La verdad sobre el transporte público
Es verdad que necesitamos buses nuevos, con asientos cómodos, con motores en buen estado y que no se les despegue el tren trasero. Pero no es menos verdad que necesitamos gente que conduzca estos buses con buenos modales, que traten bien a los usuarios, y que sean respetuosos de la autoridad y de las leyes.
Ni los buses nuevos ni los conductores bien entrenados son suficientes. Se necesita, además, un sistema de transporte público eficiente, diseñado más para la ciudad que vamos a tener en unos pocos años que para la que rápidamente está desapareciendo bajo la presión de cambios desordenados; y, sobre todo, bien administrado, que sea costo eficiente, que evite el despilfarro, que supervise profesionalmente la conducta de los operadores y que garantice la provisión de un servicio de mantenimiento idóneo y oportuno.
Ahora bien, la novedad más importante que deberá caracterizar al nuevo sistema de transporte público es la participación de los ciudadanos, más que la participación, el involucramiento del ciudadano en las tareas de control de calidad del sistema y, particularmente, en lo que concierne al diseño de las rutas. Un sistema así sólo puede establecerse mediante ley de la república y tras un debate debidamente informado de las distintas opciones, sus costos, y los posibles proveedores. En vez de eso sólo tendremos buses nuevos con conductores viejos y sin una gerencia pública que evite el deterioro veloz de una millonaria y controvertida adquisición de vehículos extranjeros.