La verdad de la ley del transporte
Una herramienta básica y hasta imprescindible para toda actividad de política electoral son los autobuses. ¿Por qué? Porque es el medio mediante el cual los partidos y sus dirigentes, más aquellos que tienen aspiraciones, movilizan a las masas. Se sabe lo importante que es para un equipo "en campaña" demostrar que se tiene fuerza, arrastre o impacto en los electores.
Como consecuencia lógica de lo anterior, aquí y en cualquier parte del mundo donde la política electoral tiene estos rasgos silvestres, la relación entre políticos y buseros es muy cordial, de "mutuo respeto". Por eso vemos que ni siquiera los de la oposición atacan abiertamente a los transportistas y ahora su nueva ley.
Esta situación gana acento conforme se acercan las elecciones. En este periodo, de necesidades mutuas, surge la conveniencia de no agredirse. Es un apoyo recíproco, que transcurre con los años y que generalmente perjudica a los usuarios e imposibilita que se reforme el sistema y, con ello, se eliminen ciertos vicios a una economía pujante.
Desde este punto de vista está claro que los buseros tuvieron razones muy poderosas para convencer a los políticos en el poder de que la ley aprobada el lunes no debía ser muy molesta para ellos. Eso explica por qué el gobierno cambió el tono de su discurso, que hace un año, cuando 18 panameños murieron quemados dentro de un bus con desperfectos, era de reforma total y apoyo al usuario. Hoy, por el contrario, se habla el mismo idioma de los transportistas y se acepta como buena una ley que se confeccionó a la medida de los protagonistas de un sistema corrupto e ineficiente.
Vemos entonces que lo menos importante era la amenaza de una huelga de buses que pretendía paralizar la economía si se aprobaba una ley muy dura. Por el contrario, el verdadero temor está en arriesgar la movilización en tiempos de campaña. Veamos si los usuarios, quienes también tiene poder, el poder del sufragio, saben decodificar esta realidad y dictan sentencia a su debido tiempo.