La violencia escolar
Leían libros de terror, veían películas llenas de sangre; escribían relatos con la reencarnación como tema central... su ídolo juvenil: otro joven que mató a su padre y hermana con una espada. Ellas tienen 16 y 17 años y por "hacerse famosas" un fin de semana, matan de 18 puñaladas a su mejor amiga Klara de 16 años.
Hace menos de 15 días, al norte de Miami, un joven de 13 años celebra el fin del curso reventando globos llenos de agua en la clase; se le suspende temporalmente; va a su casa, toma la pistola cargada de su abuelo; regresa a la escuela en bicicleta y dispara a bocajarro contra su profesor "más querido"... con la misma bicicleta regresa y se entrega a la policía.
Toda la semana pasada en Panamá encontramos titulares de reyertas callejeras entre jóvenes escolares de dos centros secundarios. Gracias a Dios parece que la sangre no llegó al río. A los que nos dedicamos toda la vida a formar-educar a estos jóvenes, nos debe hacer reflexionar sobre los resultados de nuestra labor... a veces para desanimarnos, pero ojalá sea más frecuente, para redoblar nuestros esfuerzos y "luchar contra la corriente".
Todos los sucesos anteriores (que por desgracia no serán los últimos) conmocionan a la opinión pública por unos días y nos llevan a todos (padres de familia-educadores-políticos) a formularnos la eterna pregunta ¿qué está pasando? ¿quién (es) o somos los responsables? Los reporteros nos presentan los hechos con lujo de detalles (quizás para que los que no lo sabían lo aprendan). Los comentaristas no saben qué decir ante estos graves sucesos. Lamentan lo ocurrido; se encogen de hombros, y ahí acabó todo. Otros colectivos sociales se lanzan a estigmatizar a una sociedad que engendra "monstruos" que matan a sus padres y predican la llegada de un período apocalíptico. Refugiarse en condenar aquello que asusta es lo más frecuente y estéril.
Todos pensamos y con frecuencia declaramos que "esto no se puede dar en las aulas de nuestro país". Consentimos pequeñas peleas pandilleras como un mal "permisible"; pero ¿llegar a homicidios? (que ya se han dado también) ¡eso aquí no puede suceder! Olvidamos que para llegar a grandes errores, se comienza por pequeñas faltas...
Hoy existe la presencia de un determinado tipo de violencia, muchas veces disfrazado o escondido, que debe hacernos pensar en la necesidad de no esperar a que los brotes de violencia se manifiesten con rotundidad. Son muchos los niños, adolescentes y jóvenes, que en nombre de la ley del más fuerte, acomplejan, insultan, intimidan, se burlan y hasta golpean a quienes por su timidez o por su forma de vestir o por su forma de comportarse, consideran inferiores. Con el estribillo "siempre ha sucedido eso" justificamos y pasamos por alto este tipo de comportamiento, lo cual supone una fuerte irresponsabilidad.
Los alumnos de hoy no son los de hace unos años. Aquellos cuyo comportamiento, actitud o rendimiento académico no era el adecuado, se les expulsaba del centro y pasaban a engrosar la delincuencia callejera. Solución fácil para un problema incómodo, pero terrible cuando uno se declara incapaz de solucionarlo por vías más formativas... un cambio de medio ambiente juvenil puede ser una solución alterna. Hoy estos adolescentes conflictivos, conviven y permanecen entre sus compañeros, y muchas veces, practicando auténticos actos de agresión psicológica y física, sin que nadie les pare los pies a tiempo y les haga reflexionar sobre su conducta. Se creen dueños de la situación y no es raro que sean ellos los que hagan "arrodillarse" a la autoridad establecida.
Las soluciones a los conflictos no siempre son fáciles, pero serán imposibles si quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones, orientar y educar, no lo hacen. La falta de autoridad fomenta la violencia. Por eso las decisiones tomadas con la "cabeza fría" deben mantenerse sin claudicar ante las presiones, que lo normal es que defiendan intereses personales o grupales. Abogados habrá (los hay en todas las partes) que en los casos arriba enunciados (y hay muchos más) encontrarán todo tipo de excusas (minoría de edad, inconsciencia colectiva, perturbación mental, educación deformada, sociedad permisiva, curiosidad juvenil, traumas familiares... y una larga letanía... para justificar dichas acciones).
La sociedad es un colectivo muy amplio y es fácil refugiarse en él... pero no olvidemos que la sociedad para un hijo empieza en los padres (no sólo biológicos) y la sociedad para un alumno comienza en el centro escolar. Es frecuente que en tales situaciones haya que tomar decisiones importantes y enfrentarse a muchos retos sociales... en estos casos, delegar en otros dicha responsabilidad no suele ser efectivo.
Hoy ante semejante violencia, la gran mayoría se "lava las manos" salvando (o tratando) su responsabilidad; culpamos a los centros escolares (a su personal), a la sociedad, pero casi nadie se enfrenta a los sucesos... y si lo hace es para pedir clemencia para los "pobres e indefensos jóvenes estudiantes" "porque no se han respetado sus derechos", víctimas de una sociedad injusta (lo vemos en USA con los permisos de armas)... y todo sigue como si "ellos" tuvieran la razón, hasta que suceda la siguiente catástrofe. ¿Han pensado los sicólogos en el trauma de los profesores cuando uno de sus alumnos se halla envuelto en dichas trifulcas?
