La verdadera fuerza moral de los pueblos
La célebre máxima de José Ingenieros sobre la juventud, esa fuerza moral de los pueblos, quedó en el pasado, cuando nuestra juventud dedicaba sus energías a soñar lo imposible. En ese sentido, la Historia siempre tendrá esa mala costumbre de abrogarse la búsqueda insolícita de héroes y profetas. Sin duda, el Deuteronomio le hizo flaco favor a esta vocación cuando advirtió sobre su destino. Y en nuestro país, aquellas advertencias sirvieron su propósito.
Así, con mucho interés leí dos libros sobre la suerte de ésta, nuestra juventud, sus planes para un mejor Panamá y de cuán frustrados se vieron en sus intentos. No obstante, su fracaso es sólo atribuible a esa ingenua creencia en alguna fuerza o éter moral. En "Hijos de la Rebeldía", Carlos Cuestas habla de la experiencia de los peleadores del Tute, ese grupo de muchachos que se lanzó a la montaña en 1959 para adelantarse a la supuesta invasión a cargo de un interesante personaje olvidado por la historia nacional, el tristemente célebre Tito Arias. En otro libro, "Recuentos de un Boina Negra", Harmodio Niedda, un ex boina negra que actuó cuasi clandestinamente a favor de ese otro tristemente célebre personaje, Arnulfo Arias, habla de esos complicados años anteriores al golpe del 1968.
Ambos libros son de lectura obligada, a pesar de sus deficiencias. No obstante, yo creo que también es meritoria una interpretación distinta de estos eventos. A pesar de que nos atribuyamos sabiduría y madurez en retrospectiva, aquella viene a cuestas de cierta arrogancia sobre nuestras motivaciones: en efecto, la historia la escriben los vencedores... con la mojigatería de los perdedores.
No niego que existió una motivación sincera de llevar al país en senderos distintos y quizás, más prósperos. Sin embargo, el idealismo no justifica cerrar los ojos a lo que no se encuadra nítidamente en nuestras viseras. Si bien los veteranos de estas guerras verán con asco el excesivo pragmatismo de nuestros políticos, la actitud de aquella juventud idealista no estuvo exenta de reproche, como cuando en arranques de histeria y coraje se enfrascaban en peleas callejeras o amenazaban a policías de montaña a punta de pistola.
Sin duda, Panamá estaba, estuvo y permanece en una situación delicada, pero abrogarse esa vocería de las masas puede ser peligroso -especialmente cuando ese mismo pueblo cambia de parecer o peor aún, cuando no sabe lo que quiere. Y eso no nos hace automáticamente enemigos de una causa, sólo que muchos no pueden costearse un noble destino en el paredón.
De esos muchachos del Tute, muchos murieron como mártires de una causa ingrata. Un familiar que participó en ese conato de insurrección, en unos cuadernillos dispersos que tuve la oportunidad de leer tras su muerte, sencillamente detalló que las condiciones en Panamá no estaban "maduras". Quizás es cierto, pero tal vez lo contrario ofrezca una mejor respuesta; quizás la madurez del pueblo panameño radica en tener una paciencia de magnitudes bíblicas, a pesar de los golpes de la Historia. Sólo me queda esperar que de esa paciencia salga la verdadera fuerza moral de nuestro destino, sin odio, frustración o rencor.
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