La vergüenza de Nicaragua
Arnoldo Alemán, el ex presidente liberal de Nicaragua, es un ladrón. Por peculado lo condenó un tribunal de su país y hasta nuestras autoridades se encuentran tramitando unos exhortos procedentes de esa hermana nación, solicitando información y congelamiento de cuentas multimillonarias de gente allegada a ese personaje. Los fondos fueron robados, entre otros, de donaciones recibidas para la reconstrucción del país, luego que fuera devastado por un huracán.
De cualquier modo, el ex mandatario es hoy un hombre inmensamente rico, como nunca lo fue cuando ganó la presidencia de su país en elecciones que disputara a Daniel Ortega, del partido Sandinista. Su sucesor, de su mismo partido, Enrique Bolaños, se distanció de él para no contaminarse con la podredumbre que representa Alemán; y nada hizo para evitar que fuera condenado y encarcelado, y hasta se le atribuye haber dado más de un empujón a su copartidario para facilitar su condena. Ese dio origen a una gran animadversión entre ambos.
La vergüenza de Nicaragua deviene en que, pese a estar preso por corrupto, Alemán continuó teniendo el control del partido del presidente Bolaños y de su bancada en el Congreso; e hizo con ese poder político todo lo posible, hasta lograrlo, para salir de la cárcel sin purgar toda su pena. Con tal propósito, se alió con su archienemigo y opositor sandinista, Daniel Ortega.
Y si entre ambos, Alemán y Ortega no lograron juzgar y sacar del poder a Bolaños fue sencillamente porque la OEA se interpuso y detuvo el golpe. Pero en vez de ello, sumaron sus votos para reformar la Constitución y dejar al presidente poco menos como una figura decorativa, sin poder para gobernar sin antes pedir, para todo, permiso al Congreso. Y para colmo, con el contubernio, nombraron magistrados y controlaron el Poder Judicial, que con el mayor cinismo y descaro liberó a Alemán y maniató al presidente Bolaños. Aquello, más que un país, es una vergüenza.
De cualquier modo, el ex mandatario es hoy un hombre inmensamente rico, como nunca lo fue cuando ganó la presidencia de su país en elecciones que disputara a Daniel Ortega, del partido Sandinista. Su sucesor, de su mismo partido, Enrique Bolaños, se distanció de él para no contaminarse con la podredumbre que representa Alemán; y nada hizo para evitar que fuera condenado y encarcelado, y hasta se le atribuye haber dado más de un empujón a su copartidario para facilitar su condena. Ese dio origen a una gran animadversión entre ambos.
La vergüenza de Nicaragua deviene en que, pese a estar preso por corrupto, Alemán continuó teniendo el control del partido del presidente Bolaños y de su bancada en el Congreso; e hizo con ese poder político todo lo posible, hasta lograrlo, para salir de la cárcel sin purgar toda su pena. Con tal propósito, se alió con su archienemigo y opositor sandinista, Daniel Ortega.
Y si entre ambos, Alemán y Ortega no lograron juzgar y sacar del poder a Bolaños fue sencillamente porque la OEA se interpuso y detuvo el golpe. Pero en vez de ello, sumaron sus votos para reformar la Constitución y dejar al presidente poco menos como una figura decorativa, sin poder para gobernar sin antes pedir, para todo, permiso al Congreso. Y para colmo, con el contubernio, nombraron magistrados y controlaron el Poder Judicial, que con el mayor cinismo y descaro liberó a Alemán y maniató al presidente Bolaños. Aquello, más que un país, es una vergüenza.