La tragedia toca a la puerta otra vez
El accidente aéreo en el que perdieran la vida tanto panameños como distinguidos extranjeros por igual, lejos de llevarnos a la morbosa tarea de hacer del árbol leña, no obstante, nos obliga a concitar algunas reflexiones importantes.
Lo primero, lo obvio, que si llegamos a descubrir, de que se trata de un evento fortuito, como cualquier otro accidente, el dolor que nos embarga debemos compartirlo con los familiares de las víctimas conllevando los deseos de consuelo y resignación ante tan trágica pérdida.
Si, no obstante, descubriéramos que algún tipo de negligencia en el mantenimiento del helicóptero pudo haber evitado el trágico accidente, encontraríamos en tales supuestos resultados, un hilo conductor que se uniría a las causas de las dos otras tragedias que han estremecido esta administración: la del dietilenglicol y la del incendio del bus.
Hoy, lejos de hacer pretensiones sobre la solución del tema del transporte, la salud o el estado de mantenimiento del equipo del SAN, algo más sencillo discurre por nuestra mente. El Código Civil lo define con mucha sencillez, y sin embargo es tan importante: el comportamiento como un buen padre de familia. Esto es, cuando el Código Civil quiere definir lo que distingue haberse comportado con el cuidado deseado, o haber sido negligente; nos dice que debemos comportarnos como un buen padre de familia.
Un buen padre de familia es el que pone todo su empeño para asegurarse de que sus hijos e hijas anden por el buen camino. Esta misma obligación y cuidado, se nos exige a todos lo ciudadanos para que en nuestro diario vivir, y, sobre todo, en el marco de nuestras obligaciones profesionales y gubernamentales, sencillamente hagamos las cosas bien, con responsabilidad y diligencia, como lo haría un buen padre de familia.
Si hubiéramos actuado como buenos padres de familia, de seguro las dos primeras tragedias no hubieran sucedido. Debemos averiguar si la carencia de este comportamiento también incidió en el trágico accidente de Calidonia.