Las cercas de la ignominia
"¡AY, CUANDO levantaban las murallas, no me di cuenta! Nunca oí ruidos, ni voces de albañiles. Desde el mundo exterior -sin yo percibirlo- ¡me encerraron!". Constantin Kavafis (*)
Las cercas delimitan territorios. Desde que la propiedad privada ha sido considerada como un derecho humano fundamental, todo el mundo que tenga casa, tierra o lugar propio es dueño de levantar la suya. Tampoco es un derecho exclusivo nuestro. Beppo, mi cocker color miel que hoy tal vez esté corriendo, sin cercas ni correa, por el cielo de los perros, marcaba su territorio en cada árbol, en cada acera y en la pernera de algún pantalón con olor extranjero. Era un territorio que solía defender a dentelladas. Tal vez ahora esté librado de tal necesidad o, en todo caso, espero que su paraíso sea más solidario que la tajada de tiempo y de planeta que hemos compartido juntos.
Desde que el hombre puso fronteras a la inmensidad de la tierra, el mundo entró en una de las etapas más violenta y prolongada de su historia. Cuando el primer hermano mono bajó de los árboles al llano y se paró en sus dos extremidades, observó la redonda amplitud del horizonte y como Pedrarias en el cerro Ancón, exclamó: ¡Esto es mío!
Hoy, el homo economicus, inmerso en esta esfera de cristal que como un ojo azul flota solitaria en la vasta oscuridad del universo, busca aplacar su deseo irrefrenable de posesión acorralando al derecho ajeno en el mismísimo lugar donde suele morir la paz: frente a los muros.
No existe país -ni vecino- que no haya tenido un altercado por cuestión de límites. La tuvieron nuestros aborígenes, los dueños de América, cuando el continente aún no tenía nombre y se lo conocía como la Pacha Mama (la madre tierra), entonces los colonos del otro lado del mar vinieron y le pusieron cerca y caminos y ferrocarril. México y Estados Unidos también tuvieron lo suyo. Si la cerca de ahora tuviera que levantarse donde debiera ser, posiblemente un ejército de inmigrantes rubios y de ojos claros estarían reclamando hoy, con justicia, su derecho a tener la misma libertad de tránsito que tienen las mercancías del NAFTA. Pero para los que hacen las leyes, los pobres hombres y mujeres de negras crenchas, mirada triste y hablar pausado, valen menos que esa lata de cerveza autorizada a pasar la frontera libremente.
La historia tiene sus caprichos y este es uno de ellos. A lo largo de la misma ha habido numerosas murallas levantadas y vueltas a caer una y mil veces. Allí está el sagrado Muro de los Lamentos, en Jerusalén. Restos de una ciudad y de un templo construido por la pasión de la fe y que ha llevado a los pueblos que allí malamente conviven, a manifestar su devoción por la única vía donde el espíritu humano puede expresar su fragilidad: la plegaria. A poca distancia se eleva otro muro infame que el otro lado oscuro, el de la intolerancia, ha levantado con el caprichoso trazo de la violencia interminable.
En China, la milenaria Muralla de las diez mil millas (Wanli Changchen) es hoy una reliquia de la codicia humana por la conquista del poder territorial, como en la lejana Inglaterra lo fue el romano muro de Adriano.
Cuando Sarmiento huía hacia Chile perseguido por la dictadura de Rosas, al cruzar la cordillera de los Andes, una muralla natural entonces casi infranqueable, escribió en la ladera de una montaña: ¡Bárbaros, las ideas no se matan!
En épocas más cercanas, dividido el planeta en dos por la formidable barrera imaginaria de las ideologías, cuando la guerra había dejado de derramar sangre caliente y la libertad se moría de frío, los hombres eran autómatas de la opresión totalitaria. En el centro de Europa, en el país símbolo de su cultura, en Alemania, la razón de la locura levantó su muralla. En ese lugar un presidente demócrata declaró ser berlinés. Más tarde, allí mismo, otro republicano gritó: "¡Tiren abajo esa pared!".
Han pasado veinte años. El mundo sigue girando siempre igual. Los hombres también continúan con sus mismas mañas y sus mismos desaciertos, sólo que en cada giro, el peligro de quedar atrapados en su propio cerco de pequeñeces, es una realidad constante. En la espiral del tiempo, las batallas imperiales continúan. La lucha por la hegemonía de unos sobre los otros, sigue tal cual era en tiempos de moros y cristianos. La ambición de poseer lo ajeno sólo ha cambiado de bienes: petróleo por oro. Como sucedió en Alejandría, siempre habrá quien para conseguirlo esté dispuesto a quemar otra biblioteca. Hoy son decretos, leyes, enmiendas y discursos los que ciegan el avance de la razón e impiden construir una cultura que comparta la grandeza de su diversidad.
El egoísmo es también otro cerco interior, hecho con la argamasa del resentimiento y el engaño. Va por todos lados generando pactos, tratados y compromisos que solo sirven para alimentar miseria. Grandes multitudes famélicas corren sin rumbo, desesperadas, escapando del hambre. Lo que ocurre en las borrosas fronteras del África, desde Darfur al Congo, con millones de seres humanos muertos en el abandono, es también otro muro de la ignominia de esta época injusta. Mientras, nuestra inaudita indiferencia solo parece atinar a levantar muros de silencio cuando aquí, en América, el país más rico del mundo no encuentra mejor solución que ponerle vallas al desempleo. Muro éste que tal vez sea una extensa lápida con un curioso grafito por epitafio: "In Goods We Trust".
(*) Tomado del poema Murallas. C.P. Kavafis. Poemas. Ed. Seix Barral, 1994. Pág.54. ISBN: 84-322-0703-9
drjcal@psi.net.pa
Hoy son decretos, leyes, enmiendas y discursos los que ciegan el avance de la razón e impiden construir una cultura que comparta la grandeza de su diversidad.
