Laberintos del poder
Escribí hace unos años un artículo en el cual hice referencia a las complejidades y aprietos que se producen en el último año de gobierno y el fenómeno que experimentan los poderosos en el ocaso de su mandato.
El gobierno está ya en su tramo final. Resulta increíble ver cómo han pasado los años y todo lo que se ha dejado pendiente y que pensamos que serían materia de la agenda gubernamental.
Ha sido un gobierno en la opulencia. La economía en franco y sostenido crecimiento. Las arcas nacionales repletas de dinero producto de factores como la reforma fiscal, que está achicando la clase profesional del país, los ingresos cada vez mayores del Canal de Panamá, recursos que gobierno alguno había dispuesto y el auge económico en general que impacta directamente las recaudaciones, entre otros factores. Ha roto todos los precedentes en cuanto al presupuesto nacional, pero observamos con preocupación que a pesar de tener dinero y presupuestos que sobrepasan los 8 mil millones, hay pobreza extrema, inseguridad ciudadana, un cuerpo policial en entredicho, por decir lo menos, escuelas y centros de salud en situaciones más que deplorables y una práctica de gestión hacia lo superfluo e innecesario, adornado con una suntuosa publicidad para disimular su evidente incapacidad. Me quedo corto, lo se, pero cito éstos sólo como ejemplo de las grandes oportunidades perdidas por parte de un gobernante que pudo distinguirse por renovar el estilo tradicional y populista de gobierno e imprimirle a la nueva generación política a la que definitivamente pertenece, una dimensión que permita dejar atrás las viejas usanzas y estilos que se resisten a desaparecer.
Si hablamos de transparencia, la misma es relativa.
No han sido pocas las veces en que suceden hechos graves que demandan explicaciones. El silencio del mandatario y su gobierno son la respuesta tradicional para dejar que el tiempo procure liquidar las interrogantes y otro tema ocupe la atención nacional.
Los rumores de escándalos y los reportajes, ciertos o malintencionados, que involucran a los altos personeros del gobierno, se aclaran o se contradicen con comunicados sin explicaciones o con respuestas como la última: "yo no soy hijo de papi y de mami", como si ello fuera suficiente para justificar misterios que rondan su entorno, de antes y de ahora. No es cuestión de si eres o no hijo de papi y mami, muchos lo somos, y con gran orgullo lo digo; es simplemente identificar lo que somos en función de lo que hemos hecho a lo largo de nuestra vida profesional y conocida, de manera honrada.
En fin, laberintos del poder que empiezan y que de seguro darán bastante de qué hablar por todo lo que encierran y encerrarán.