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La tradición y el arte de gobernar


Por tradición debe entenderse la transmisión de la herencia específica, la articulación histórica, en virtud de la cual es posible que cada generación asimile el sustrato de sabiduría de las anteriores sin necesidad de repetir la milenaria experiencia de la especie. Así concebida, la tradición es el supuesto mismo de la cultura y del progreso; sin ella no sería posible el desarrollo de las ciencias ni las artes, ni de las técnicas pragmáticas, ni de las instituciones jurídicas; porque ninguna ciencia, ni arte, ni técnica, ni institución se ha elaborado o constituido en el transcurso de una sola vida humana o de una generación de hombres. ¡El saber de nuestra época fruto es de generaciones pretéritas!

El sentido de la tradición como contenido perdurable de la historia humana; la moral y el pudor consustanciales con el recuerdo piadoso de los muertos; la vocación virtuosa que templa el carácter de los hombres y modela el alma de los pueblos, no necesitan sino ese don de evocación, ese intrínseco temblor religioso que nos suspende y reconcentra ante la realidad rediviva de las grandes figuras de la historia en función del presente. Si el culto de la tradición y el amor a los valores históricos son de por sí sentimientos magnánimos que subliman la dignidad humana, la renovación de esos valores en función de militancia como contenido de la realidad ambiente, cuando constituye un estado de conciencia, representa ya del todo la universalidad del momento histórico que vivimos. Por eso conviene tener presente que la tradición de los pueblos se engrandece cuanto más se estrechan los límites de la historia. Todo esto y mucho más, son materias indispensables de conocer en lo que dice, “el arte de gobernar”.

¡El arte de gobernar porque sí! Los hombres que tienen a su cargo la tarea abrumadora del gobierno y la administración de la comunidad nacional, y que deben estar solicitados casi constantemente por la labor inveterada de la función pública en sus expresiones mecánicas más ostensibles, no sepan o les sea difícil meterse en el alma popular para descubrir causas reales y comprender cómo se elabora el proceso subconsciente de malestar y descontento, de desconfianza e inquietud que, a las largas, han de plasmar en las formas convulsivas de la conciencia multitudinaria. Tal es el origen de tantos y tan funestos errores de los gobernantes mejor intencionados, pero que no han sabido comprender que las mejores intenciones de orden puramente individual no siempre son de inspiración mesiánica, aunque se trate de gobernantes sabios y previsores a su manera. Y que, por regla general, tales inspiraciones personales distan mucho de interponer el sentir y el pensar del resto de la comunidad.

¡La tradición mantiene siempre un mensaje vivo digno de recoger!

101 años de Panamá América

 
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