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La supremacía de los mediocres


“El mundo seguirá caminando por sus sendas, cada uno construirá su destino de acuerdo a sus ideales, posibilidades y esfuerzos. Habrá quienes por golpe de gracia sabrán aprovechar sus oportunidades, otros, hijo mío, treparán hacia el éxito inmisericordes y sin miramientos por encima de toda situación. De esos cuídate, ellos son los mediocres que suman mayoría”, así le recomendaba una abuelita a su nieto postizo, que recogió en su hogar luego que éste se escapara de su casa a la edad de 15 años.
“De los mediocres que suman mayoría”, decía al respecto el célebre José Ingenieros: “Su existencia es, sin embargo, natural y necesaria. En todo lo que ofrece grado hay mediocridad; en la escala de la inteligencia humana ella representa el claro oscuro entre el talento y la estulticia”.
Individualmente considerada, la mediocridad podría definirse, -según Ingenieros- como una ausencia de característica personales que permiten distinguir al individuo en su sociedad. Esta ofrece a todos un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: “Juntad mil genios en un concilio y tendréis el alma de un mediocre”. Esas palabras denuncian lo que en cada hombre no pertenece a él mismo y que, al sumarse muchos, se revela por el bajo nivel de las opiniones colectivas.
Decía la abuelita centenaria a su nieto, sabes “sé original, procura dejar huellas en todo lo que hagas, así te distinguirás de los mediocres, ellos nacen, pocos viven porque ignoran mucho”.
Ingenieros solía sentenciar: “Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos”.
Al igual que un individuo, las naciones son el vivo reflejo del carácter y los ideales de quienes la conforman.
Panamá, celebra sus cien años de vida republicana. Como nación joven debemos perfilar nuestro destino hacia ideales definidos que nos conviertan en el eje de nuestro propio desarrollo, al contar con vastos recursos y oportunidades que la gracia divina nos confirió con sus hombres y mujeres, su posición geográfica como recurso económico del comercio mundial al poseer clima, playas, infraestructura marítima y portuaria, turística, bancaria, agrícola, las áreas revertidas y legislaciones flexibles, y otras.
Tenemos que aprender a vivir para ser originales y dejar huellas dentro del hemisferio; no podemos permitir que por los vicios internos -el juega vivo, el clientelismo político, el lobby de poder, el tráfico de influencia o nepotismo, las improvisaciones frecuentes, la corrupción económica, la mora judicial, la ausencia de liderazgos auténticos, la marginación de clases, y la sub-utilización del recurso humano capacitado - que nos han caracterizado estos últimos cien años se nos siga tildando de país subdesarrollado o del Tercer Mundo.
¿Y por qué tercermundista? Porque aún no hemos aprendido a amar a nuestras futuras generaciones tal como lo hicieron nuestros próceres. Y es que para poder evolucionar hay que amar, y amar es una virtud que se halla sin devanar dentro del espíritu humano lo que enciende la chispa -creatividad- del desarrollo económico y político.
El escritor y diplomático estadounidense Michael Novak, dice al respeto: “Parte de la enorme herencia de América Latina, es su larga y profunda educación y cultura judeo cristiana, que enseña que todo individuo está “hecho a la imagen de Dios, el creador” por lo que todo ser humano es una fuente original de creatividad”.
Novak, arguye: “Echemos un vistazo a las naciones del anillo de Asia oriental (Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Hong Kong; Japón y otras), que al terminar la Segunda Guerra Mundial y, en apariencia, sin contar con mayores recursos, al cabo de 25 años ha multiplicado su tesoro nacional muchas veces, elevando la condición social de sus pobres convirtiéndose en líderes económicos del mundo”.
Asia oriental enseña dos cosas, puntualiza Novak. Primero, que el desarrollo económico, rápido y vasto, todavía es posible en esta tierra, incluso dentro de una sola generación. La segunda, que el origen de la riqueza de las naciones no son sólo los recursos naturales. Si esto fuera la causa de la riqueza de las naciones, Japón y otros países de Asía oriental serían pobres, ya que sus recursos naturales son muy escasos. La razón de su riqueza es el intelecto y la disciplina humana, a través de las cuales los pueblos se organizan para lograr una creatividad comunal y asociativa.
Martín Luther King, Jr., líder afroamericano y pastor bautista por los derechos civiles y contra la Guerra del Vietnam, argüía: “Muchas personas no temen nada con más espanto que de tomar posturas que destaque demasiado y claramente del parecer general. La tendencia de la mayoría es la de adoptar un punto de vista tan ambiguo y tan popular que incluirá a todo el mundo. Nadie que aspire a ideas altas y nobles las debe esconder bajo una apariencia de aridez por miedo a ser considerados diferentes”.
Tener el coraje de ser diferente a la mediocridad es lo que necesitamos en este país, al desarrollar características y virtudes propias que nos distingan como individuo los unos de los otros, pero conjugando en un solo proyecto de nación todas aquellas ideas creativas que propendan al éxito, para que la supremacía de la mediocridad no nos siga postrando en el subdesarrollo.
(intercriminis_2@starmedia.com)

101 años de Panamá América

 
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