Hace menos de 15 días, al norte de Miami, un joven de 13 años celebra el fin del curso reventando globos llenos de agua en la clase; se le suspende temporalmente; va a su casa, toma la pistola cargada de su abuelo; regresa a la escuela en bicicleta y dispara a bocajarro contra su profesor "más querido"... con la misma bicicleta regresa y se entrega a la policía.
Toda la semana pasada en Panamá encontramos titulares de reyertas callejeras entre jóvenes escolares de dos centros secundarios. Gracias a Dios parece que la sangre no llegó al río. A los que nos dedicamos toda la vida a formar-educar a estos jóvenes, nos debe hacer reflexionar sobre los resultados de nuestra labor... a veces para desanimarnos, pero ojalá sea más frecuente, para redoblar nuestros esfuerzos y "luchar contra la corriente".
Todos los sucesos anteriores (que por desgracia no serán los últimos) conmocionan a la opinión pública por unos días y nos llevan a todos (padres de familia-educadores-políticos) a formularnos la eterna pregunta ¿qué está pasando? ¿quién (es) o somos los responsables? Los reporteros nos presentan los hechos con lujo de detalles (quizás para que los que no lo sabían lo aprendan). Los comentaristas no saben qué decir ante estos graves sucesos. Lamentan lo ocurrido; se encogen de hombros, y ahí acabó todo. Otros colectivos sociales se lanzan a estigmatizar a una sociedad que engendra "monstruos" que matan a sus padres y predican la llegada de un período apocalíptico. Refugiarse en condenar aquello que asusta es lo más frecuente y estéril.
Todos pensamos y con frecuencia declaramos que "esto no se puede dar en las aulas de nuestro país". Consentimos pequeñas peleas pandilleras como un mal "permisible"; pero ¿llegar a homicidios? (que ya se han dado también) ¡eso aquí no puede suceder! Olvidamos que para llegar a grandes errores, se comienza por pequeñas faltas...
Hoy existe la presencia de un determinado tipo de violencia, muchas veces disfrazado o escondido, que debe hacernos pensar en la necesidad de no esperar a que los brotes de violencia se manifiesten con rotundidad. Son muchos los niños, adolescentes y jóvenes, que en nombre de la ley del más fuerte, acomplejan, insultan, intimidan, se burlan y hasta golpean a quienes por su timidez o por su forma de vestir o por su forma de comportarse, consideran inferiores. Con el estribillo "siempre ha sucedido eso" justificamos y pasamos por alto este tipo de comportamiento, lo cual supone una fuerte irresponsabilidad.
Los alumnos de hoy no son los de hace unos años. Aquellos cuyo comportamiento, actitud o rendimiento académico no era el adecuado, se les expulsaba del centro y pasaban a engrosar la delincuencia callejera. Solución fácil para un problema incómodo, pero terrible cuando uno se declara incapaz de solucionarlo por vías más formativas... un cambio de medio ambiente juvenil puede ser una solución alterna. Hoy estos adolescentes conflictivos, conviven y permanecen entre sus compañeros, y muchas veces, practicando auténticos actos de agresión psicológica y física, sin que nadie les pare los pies a tiempo y les haga reflexionar sobre su conducta. Se creen dueños de la situación y no es raro que sean ellos los que hagan "arrodillarse" a la autoridad establecida.
Las soluciones a los conflictos no siempre son fáciles, pero serán imposibles si quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones, orientar y educar, no lo hacen. La falta de autoridad fomenta la violencia. Por eso las decisiones tomadas con la "cabeza fría" deben mantenerse sin claudicar ante las presiones, que lo normal es que defiendan intereses personales o grupales. Abogados habrá (los hay en todas las partes) que en los casos arriba enunciados (y hay muchos más) encontrarán todo tipo de excusas (minoría de edad, inconsciencia colectiva, perturbación mental, educación deformada, sociedad permisiva, curiosidad juvenil, traumas familiares... y una larga letanía... para justificar dichas acciones).
La sociedad es un colectivo muy amplio y es fácil refugiarse en él... pero no olvidemos que la sociedad para un hijo empieza en los padres (no sólo biológicos) y la sociedad para un alumno comienza en el centro escolar. Es frecuente que en tales situaciones haya que tomar decisiones importantes y enfrentarse a muchos retos sociales... en estos casos, delegar en otros dicha responsabilidad no suele ser efectivo.
Hoy ante semejante violencia, la gran mayoría se "lava las manos" salvando (o tratando) su responsabilidad; culpamos a los centros escolares (a su personal), a la sociedad, pero casi nadie se enfrenta a los sucesos... y si lo hace es para pedir clemencia para los "pobres e indefensos jóvenes estudiantes" "porque no se han respetado sus derechos", víctimas de una sociedad injusta (lo vemos en USA con los permisos de armas)... y todo sigue como si "ellos" tuvieran la razón, hasta que suceda la siguiente catástrofe. ¿Han pensado los sicólogos en el trauma de los profesores cuando uno de sus alumnos se halla envuelto en dichas trifulcas?