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La tragedia de Haití


La historia de Haití, el primer Estado independiente de América Latina, la primera República negra del mundo, ha sufrido una tragedia sin fin ni límites. No pasa un quinquenio sin levantamientos, insurrecciones, golpes de Estado, motines o represiones; asesinatos, secuestros, actos de corrupción o desórdenes políticos que llegan reiteradamente a la magnitud de auténticas revoluciones con matanzas de cientos, o hasta miles de personas y la destrucción de recursos indispensables para la vida humana y el desarrollo civilizado.

Como si la naturaleza fuese cómplice, se conjuga con los eventos sociopolíticos que desgarran Haití. Históricamente, pueden contarse, entre muchos otros sucesos, la revuelta de los esclavos y libertos (1791), la Guerra de los Cuchillos (1799), la lucha de los haitianos en contra, y a veces con, Francia, Inglaterra y España por recuperar poder o territorio en abierta contradicción con sí mismo; la represión norteamericana de la revuelta popular de 1918 que cobró más de 15,000 vidas; la Masacre del Perejil en octubre de 1937 ordenada por el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo cuando fueron asesinados entre veinte y treinta y cinco mil haitianos en la frontera de ambos países; y los avatares de los que ha sido actor principal Jean Bertrand Aristide, junto con los EE.UU. y otros miembros de las Naciones Unidas –Francia y Canadá-.

Este desalentador panorama se da en un contexto de odiosa discriminación racial, incluso entre negros de diferentes tonalidades, y de pobreza extraordinaria originada cuando de ser la colonia más próspera y rica del nuevo mundo, se convierte, tras independizarse, en un país con una agricultura de subsistencia al estilo africano, y cuyo reconocimiento le niegan todos por rechazo a la existencia de una República de negros con autodeterminación que pone en peligro todo el sistema esclavista; situaciones éstas que, inevitablemente, conducen a la dependencia económica, primero de Francia –a quien por el reconocimiento de su independencia tuvo que pagar 150 millones de francos oro en 1838-; luego de Estados Unidos cuya presencia, influencia y dominación desde inicios del siglo pasado ha sido contundente en todo aspecto y, finalmente, de la burocracia de los organismos internacionales.

Este boceto se completa con la imagen de la gran mayoría de los 8.5 millones de haitianos de los cuales el 80% vive en la miseria permanente y que según datos de UNICEF más del 55% de la población analfabeta y el 60% de desempleados, antes del terremoto del 12 de enero pasado, todos ellos en una topografía desprovista de bosques y aún de árboles, lo cual es evidentemente visible cuando el avión se acerca a Puerto Príncipe.

Ante este dramático cuadro comparto la sugerencia de la que se hiciera eco el español Javier Rupérez, ex sub secretario general de la ONU y ex miembro de las Cortes: que Haití sea asimilado, por lo menos de siete a diez años, por parte de las Naciones Unidas, de alguna forma y con especialísima fórmula, al régimen internacional de administración fiduciaria a pesar de ser miembro soberano, ya que su situación es realmente deplorable y sin esperanza de posible transformación autónoma.

Un triunvirato directivo que evite el unilateralismo e injerencia en los asuntos de la República por parte de determinadas potencias sería un contrapeso que ayudaría a superar la crisis. En el caso de no tomar estas decisiones no hay la menor duda de que terminará perdiendo su identidad y soberanía aún cuando sea bajo las apariencias de mantenerlas.

ariyan@cableonda.net

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