La tragedia del niño abandonado
Quienes no acostumbran a lidiar con esta situación no tienen la más remota idea de lo triste y dolorosa que es ella.
Día, tras día, en cada hospital del nuestro país hay niños abandonados después de haber sido víctimas, en muchos casos, de maltratos y abusos.
Creo que acallamos nuestra conciencia diciéndonos que hay un Ministerio del Menor y la Familia, que existen las Aldeas S.O.S., que las Hermanas de Calcuta son extremadamente amorosas y solícitas y así, el hecho deja de ser preocupante.
Sin duda la loable labor que se realiza en estos lugares es plausible y digna de encomio, pero nuestra actitud solidaria y responsable por esos niños debe ir mas allá de un reconocimiento y, a veces, una exigua ayuda a las instituciones que protegen al menor.
Hay quienes traspasan los linderos de la preocupación y hacen suyo el deseo de compartir lo que tienen con esos niños: su hogar, su amor, sus tenencias, pocas o muchas y sus desvelos. Gente que desea adoptar estos niños y pone en ese esfuerzo todo el corazón.
Pero, como un hecho paradójico, se enfrenta la ley, a las inmensas necesidades de los niños abandonados.
La burocracia en el manejo y los trámites es enorme y el tiempo, inclemente, no contribuye a mejorar la situación de estos niños, yo creo, que, más bien, la empeora. Y no es que esté en desacuerdo con los requisitos que se exigen para adoptar un menor, porque los mismos salvaguardan su integridad, su salud y su bienestar.
La solvencia moral y económica de los padres adoptivos garantizan la grata supervivencia del infante, siempre que las personas que tienen que juzgar y hacer las consideraciones obren con la honestidad, la diligencia y el saludable criterio para beneficiar al menor y, jamás, de permitir que acciones externas e insanas perturben o alteren el buen juicio.
Creo que debe haber una supervisión más efectiva por parte de las autoridades responsables para que, al cumplir con las reglamentaciones establecidas, la adopción sea más rápida y expedita.
Aclaro, que no creo en la adopción de un menor para llenar de felicidad la vida de los padres adoptivos, para consolidar el hogar de una pareja que no tiene hijos, para llenar una vida solitaria y ser servidos en la vejez, éstas pueden ser consecuencias, no propósitos de la adopción.
Creo que se adopta a un menor para servirle, para llenarlo de contento con las pequeñas o grandes oportunidades que les ofrezca la vida, para protegerlo y hacerlo crecer espiritual, intelectual, emocional y físicamente.
Pienso, que si las motivaciones no son auténticas cualquier dificultad que el menor tuviese, en el futuro, se vería como una calamidad buscada.
Es difícil encontrar personas que como dice una linda canción infantil puedan decir "ven a mi casa, come en mi mesa, duerme en mi cama, ven a mi escuela". Pero la lentitud con que se procede, a nivel legal, es cada vez más desesperada, angustiosa y frustrante para el menor y los padres que aguardan.
Ojalá mis palabras fuesen asimiladas por las autoridades a quienes compete tan delicada función: darle a estos infantes la alegría de vivir sintiéndose amados, protegidos y servidos.
Día, tras día, en cada hospital del nuestro país hay niños abandonados después de haber sido víctimas, en muchos casos, de maltratos y abusos.
Creo que acallamos nuestra conciencia diciéndonos que hay un Ministerio del Menor y la Familia, que existen las Aldeas S.O.S., que las Hermanas de Calcuta son extremadamente amorosas y solícitas y así, el hecho deja de ser preocupante.
Sin duda la loable labor que se realiza en estos lugares es plausible y digna de encomio, pero nuestra actitud solidaria y responsable por esos niños debe ir mas allá de un reconocimiento y, a veces, una exigua ayuda a las instituciones que protegen al menor.
Hay quienes traspasan los linderos de la preocupación y hacen suyo el deseo de compartir lo que tienen con esos niños: su hogar, su amor, sus tenencias, pocas o muchas y sus desvelos. Gente que desea adoptar estos niños y pone en ese esfuerzo todo el corazón.
Pero, como un hecho paradójico, se enfrenta la ley, a las inmensas necesidades de los niños abandonados.
La burocracia en el manejo y los trámites es enorme y el tiempo, inclemente, no contribuye a mejorar la situación de estos niños, yo creo, que, más bien, la empeora. Y no es que esté en desacuerdo con los requisitos que se exigen para adoptar un menor, porque los mismos salvaguardan su integridad, su salud y su bienestar.
La solvencia moral y económica de los padres adoptivos garantizan la grata supervivencia del infante, siempre que las personas que tienen que juzgar y hacer las consideraciones obren con la honestidad, la diligencia y el saludable criterio para beneficiar al menor y, jamás, de permitir que acciones externas e insanas perturben o alteren el buen juicio.
Creo que debe haber una supervisión más efectiva por parte de las autoridades responsables para que, al cumplir con las reglamentaciones establecidas, la adopción sea más rápida y expedita.
Aclaro, que no creo en la adopción de un menor para llenar de felicidad la vida de los padres adoptivos, para consolidar el hogar de una pareja que no tiene hijos, para llenar una vida solitaria y ser servidos en la vejez, éstas pueden ser consecuencias, no propósitos de la adopción.
Creo que se adopta a un menor para servirle, para llenarlo de contento con las pequeñas o grandes oportunidades que les ofrezca la vida, para protegerlo y hacerlo crecer espiritual, intelectual, emocional y físicamente.
Pienso, que si las motivaciones no son auténticas cualquier dificultad que el menor tuviese, en el futuro, se vería como una calamidad buscada.
Es difícil encontrar personas que como dice una linda canción infantil puedan decir "ven a mi casa, come en mi mesa, duerme en mi cama, ven a mi escuela". Pero la lentitud con que se procede, a nivel legal, es cada vez más desesperada, angustiosa y frustrante para el menor y los padres que aguardan.
Ojalá mis palabras fuesen asimiladas por las autoridades a quienes compete tan delicada función: darle a estos infantes la alegría de vivir sintiéndose amados, protegidos y servidos.