidentemente, con esas previsiones el joven mandatario no tendría nada de qué preocuparse y podría dedicarse a la apacibilidad de la vida hogareña que tanto le complace, pues es posible que hasta el cuerpo de seguridad, el servicio doméstico, los choferes, la decoración y los entretenimientos hubieran sido temas de prioridad en las recomendaciones presidenciales. En verdad, si la vida es fácil, ¿para qué hacerla difícil?
Pero eso no es todo, como colofón de las arbitrariedades los ¿honorables? legisladores de su partido y adláteres -electos, reelectos y salientes-, en una actitud de fagocisis sin precedentes han introducido una serie de medidas para incrementar sus privilegios, administrar el presupuesto más allá de toda fiscalización estatal, disponer de los recursos del "rgano Legislativo como hacienda propia y, en el más insólito descaro, preservar el uso de las partidas circuitales, germen de los más escandalosos despilfarros y peculados que conoce la historia del país. Lo cual, si lo vemos con las famosas "luces largas", no es otra cosa que una fórmula de minimizar los necesarios controles gubernamentales sobre cada una de sus instituciones y que serían un límite real a los proyectos del joven candidato, toda vez que implicaría tortuosas negociaciones, concesiones generosas y nuevas canonjías cada vez que se propusiera la aprobación de un proyecto.
Pero la suerte de Martín, y la de casi tres millones de panameños, es el no haber obtenido el triunfo electoral, dejar a las legiones de ambiciosos y especuladores con sus lodosas pretensiones y mantener incólume su imagen como prospecto político. Porque de haberse dado el esperado triunfo el peso de los compromisos, las torceduras de brazos y piernas, las oscuras maquinaciones procedentes de desconocidos conciliábulos, hubieran colocado su gobierno en una de las más bochornosas situaciones vividas por la República, empañando tanto su imagen política como la imagen histórica de su progenitor. Para los creyentes en designios ultraterrenos, todo esto pudo ser una previsora intervención de la voluntad paterna; de no ser así, es uno de los más increíbles actos de buena suerte, comparable únicamente a que nos salgan los números, folio, tomo y asiento del gordito del zodiaco.
Es posible que en un futuro no muy lejano, en condiciones políticas más favorables, sin la presencia de El Imprescindible, con un partido verdaderamente saneado, los escaños legislativos purificados de la contaminación dejada por los vástagos de Ali Babá y la comprobada suerte que caracteriza a Martín Torrijos, pueda acceder al mandato presidencial sin las mediaciones del presente y lograr un gobierno transparente en donde prevalezca verdaderamente la voluntad popular.

101 años de Panamá América

 
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