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La tragedia de Kathia Rosalía Guerra


La semana que hoy termina fue marcada por dos noticias trágicas. Una fue la sangrienta incursión de paramilitares colombianos que asesinaron a cuatro panameños en la remota aldea de Paya, Darién; y la otra, rivalizando por su sorprendente impacto en la comunidad, fue la muerte del niñito Giovanni, de sólo tres años, arrollado en la Vía Ricardo J. Alfaro, a la entrada de la Universidad Tecnológica, junto a su joven madre, Kathia Rosalía Guerra Vega, de 28 años, quien en medio del llanto, todavía no alcanza a comprender cómo fue lanzada por los aires y su hijo muerto enredado entre las llantas y chasís de un auto conducido por una menor de edad, mientras atravesaba la peligrosa avenida por la línea de seguridad, en momentos en que otro automóvil aguardaba inmóvil y respetuoso su paso hacia la muerte. ¿Por qué causó tanta impresión este hecho aislado, uno de casi cuatrocientos accidentes fatales que diezman nuestras calles?
Para empezar, la identidad de las víctimas, que pertenecen a una familia muy unida, modesta y trabajadora originaria de La Arena, sur de Veraguas. La joven madre cursa estudios en la Universidad de Panamá y se dirigía al momento de ocurrir la tragedia a su casa en Santa María, donde vive con su madre, abuela del niño, y demás parientes. En otras palabras, la señora Guerra pertenece a una familia típica de Panamá. Gente luchadora que migró desde el interior y se abre paso hoy en la capital, a punta de trabajo honesto, estudio y solidaridad familiar. La mayoría de los nacionales se vio retratada en ella.
Por otra parte, el accidente dramatiza con nombre y apellido un problema de arrastre como lo es la situación anárquica que prevalece en nuestro tránsito terrestre a ciencia y paciencia de las autoridades. En las calles todo el mundo hace lo que le da la gana. Es un todos contra todos y un sálvese quien pueda. Mirado desde el aire, semeja a un circuito ferial de autos locos, uno empujando, pitando, chocando o arrollando a otro a diestra y siniestra, sin reglas, ni nadie que ordene.
¿Por qué pasó? Por irrespetar la línea de seguridad. El estrecho corredor entre dos franjas blancas es el único lugar de una vía en que el peatón tiene preferencia; y todo automóvil debe detenerse, incluso desde que una persona está parada en su extremo, en actitud de cruzar. No es cortesía, es ley.
Por los demás, si fue o no la estudiante universitaria la responsable, como afirman decenas de vecinos y automovilistas que observaron el accidente y personas que tuvieron conocimiento de los hechos ulteriores, no es tan trascendente, como el que todos los que conducimos debemos tomarlo de ejemplo para ser responsables de los daños y pérdidas que podemos ocasionar y, por tanto, asegurar el riesgo y hacer frente con entereza a los hechos.
Normalmente nadie desea causar una tragedia, pero ocurre, como cuando caen los aviones. La cuestión es hacer frente a la culpa que nos corresponda como conductores y como padres, no rehuirla. El darse o no a la fuga, es una reacción condenable, pero explicable. Pero peor es que, una vez superado el trauma inicial, no se dé un paso al frente y decir "yo lo hice". Hay víctimas que indemnizar, trámites de seguro por completar, culpa que asumir con plena entereza ciudadana y autoridades que deben cumplir con su deber. Ojalá la muerte del niño Giovanni no sea en vano.

101 años de Panamá América

 
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