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La suerte o la conciencia


Hay quienes piensan que las decisiones políticas resultan de la correlación de fuerzas y del juego de intereses, que están circunscritas a los hechos y excluyen los valores. Son discípulos de Maquiavelo. Convierten la política en un pozo de indignidades, que por ser inconfesables requieren una serie de hipocresías para encubrirlas. Maquiavelo, quien concibió la política en tales términos, destacó que para el político lo importante era aparentar, no practicar la virtud.
Por lo contrario, para otros la política depende de un conjunto de valores, que enmarcan las fuerzas y los intereses. Piensan que la política no es el arte de lo posible, con lo posible delimitado únicamente por los hechos, sino que es el arte de hacer posible lo necesario, donde lo necesario es presencia de los valores y lo posible hay que ampliarlo para dar cabida progresivamente a lo moralmente necesario. No se instalan en la utopía a la manera de Tomás Moro, pero consideran que ésta le proporciona un horizonte a la política. Para ellos, la decisión de votar, como todo acto de una persona libre y responsable, no debe depender de una lógica maquiavélica, sino de una ética política que incluya una dimensión utópica.
En nuestro contexto panameño, encontramos ambas posturas. A una personalidad, que se erige a sí mismo en juez de moralidad pública, le preguntaron hace poco por qué apoyaba a una candidata presidencial, a pesar de su evidente incompetencia, y respondió cínicamente "porque tiene los votos". Pero se cuidó de presentar su posición so pretexto de la democracia, confundiendo el respeto a los votos emitidos con la subordinación a la intención de voto encuestada. Su opción, aparentemente simple y directa, suponía sin embargo varios prejuicios.
Primero, suponía el predominio de una motivación negativa, un voto en contra. En efecto, de guiarse estrictamente por las encuestas, hubiera debido favorecer al candidato del PRD, quien por ahora va a la cabeza. Pero a golpe de votos en contra no podemos transformarnos en el país que queremos, sólo podemos intentar evitar el país que no queremos. ¿No hay acaso un candidato opositor que sí merece que votemos positivamente por él?
Segundo, suponía reducir el alcance de la decisión de votar a su resultado inmediato, a la selección del Presidente, sin considerar su alcance histórico y social, es decir su virtud para modificar la realidad de las fuerzas políticas y forjar así un futuro diferente para el país. Esta perspectiva inmediata conduce a consolidar un bipartidismo que empobrece nuestra vida política, dejándonos a merced de dos fuerzas hasta ahora preponderantes, que por más que se enfrenten son gemelas. Ambas, en efecto, explotan un pasado del que en el fondo reniegan, niegan en la práctica la conciencia social y nacional que las animó otrora, se reducen a un pragmatismo que las hace pactar con cualquiera con tal de beneficiarse del poder y carecen de un proyecto de futuro en el que creen de verdad.
Tercero, suponía una negación de la iniciativa personal, pues subordina su opción a las preferencias anónimas de otros, consideradas como dictados inapelables y no como simples proyecciones de un momento, que pueden ser variadas por el protagonismo de quienes se deciden por cuenta propia y luchan por hacer valer su decisión.
Esta postura realmente raya en lo inmoral. Por lo contrario, la Comisión de Justicia y Paz ha formulado una opinión magistral en materia de decisión de voto. Advierte que las encuestas pueden fallar en lograr una adecuada representación de la población votante, descuidando ciertos sectores de la población. Además, pueden verse afectadas por la astucia de la población, la cual por desconfianza no siempre emite su opinión sinceramente. Cuando en pocos días vemos encuestas que colocan a quien iría de primero con 45% de preferencia, 37% y 32%, no podemos menos que dudar de la exactitud de las mismas.
Inspirándose en una ética política cristiana, la Comisión invita "a los ciudadanos a votar según su conciencia. El voto, dice, no es una apuesta al ganador. No importa quién esté de primero, segundo o tercero en las encuestas. El voto debe reflejar la convicción personal de que la persona por quien se va a votar sea la mejor opción para dirigir los destinos del país. Votar a conciencia implica analizar a fondo las propuestas de gobierno y escudriñar la trayectoria de los candidatos, para votar por la persona más idónea, con una trayectoria de honestidad y capacidad para gobernar y con el mejor programa de gobierno al servicio de bien común".
Estos criterios de Justicia y Paz son orientadores, siempre y cuando vayamos a votar en conciencia y no al azar. Votar en conciencia no es votar como nos da la gana, sino de acuerdo con las exigencias de la razón y la ética, según los mejores valores que podemos racionalmente reconocer y poner en práctica. Ello exige que comencemos por juzgar los diversos factores que se conjugan en una propuesta electoral: la personalidad del candidato, a saber su capacidad para gobernarnos resolviendo los problemas que tiene nuestro país, la experiencia que acredita esta capacidad, su integridad para actuar sin que predomine su interés egoísta y la sensibilidad para dedicar su talento a favor de quienes más lo necesitan; su programa de Gobierno, que abarca un proyecto con los grandes objetivos que le propone al país y los planes específicos para alcanzarlos, pero también el grado de compromiso personal y de su grupo con el programa; por último, su equipo de colaboradores, no sólo aquellos que pueden ser sus más altos funcionarios, sino especialmente aquellos que integran su círculo íntimo de allegados y asesores.
Luego, tenemos que decidirnos por una de las propuestas, y en esta decisión hemos de considerar la adecuación de cada una a lo que percibimos como más urgente para nuestro país en el próximo quinquenio, en nuestro caso la creación de empleos y la administración responsable del Canal. Por último, nos queda compartir el trabajo a favor de uno de los candidatos. Para que las elecciones sean efectivamente democráticas se necesita la participación de mucha gente en transmitir las propuestas, informando y convenciendo a los electores, en servir como voluntarios, activistas, "capitanes", jurados de mesa, manifestantes, donantes de recursos monetarios y en especie, etc. Juzgar, decidir y trabajar este es el curso racional y ético para escoger Presidente, aunque los componentes no tienen que darse de manera compleja y por separado, sino que pueden darse en un proceso mental fluido y relativamente simple.
Tenemos que escoger entre dos modos de decidir por quién votar para Presidente. El modo maquiavélico implica renunciar a nuestra responsabilidad. Cada uno estaría siguiendo a los demás por intermedio de las encuestas y nadie a su propia conciencia. Equivale a depender de la suerte, que es un factor extraño a la conciencia humana. El modo que recomienda la ética política de inspiración cristiana coloca a cada uno, por lo contrario, frente a su responsabilidad personal, escuchando a su propia conciencia en diálogo con los demás.
Sólo en este caso hacemos Patria, porque sólo en este caso ejercemos y confiamos en lo que nos distingue como personas, la conciencia, no la suerte. Y no tengo la menor duda que si decidimos por quién votar en conciencia, el Ing. Alberto Vallarino tendrá la mejor opción de ganar.

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