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La victoria de la libertad sobre la igualdad


Asunción (AIPE) - Me alegro de haber nacido en el siglo XX. A pesar de haber sido el siglo del estatismo y las guerras, un período sanguinario e intolerante, no lo cambiaría por nada. En él pude vivir el final de una competencia, la más larga de la historia: la lucha entre la libertad y la igualdad.
Esta pugna comenzó en la antigua Grecia, hace más de dos mil quinientos años, con el comunismo que propugnaba Platón y la propiedad privada que defendía Aristóteles. Culminó en 1989 con el derrumbe del Muro de Berlín. Quedó demostrado que la propiedad privada es parte de la naturaleza humana, mientras que el comunismo es solo un invento fracasado.
Libertad y propiedad son una y la misma cosa. El hombre puede disponer de su persona porque es propietario de su cuerpo y mente. Eso significa libertad. Ser libre es ser dueño de uno mismo y del producto de su esfuerzo. Para imponer la igualdad de bienes es preciso restringir la libertad de las personas.
La primera batalla por la libertad se perdió cuando Atenas, una democracia con derechos de propiedad bien protegidos, sucumbió ante Esparta, una sociedad comunista dedicada al Estado y la guerra. En su "República", Platón se inspiró en Esparta. La elite espartana carecía de propiedades y se consagraba al bien común. Los ciudadanos no podían ser dueños ni de sus mismas esposas e hijos. Las esposas se compartían con otros hombres y los hijos pasaban al Estado al cumplir siete años, para ser entrenados en el arte de la guerra. Más tarde, Aristóteles rechazó el concepto platónico de la comunidad de bienes. En su "Política", considera a la propiedad como parte del orden natural y anterior al Estado. De entonces, la controversia entre libertad e igualdad continuó a través de los milenios y hasta nuestros días.
El comunismo moderno surgió con Babeuf que en lugar de la distribución igualitaria exigió la comunidad de bienes: ¡igualdad real o muerte! Los socialistas siempre odiaron la propiedad privada y la familia porque las consideraban artificiales. Marx y Engels sostenían que, a diferencia del comunismo, la propiedad era sólo producto del capitalismo. El "Manifiesto Comunista" (1848) asegura que el comunismo puede definirse en una sola frase: la eliminación de la propiedad privada. En ello se inspiró Lenin en 1917.
Y aunque los economistas ya sabían que la prosperidad exige una propiedad privada bien definida y protegida, la ruina del socialismo científico tomó tan de sorpresa al mundo que una década después de la Revolución de 1989, muchos todavía no se han percatado de su verdadero significado: la victoria de la libertad sobre la igualdad, de la propiedad privada sobre la propiedad estatal. Pasará mucho tiempo aún para que se entienda el alcance real de este triunfo y su enseñanza de que el progreso humano no depende de los recursos, la educación, raza, religión o la población de los países, como se demostró en la enorme disparidad en el desarrollo de las dos Alemanias, las dos Coreas y las dos Chinas, donde sistemas económicos diferentes -el socialismo y el capitalismo- produjeron resultados opuestos. El progreso humano resulta de la defensa de la libertad y la propiedad de las personas. Dentro de mil años, el siglo XX será recordado por la victoria de Aristóteles sobre Platón.

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