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Laboa y el cambio democrático


Al igual que todos los embajadores acreditados en Panamá, a poco de presentar credenciales en noviembre de 1988 como embajador de Perú, solicité una entrevista con el decano del cuerpo diplomático, Nuncio Apostólico de Su Santidad el Papa, Monseñor Sebastián Laboa. Al acudir a la residencia de la Avenida Balboa y Paitilla, uno de sus asesores eclesiásticos me previno que, protocolarmente, mi saludo a Monseñor Laboa no debía exceder de 15 minutos. Sin embargo, a los pocos minutos de la entrevista, superada la formalidad protocolar, creo que se entabló una cálida empatía entre nosotros y hablamos de corrido más de una hora, seguramente ante la sorpresa del introductor del protocolo. Después de escuchar las anécdotas diplomáticas y descubrir amigos comunes en España, salí de la residencia del Nuncio, convencido que él más parecía andaluz que vasco, tal fue la facundia y amenidad de nuestra conversación. A partir de entonces, mientras él residió en Panamá, tuvo la generosidad de considerarme un amigo antes que un colega diplomático, y en circunstancias personales sensitivas para mí, fue un consejero espiritual comprensivo y realista.
Estas razones personales serían suficientes para albergar en mi memoria un recuerdo indeclinable de la personalidad humana de Monseñor Laboa, que compartí íntimamente con mi esposa Raquel Méndez Aizpurúa, a quien él distinguió siempre con su amistad y simpatía.
Quiero reconstruir ahora un episodio que me arriesgo a calificar de trascendencia histórica, porque pudo cambiar radicalmente el rumbo político de Panamá y plasmar una solución pacífica y racional a la controversia engendrada por la nulidad de las elecciones, sin la intervención militar de Estados Unidos. Monseñor Laboa, conciliador infatigable entre civilistas y militaristas, abrió las puertas de la nunciatura para propiciar el diálogo y factibilizar el hallazgo de una vía pacífica para el restablecimiento de la democracia.
Había sido instruido por el gobierno peruano para apoyar los intentos del restablecimiento del orden constitucional, por lo cual asistí de buen grado a la convocatoria del Nuncio Laboa para presenciar el encuentro entre la terna ganadora de las elecciones de 1989 - Endara, Arias Calderón y Ford - y la terna perdedora - Duque, Boyd y Sieiro. Fue tal vez el último intento de lograr una fórmula política de conciliación pacífica, antes de la intervención norteamericana.
El régimen militar comandado por Noriega anuló las elecciones, lo cual fue, en rigor, el mal menor, ya que las pretensiones del general eran proclamar la victoria de la otra fórmula, pero, merced a la argumentación diplomática de Jorge Eduardo Ritter, entonces canciller, esa descabellada opción fue desechada por el empecinado Manuel Antonio. Fue así que en presencia del cuerpo diplomático, se produjo este esfuerzo de avenimiento político.
Ricardo Arias Calderón propuso una salida audaz y conciliadora de salida de la crisis, hablando en nombre de sus compañeros de terna. Planteó los siguientes pasos políticos dirigidos a la reconciliación nacional: como primera medida, se reconocía el triunfo electoral de Endara y la instalación garantizada del gobierno constitucional avalado por los comicios de 1989; el flamante gobierno se comprometía a respetar la salida de Noriega de la comandancia por retiro reglamentario de tiempo de servicios; asimismo se le garantizaba a Noriega que no se le extraditaría a Estados Unidos, en ceñimiento a las pautas constitucionales, y se cancelarían los indicments ya incoados. Se admitía que el gobierno de Bush acataría los términos del acuerdo. Noriega podía seguir residiendo en Panamá, si esa fuera su determinación, sin que sufriera acoso judicial alguno.
Inexplicablemente esta fórmula de arreglo, que iba más allá de lo político y se adentraba en lo judicial, no fue aceptada por la terna perdedora, que insistió en haber ganado las elecciones. Desconozco si el rechazo a la propuesta fue consultado a Noriega en ese momento. La autosuficiencia, para no emplear la palabra prepotencia hoy urticante a los oídos democráticos, arruinó la posibilidad de una reconciliación nacional asaz amplia y benévola, que habría concluido 20 años de pretorianismo bajo un manto fraterno y cristiano, como si lo hubiera sugerido Monseñor Laboa.
Mientras salía de la residencia pontificia, con mis colegas del Grupo de los 8, con los cuales habíamos abogado incansablemente por la reconstrucción democrática de Panamá, sentí que se extinguía irracionalmente la viabilidad de una salida política sostenida en la constitucionalidad que el país y América Latina reclamaban. A través de las palabras de Arias Calderón se había extendido una mano humanitaria a la otra orilla política, sin revanchismo ni rencores. Muchos panameños que, en uno y otra forma colaboraron con el régimen militar para promover cambios sociales en las estructuras políticas, acuerparon in pectore la salida hacia nuevas vías de reconciliación en la constitucionalidad democrática. Pero la arrogancia del comandante, o de sus asesores no lo sé, bloqueó la opción, sintiéndose fuertes cuando su debilidad ya era incurable. Sebastián Laboa, hombre de la iglesia, pastor de almas, defensor de la libertad, fue el gran protagonista de aquel viraje frustrado por la intolerancia.

101 años de Panamá América

 
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