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La transmisión presidencial de los Estados Unidos


Ser testigo del acto de transmisión del mando presidencial de la primera potencia mundial es, desde luego, una oportunidad muy especial. A algunos aspectos de este singular evento voy a referirme en este escrito, para compartir mis impresiones con mis lectores. Como destaqué en un artículo anterior, para los estándares latinoamericanos sería más que inusual que a la ceremonia de transmisión concurrieran, en plan tan cordial y cívico, el candidato derrotado que, en este caso, era el vicepresidente y, también, el presidente saliente, habida cuenta de los duros ataques que se cruzaron durante la campaña y que estuvieron dirigidos, nominalmente al vicepresidente y candidato Al Gore, pero especialmente al ex presidente Clinton y a su gestión al frente de la Casa Blanca, después de haber derrotado, precisamente, al padre del nuevo presidente.
Desde el reconocimiento por el ex vicepresidente Gore del triunfo del señor Bush, la clase política estadounidense ha dado manifestaciones de un alto grado de civilidad política. Después de las ácidas imputaciones y reclamaciones que rodearon la definición de los resultados de la Florida, una vez que la Corte Suprema zanjó la disputa inclinando la balanza a favor del señor Bush, casi automáticamente el vicepresidente Gore endosó su triunfo e invitó al país a reconocerle como el presidente de todos y a solicitar el respaldo para su gestión. Y esa actitud de civismo político se evidenció, al más alto grado, durante la ceremonia de transmisión de mando y en las especiales manifestaciones de deferencia que se reciprocaron el presidente y vicepresidente salientes con los nuevos gobernantes.
Sin embargo, a pesar de todas las manifestaciones de cordialidad de las que fuimos testigos, también quedó en evidencia, tanto el discurso del presidente Bush como en el que pronunció el señor Clinton para despedirse, dos días antes, que en el campo doméstico se avecina una batalla que se vislumbra en el horizonte.
Ayer, el nuevo presidente manifestó su intención de someter al Congreso, casi de forma inmediata, su propuesta para reducir impuestos, que fue uno de los temas más controvertidos de la campaña. También anunció su decisión de llevar adelante su propuesta para reformar el sistema educativo, pero sobre este tópico, aunque puedan esperarse posiciones encontradas, no es previsible que se generen confrontaciones que se equiparen a los niveles que se esperan en cuanto al tema de los impuestos.
El nuevo presidente de los Estados Unidos, contra las especulaciones de algunos observadores que aseguraban que su estrecho triunfo electoral tal vez le induciría a reconsiderar varias de sus propuestas más controvertidas, reafirmó que su intención es la de impulsar su agenda de la campaña política. En respuesta a una pregunta que se le hiciera unos días antes de asumir el mando, reafirmó su convicción de haber alcanzado la Casa Blanca, precisamente por haberse mantenido firme en sus propuestas. Y ese fue el tono de su discurso, dicho, sobre todo, con gran convicción. En estas circunstancias, tanto la lectura de su discurso inaugural como la revisión cuidadosa de su agenda de la campaña tienen la mayor importancia.

101 años de Panamá América

 
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