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Las armas sobran


El Gobierno Nacional debe hacer gestiones de carácter internacional y usar toda su maquinaria diplomática para evitar la tendencia ascendente del armamentismo que está manifestándose en la frontera con Colombia. La propuesta de comprar armamento por la suma de tres millones de balboas significa, no solamente una amenaza para la tranquilidad de los panameños, sino una carga inútil para la economía del país que, a la larga, tendrá que sacrificar muchas necesidades vitales para sostener ese aparato bélico.
Ya sufrimos suficiente en una ocasión como resultado de la escalada armamentista ejecutada por el brazo fuerte de una dictadura militar que sucumbió al país por más de dos décadas. El manejo irresponsable de las armas también condujo a los ciudadanos a padecer en carne viva la tragedia del 20 de diciembre, que dejó muertos, cientos de vidas inocentes que se perdieron por la negligencia de aquéllos que, estando en el poder y con las armas al garete, no supieron discernir entre la paz y la guerra, siempre tratando de justificar sus apetencias de guerreros con la excusa de que estaban rescatando nuestra soberanía de la tiranía extranjera. Esos tiempos nunca más deberán regresar y deben de contribuir a desalentar cualquier ingenua iniciativa que quiera llevarnos a cometer los mismos errores de antaño.
La realidad es que los panameños necesitamos ayuda, pero una asistencia de tipo técnica y económica para que las labores agropecuarias, la industria y el comercio se desenvuelvan con mayor rapidez. De ese modo, será posible elevar las condiciones de vida y de trabajo de nuestras comunidades y alcanzar mayor comodidad, seguridad material, espiritual, progreso físico y cultural para los sectores populares, especialmente.
Pero contrasta con esa realidad el despilfarro amenazador que significa la compra de armamentos que, no solamente nos cuestan enormes cantidades de dinero, sino que, además, exigen grandes sumas para su mantenimiento y su utilización. Es lamentable que se malgasten recursos en comprar municiones y ametralladoras, millones que podrían servir productivamente para desarrollar industrias, labores agropecuarias o para construir escuelas, carreteras y centros de salud. Además, vuelve a surgir la "siempre" duda entre los panameños sobre quién verdaderamente se beneficiará con la compra de estas armas, si los pobladores de Darién o los muy sumisos oportunistas que saldrán de sus trincheras refrigeradas a ofrecer precios y componendas para aprovecharse de la conveniencia de que existen tres millones de balboas para gastar.
Nuestro país es limítrofe con Colombia, al igual que Ecuador, Venezuela, Brasil y Perú. Y lo que ocurre diariamente en cada una de estas fronteras merece un profundo análisis integral de la región. Es interesante conocer qué apreciación le dieron, en Manaos, los ministros de Defensa del hemisferio al ataque que efectuaron unidades desconocidas en la población fronteriza de Nazaret. Mientras, no nos parece razonable ni responsable que nuestras autoridades, sin un plan estratégico, salgan ahora a contrarrestar los ataques paramilitares comprando armas y gritando la consigna "de lo que traen, llevan".
Panamá, siempre se ha dicho, es un país de paz. El hecho de que en el pasado uno u otro gobierno dictatorial o constitucional haya despilfarrado el dinero del pueblo en asuntos estériles, no justifica que el actual se deje llevar por las pretensiones bélicas cuando, en realidad, no existe forma en que podamos hacerle frente con esa clase de armamentos a ningún elemento insurgente en la frontera. Las armas sobran en Panamá. Lo que faltan son arados, caminos y maquinarias industriales.


101 años de Panamá América

 
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