Las cercas delimitan territorios. Desde que la propiedad privada ha sido considerada como un derecho humano fundamental, todo el mundo que tenga casa, tierra o lugar propio es dueño de levantar la suya. Tampoco es un derecho exclusivo nuestro. Beppo, mi cocker color miel que hoy tal vez esté corriendo, sin cercas ni correa, por el cielo de los perros, marcaba su territorio en cada árbol, en cada acera y en la pernera de algún pantalón con olor extranjero. Era un territorio que solía defender a dentelladas. Tal vez ahora esté librado de tal necesidad o, en todo caso, espero que su paraíso sea más solidario que la tajada de tiempo y de planeta que hemos compartido juntos.
Desde que el hombre puso fronteras a la inmensidad de la tierra, el mundo entró en una de las etapas más violenta y prolongada de su historia. Cuando el primer hermano mono bajó de los árboles al llano y se paró en sus dos extremidades, observó la redonda amplitud del horizonte y como Pedrarias en el cerro Ancón, exclamó: ¡Esto es mío!
Hoy, el homo economicus, inmerso en esta esfera de cristal que como un ojo azul flota solitaria en la vasta oscuridad del universo, busca aplacar su deseo irrefrenable de posesión acorralando al derecho ajeno en el mismísimo lugar donde suele morir la paz: frente a los muros.
No existe país -ni vecino- que no haya tenido un altercado por cuestión de límites. La tuvieron nuestros aborígenes, los dueños de América, cuando el continente aún no tenía nombre y se lo conocía como la Pacha Mama (la madre tierra), entonces los colonos del otro lado del mar vinieron y le pusieron cerca y caminos y ferrocarril. México y Estados Unidos también tuvieron lo suyo. Si la cerca de ahora tuviera que levantarse donde debiera ser, posiblemente un ejército de inmigrantes rubios y de ojos claros estarían reclamando hoy, con justicia, su derecho a tener la misma libertad de tránsito que tienen las mercancías del NAFTA. Pero para los que hacen las leyes, los pobres hombres y mujeres de negras crenchas, mirada triste y hablar pausado, valen menos que esa lata de cerveza autorizada a pasar la frontera libremente.
La historia tiene sus caprichos y este es uno de ellos. A lo largo de la misma ha habido numerosas murallas levantadas y vueltas a caer una y mil veces. Allí está el sagrado Muro de los Lamentos, en Jerusalén. Restos de una ciudad y de un templo construido por la pasión de la fe y que ha llevado a los pueblos que allí malamente conviven, a manifestar su devoción por la única vía donde el espíritu humano puede expresar su fragilidad: la plegaria. A poca distancia se eleva otro muro infame que el otro lado oscuro, el de la intolerancia, ha levantado con el caprichoso trazo de la violencia interminable.
En China, la milenaria Muralla de las diez mil millas (Wanli Changchen) es hoy una reliquia de la codicia humana por la conquista del poder territorial, como en la lejana Inglaterra lo fue el romano muro de Adriano.
Cuando Sarmiento huía hacia Chile perseguido por la dictadura de Rosas, al cruzar la cordillera de los Andes, una muralla natural entonces casi infranqueable, escribió en la ladera de una montaña: ¡Bárbaros, las ideas no se matan!
En épocas más cercanas, dividido el planeta en dos por la formidable barrera imaginaria de las ideologías, cuando la guerra había dejado de derramar sangre caliente y la libertad se moría de frío, los hombres eran autómatas de la opresión totalitaria. En el centro de Europa, en el país símbolo de su cultura, en Alemania, la razón de la locura levantó su muralla. En ese lugar un presidente demócrata declaró ser berlinés. Más tarde, allí mismo, otro republicano gritó: "¡Tiren abajo esa pared!".
Han pasado veinte años. El mundo sigue girando siempre igual. Los hombres también continúan con sus mismas mañas y sus mismos desaciertos, sólo que en cada giro, el peligro de quedar atrapados en su propio cerco de pequeñeces, es una realidad constante. En la espiral del tiempo, las batallas imperiales continúan. La lucha por la hegemonía de unos sobre los otros, sigue tal cual era en tiempos de moros y cristianos. La ambición de poseer lo ajeno sólo ha cambiado de bienes: petróleo por oro. Como sucedió en Alejandría, siempre habrá quien para conseguirlo esté dispuesto a quemar otra biblioteca. Hoy son decretos, leyes, enmiendas y discursos los que ciegan el avance de la razón e impiden construir una cultura que comparta la grandeza de su diversidad.
El egoísmo es también otro cerco interior, hecho con la argamasa del resentimiento y el engaño. Va por todos lados generando pactos, tratados y compromisos que solo sirven para alimentar miseria. Grandes multitudes famélicas corren sin rumbo, desesperadas, escapando del hambre. Lo que ocurre en las borrosas fronteras del África, desde Darfur al Congo, con millones de seres humanos muertos en el abandono, es también otro muro de la ignominia de esta época injusta. Mientras, nuestra inaudita indiferencia solo parece atinar a levantar muros de silencio cuando aquí, en América, el país más rico del mundo no encuentra mejor solución que ponerle vallas al desempleo. Muro éste que tal vez sea una extensa lápida con un curioso grafito por epitafio: "In Goods We Trust".
(*) Tomado del poema Murallas. C.P. Kavafis. Poemas. Ed. Seix Barral, 1994. Pág.54. ISBN: 84-322-0703-9
drjcal@psi.net.pa
Hoy son decretos, leyes, enmiendas y discursos los que ciegan el avance de la razón e impiden construir una cultura que comparta la grandeza de su diversidad.