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La Universidad de Panamá se defiende


Es una verdadera pena que una de las más importantes instituciones para el desarrollo de la nación panameña haya cumplido su septuagésimo aniversario con un liderazgo institucional que busca defenderse afanosamente de acusaciones de fraude y corrupción en la expedición de títulos universitarios. Más bien lo que debiera llamar la atención es el aislamiento de la Universidad de los temas de relevancia nacional, la poca actividad creativa de lo que debiera ser el principal centro de conocimientos del país, y el ensimismamiento de sus docentes y estudiantes en momentos en que la nación crece y requiere una renovación de su conciencia histórica. Pareciera como si fuera el Estado el que tiene una deuda permanente con los universitarios y no los universitarios (profesores y estudiantes) con el país. Si sintieran la obligación moral de ser productivos y aportar creativamente a la riqueza y a la cultura panameña, se darían cuenta que no hay tiempo ni espacio para la pugna politiquera, que el deber de la Universidad, de sus instituciones y órganos de gobierno, no es defender a la persona del rector, sino enaltecer las cualidades humanas que exigen la formación científica, técnica y profesional de sus integrantes.
Avergüenza que la Universidad tenga que organizarse para defenderse de imaginarias agresiones que sólo existen en el ego enloquecido de quienes están muy por debajo del ideal humanístico que soñaron Harmodio Arias y Octavio Méndez Pereira. ¡Pobre Universidad!

101 años de Panamá América

 
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