default

La violencia...¿un nuevo estilo de vida?


En nuestro país, antes de tener clases de idiomas en las escuelas, antes de tener clases de computación, antes de combatir la inseguridad, la delincuencia y la corrupción pública, hay que terminar de una vez por todas con la descomposición de la familia. De lo contrario, en un futuro nada lejano, los delincuentes hablarán más idiomas y hasta maten por Internet. Es un hecho que de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de esas fuerzas sociales como la justicia, la honradez, el respeto, la verdad, la generosidad y la solidaridad, que son el alma de la vida y el desarrollo de la sociedad. Se hace imperativo que la sociedad, a través del gobierno y de la empresa privada, sea capaz de crear empleos realmente bien remunerados de modo que los miembros de la familia panameña no sólo se traten con premura -siendo necesarios la cantidad y calidad de tiempo con la familia- sino que convivan, teniendo el espacio suficiente para educar y favorecer las relaciones entre los que la componen y, favorezca la dignidad personal de todos. Convirtiéndose en un lugar de respeto, justicia, diálogo y amor hasta convertirse en el instrumento más eficaz de humanización y personalización.
Me mueve esta reflexión, estimado lector, al observar las reacciones violentas en nuestro acontecer nacional. No podemos cegarnos ante estos hechos tan espeluznantes. Si se crece en un ambiente hostil, es casi seguro que los frutos sean hostiles, hasta en la búsqueda por los derechos en seguridad social y económica.
A la familia hay que darle lo necesario para que crezca y se desarrolle en todos los aspectos, pues Panamá necesita de su gente para crecer. Necesita de los niños, jóvenes y adultos bien formados en un mundo con valores donde reine la justicia, la honestidad, la seguridad, solidaridad, el intercambio cultural y espiritual. Si esto se promoviera, presidentes, legisladores, policías, servidores públicos, abogados, médicos, maestros, vecinos, compañeros de trabajo, provendrán de familias integradas con un comportamiento adecuado y educado.
La violencia se vuelve cada vez más frecuente y es un fenómeno social terrible que debe hacernos reflexionar para detener esta desastrosa realidad. Es importante hacer un alto y preguntar: ¿Dónde está la sociedad? ¿Dónde estamos cada uno de nosotros? ¿Qué hacemos para frenar esta situación? ¿Dónde están los medios de comunicación? ¿Dónde están los padres de familia? ¿Qué dice el gobierno, los maestros, los policías? ¿Dónde estamos todos? Una sociedad, una nación, también se conoce por sus manifestaciones, por los fenómenos que en ella sucede día a día. No sólo de la historia, vive. Lamentablemente, estos sucesos de violencia no son más que un reflejo de lo que se aprende en la familia.
Los valores que se vive en la familia enmarcan la personalidad de un niño desde antes que aprenda a hablar y cada niño es como una esponja que absorbe todo lo que hay a su alrededor y casi sin darse cuenta los padres transmiten todo lo que son: sus gustos, sus motivaciones, sus ideales, su carácter, sus valores. Si el niño sólo vive de pleitos, gritos, golpes, traiciones, egoísmo, envidia, rencores, entonces qué se espera de él cuando adulto.
Los medios de comunicación podrían hacer maravillas enseñando los valores universales, pero ¿qué encontramos? Hasta en las caricaturas lo que se ve y aprende son pleitos, venganzas, muertes. Los primeros años de vida nos dejan una marca indeleble que no desaparece nunca y que se repite a lo largo de la vida misma. Por tanto, los padres de familia deben exigirle a la sociedad, a los medios de comunicación, al gobierno y a la Iglesia, que promuevan un ambiente sano y justo que enseñe a los niños y jóvenes a ser verdaderos portadores de paz.
En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y también los hay que son como veneno que amenazan nuestra integridad como personas que nos lleva al vacío y a la soledad y a convertirnos en seres violentos. Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes. Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana y que es la fuerza que nos impulsa o nos retrae en nuestro actuar. La persona que goza de una buena educación afectiva suele sentirse más satisfecha y eficaz. Aquel que no logra dominar bien su vida emocional, se debate en constantes luchas internas que socava su capacidad de pensar, trabajar y relacionarse con los demás.
Como es lógico, no se trata de sustituir a la razón por los sentimientos, ni tampoco lo contrario. Se trata de reconciliar cabeza y corazón, tanto en la familia, como en las aulas escolares y en el entorno laboral; en pocas palabras: en las relaciones humanas en general. Y, por último, la sociedad a través de sus diferentes formas e instituciones ha de practicarse las virtudes sociales y cada persona es y debe ser agente activo de éstas. Es preciso encontrar la paz en medio de tanto dolor.
(gemiliani@cwpanama.net)

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América