default

Ladel en el recuerdo


"Que solo se quedan los muertos", reza el viejo adagio. La pérdida de los signos que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, y el ausentismo que esta última produce entre los seres queridos, y de paso, algunos no tan queridos; asignan un elemento vicioso al proceso de envejecimiento que experimentamos a lo largo y ancho de nuestra existencia en este mundo de alegrías y pesares.
Por regla general, al momento de decirle adiós al llamado "mundo de los vivos" automáticamente quedamos condenamos al ostracismo, independientemente de que lo admitamos o no. Grandes personalidades, cuyas honras fúnebres han sido convertidas en acontecimientos históricos, hoy son tan sólo un recuerdo, pese a todas aquellas manifestaciones de hondo pesar evidenciadas entonces.
El caso que me ocupa es el de mi padre, Luis Alberto De León Vásquez, quien el pasado martes cumplió el segundo aniversario de su fallecimiento. En vida Ladel, pragmático como fue, estuvo muy consciente de lo arriba expuesto. Fue un fiel convencido en que su ausencia de este mundo terrenal generaría una gran conmoción entre sus seres queridos; pero, también estaba convencido de que este pesar iba a languidecer con el pasar del tiempo, por lo que siempre se preocupó porque sus restos reposaran en un sitio "decente", y no en uno de nuestros abandonados cementerios, muy concurridos en la víspera de la conmemoración del "Día de los santos difuntos" y nada más.
Ladel nunca ocultó su amor por la vida. Estuvo aferrado hasta el final de sus días en el cumplimiento de una serie de sueños y metas, en el afán constante de lograr mayores y mejores estándares de vida para él y los suyos. Su muerte repentina le arrebató esa ilusión y la oportunidad de "aterrizar" muchos de sus proyectos y aspiraciones. Insistió siempre, y de hecho practicó, un esfuerzo desmedido por lograr la unión de la familia como vehículo para alcanzar muchas de las metas que nos trazamos de manera individual. De su natal Nombre de Dios, allá en la costa colonense, siempre tuvo positivos comentarios y de los grandes esfuerzos generacionales que se hicieron por educarse y crecer.
En la víspera de la fiesta de Año Nuevo recibí una llamada, por lo demás extraña, toda vez que contrario a las recomendaciones que Ladel hacía, entre nosotros no practicamos de manera eficiente esa unidad familiar. Se trataba de mi hermano Jaime Antonio, residente en Colón; quien en medio de la reflexión que la fecha demandaba, estuvo meditando las enseñanzas de Ladel en este sentido.
Entendí que debemos hacer esfuerzos en verdad serios por lograr esa unidad que permita alcanzar objetivos positivos en el camino por consolidarnos como hombres y mujeres de bien, y en la importante tarea de transmitir a nuestros hijos todas estas vivencias. Ese es uno de mis compromisos para este año.
Hace algunos días, y luego de más de dos décadas de convalecencia, falleció mi tía Zenaida De León de Ceballos, y la ocasión fue propicia para que la familia se reencontrara nuevamente. Lo comenté entonces: en esta oportunidad la muerte de mi tía Zenaida no se convirtió en otra reunión trágica como ocurría en el pasado, condición que tanto reprobaba Ladel.
Desde la muerte de Ladel, ese 17 de enero de 1999, la familia -por iniciativa de mi tío Silvino De León- no se ha visto tan sacudida con estas noticias lamentables. Aunque sí se nos han presentado momentos dolorosos durante este tiempo, la pérdida de algunos de nuestros seres queridos, por ejemplo, no han sido momentos tan extenuantes como antes fueron.
Cada día que experimento este tipo de vivencias, más crece mi recuerdo a la memoria de mi padre; y crece en mí una identidad con gran parte de su pensamiento que momento a momento se hace inmortal. "Que solo se quedan los muertos", es una sentencia un tanto cuestionable.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América