¡A las cosas por su nombre!
Tantas veces como me sea posible insistiré en señalar que el gobierno que, para la buena salud del país, acaba de terminar ha sido desastroso, porque sus pobres resultados son aún peores si se evalúan en relación a las condiciones y circunstancias existentes al momento en que asumió el poder público.
El gobierno que terminó el pasado 31 de agosto, es un hecho irrebatible, recibió la administración del Estado en mejores condiciones que ninguno otro de nuestra historia republicana.
Si se comparan esas condiciones con las que existían en diciembre de 1989 la diferencia es del cielo a la tierra, porque también es un hecho irrefutable que ningún gobierno de nuestra historia republicana ha recibido la administración del Estado en peores condiciones que el que presidió Guillermo Endara.
Al comparar los resultados de la Administración Endara con la que acaba de terminar la nota superior, y por amplia ventaja, le corresponde al gobierno de la ADO-Civilista. Pero, además, si se toma en cuenta, como debe hacerse, insisto, el punto de partida de ambas administraciones la diferencia se vuelve abismal.
El gobierno Endara fue exageradamente reacio a echarse agua de rosas, mientras que el que acaba de terminar se bañaba con mangueras del diámetro más ancho.
Desafortunadamente, los medios de comunicación, en términos generales, no se han distinguido por la objetividad al reflejar las acciones y el balance de ambas administraciones.
Un estudio objetivo del comportamiento de los medios durante los años de gestión de cada uno de los dos últimos mandatarios reflejaría que mi afirmación es correcta. Hubo muy poca comprensión para las limitaciones del gobierno Endara y ha habido mucha flexibilidad para el subsiguiente.
Superar, como se hizo, el lastre descomunal de la deuda pública impagada que existía en 1989 y haberle devuelto al país el acceso al crédito internacional era, por sí sola, credencial suficiente para merecer un juicio más favorable. Eso, sin contar los índices de crecimiento económico y la reducción del desempleo.
Pero, todavía se sigue ignorando esa enorme contribución y ni siquiera se reconoce que fue gracias al ordenamiento de las finanzas públicas que el gobierno pasado pudo contar, desde el inicio de su gestión, con fondos aprobados, intocados y listos para desembolsar por más de 400 millones para el Programa de Rehabilitación Vial, que ahora se ensalza como el mayor logro de la administración que acaba de terminar.
El gobierno de la ADO-Civilista no mintió, pero por no gastar irresponsablemente como lo hizo el pasado en campañas multimillonarias, en ocasiones fue prácticamente crucificado por algunos medios de comunicación.
El gobierno que acaba de concluir mintió sistemáticamente; jamás brindó información fehaciente sobre los compromisos que contrajo en nombre de la República y que pagaremos todos; nos endeudó hasta límites insostenibles, externa e internamente; y como ya hemos empezado a conocer bajo la capa color de rosa que pintó la propaganda oficial hay todo un subsuelo de podredumbre.
Sin embargo, el juicio de muchos medios de comunicación sigue siendo benévolo y se le siguen atribuyendo logros inmerecidos o inexistentes.
Después de haber recibido la administración del Estado en bonanza, el gobierno de Pérez Balladares deja las arcas de erario nacional vacías, las escuelas y los hospitales en el peor estado imaginable, la seguridad social y la salud pública en crisis y, además, lo que no ha vendido lo ha hipotecado.
Y como si fuera poco, las obras físicas de mayor importancia y visibilidad construidas durante su gobierno, como son los corredores y un tramo mínimo de la autopista Panamá Colón, han tenido un costo desorbitado, habida cuenta de las compensaciones leoninas otorgadas a las empresas mexicanas ICA y PYCSA.
Si esas empresas, supuestamente han invertido 600 millones para construir esas obras ha sido a cambio de los privilegios del cobro de peajes que pueden fijar y aumentar como les da la gana y de recibir en pago las tierras de Paitilla, con valor muy superior a los cuatro reales que efectivamente invierten, pues buena parte de los fondos los obtuvieron mediante financiamientos que garantizaron con las respectivas concesiones que les fueron otorgadas.
