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La votación del milenio: China - EEUU


En lo que, el presidente norteamericano Bill Clinton, ha dado en llamar "la votación del milenio", la Cámara de Representantes de Estados Unidos, acaba de aprobar la elevación a carácter de permanente, del convenio comercial con China que tenía 20 años de manejarse sobre una base anual.
Hace dos semanas, una Comisión de Comercio Exterior del Senado o Cámara Alta del Congreso, había recomendado votar a favor de la fórmula, donde se estima, cuenta con la simpatía de la mayoría de ese organismo, no así en la Cámara de Representantes donde prevalecía la oposición proveniente de sectores laborales temerosos de perder sus empleos por el incremento de importaciones del país asiático.
El domingo previo a la votación que tuvo lugar el miércoles siguiente de la semana pasada, el presidente Clinton desistió de dirigirse al pueblo norteamericano para presionar a la Cámara en procura de un voto afirmativo, atendiendo la recomendación de sus consejeros, de que su intervención tendría un efecto de rebeldía contrario al deseado.
De un modo u otro, tres días después, se obtuvo los votos necesarios, pese a que todos los pronósticos anticipaban que no lo habría. Pero no todo fue color de rosas, los representantes lograron incluir una condición que sujeta a China a una evaluación anual de los derechos humanos en su nación.
La reacción del país asiático fue de regocijo, mezclado con disgusto por lo de la cláusula sobre derechos humanos. China aplaudió la votación, que a su juicio conviene a ambas naciones, pero deploró e instó a su socio a derogar la condición citada, por considerarla intervencionista. En mucho tiene razón, a juzgar por su parecido a la humillante certificación anual de cooperación antidrogas a que nos somete el Congreso norteamericano cada año.
Mas sin asomo de agradecimiento, China recordó que a más, de su propia conveniencia, era obligación de Estados Unidos concederle un status permanente a su relación comercial, porque así se lo imponían las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), de la que China debe convertirse antes de fin de año, en su socio número 136.
China tenía razón en parte. Estados Unidos no es un socio dócil de la OMC ni de ningún organismo mundial; pero fue por su propia conveniencia lo que impuso la decisión. Perder un mercado de 1,300 millones de almas, cuando sus socios europeos acababan de aprobar un convenio similar con China, era ceder terreno gratuitamente a sus competidores. China es "la última frontera" en comercio y tecnología del planeta, y el mundo entero va por ella.
¿Cuál será el final de este frenesí? Nadie lo sabe, pero es indudable que en el masivo intercambio de comercio, cultura e ideas, China cambiará, y el mundo también, para mejor. También es indiscutible que de ahora en adelante, para bien o para mal, o quizá para ambos, en este milenio nadie podrá ignorar ni pasar por alto a China.

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