¡A las cosas, hay que llamarlas por su nombre!
El gobierno que terminó el pasado 31 de agosto, es un hecho irrebatible, recibió la administración del Estado en mejores condiciones que ninguno otro de nuestra historia republicana.
Si se comparan esas condiciones con las que existían en diciembre de 1989 la diferencia es del cielo a la tierra, porque también es un hecho irrefutable que ningún gobierno de nuestra historia republicana ha recibido la administración del Estado en peores condiciones que el que presidió Guillermo Endara.
Al comparar los resultados de la Administración Endara con la que acaba de terminar la nota superior, y por amplia ventaja, le corresponde al gobierno de la ADO-Civilista. Pero, además, si se toma en cuenta, como debe hacerse, insisto, el punto de partida de ambas administraciones la diferencia se vuelve abismal.
El gobierno Endara fue exageradamente reacio a echarse agua de rosas, mientras que el que acaba de terminar se bañaba con mangueras del diámetro más ancho.
Desafortunadamente, los medios de comunicación, en términos generales, no se han distinguido por la objetividad al reflejar las acciones y el balance de ambas administraciones.
Un estudio objetivo del comportamiento de los medios durante los años de gestión de cada uno de los dos últimos mandatarios reflejaría que mi afirmación es correcta. Hubo muy poca comprensión para las limitaciones del gobierno Endara y ha habido mucha flexibilidad para el subsiguiente.
Superar, como se hizo, el lastre descomunal de la deuda pública impagada que existía en 1989 y haberle devuelto al país el acceso al crédito internacional era, por sí sola, credencial suficiente para merecer un juicio más favorable. Eso, sin contar los índices de crecimiento económico y la reducción del desempleo.
Pero, todavía se sigue ignorando esa enorme contribución y ni siquiera se reconoce que fue gracias al ordenamiento de las finanzas públicas que el gobierno pasado pudo contar, desde el inicio de su gestión, con fondos aprobados, intocados y listos para desembolsar por más de 400 millones para el Programa de Rehabilitación Vial, que ahora se ensalza como el mayor logro de la administración que acaba de terminar.
El gobierno de la ADO-Civilista no mintió, pero por no gastar irresponsablemente como lo hizo el pasado en campañas multimillonarias, en ocasiones fue prácticamente crucificado por algunos medios de comunicación.
El gobierno que acaba de concluir mintió sistemáticamente; jamás brindó información fehaciente sobre los compromisos que contrajo en nombre de la República y que pagaremos todos; nos endeudó hasta límites insostenibles, externa e internamente; y como ya hemos empezado a conocer bajo la capa color de rosa que pintó la propaganda oficial hay todo un subsuelo de podredumbre.
Sin embargo, el juicio de muchos medios de comunicación sigue siendo benévolo y se le siguen atribuyendo logros inmerecidos o inexistentes.
Después de haber recibido la administración del Estado en bonanza, el gobierno de Pérez Balladares deja las arcas de erario nacional vacías, las escuelas y los hospitales en el peor estado imaginable, la seguridad social y la salud pública en crisis y, además, lo que no ha vendido lo ha hipotecado.
Y como si fuera poco, las obras físicas de mayor importancia y visibilidad construidas durante su gobierno, como son los corredores y un tramo mínimo de la autopista Panamá Colón, han tenido un costo desorbitado, habida cuenta de las compensaciones leoninas otorgadas a las empresas mexicanas ICA y PYCSA.
Si esas empresas, supuestamente han invertido 600 millones para construir esas obras ha sido a cambio de los privilegios del cobro de peajes que pueden fijar y aumentar como les da la gana y de recibir en pago las tierras de Paitilla, con valor muy superior a los cuatro reales que efectivamente invierten, pues buena parte de los fondos los obtuvieron mediante financiamientos que garantizaron con las respectivas concesiones que les fueron otorgadas.
¡A las cosas, hay que llamarlas por su nombre!