Las deliciosas locuras de amar
Amar es más que una disyuntiva moral. Es la posibilidad de vincularse con otra persona sin egoísmos, conocerla y correr el riesgo de entrar en una relación de devoción y entrega, en un encuentro capaz de enriquecer la existencia. Es un aprendizaje.
Muchos se preguntan de qué sirve ser amado si el individuo no es capaz de amar. Esto lleva a la eterna discusión respecto a que en toda relación una de las partes entrega más, da más, ama más que la otra. Entre la disyuntiva de amar o ser amado, la única variante importante es amar.
Amar es lo que mantiene vivo al ser humano. Se trata de una de las experiencias más profundamente humanas que atesora la humanidad. Aparejado con su carga de alegrías y tristezas no hay otra forma mejor en la que el ser humano llegue a conocerse a sí mismo y a quienes lo rodean que por medio del amor. Cuando se ama no hay prerrequisitos. La ilusión está en amar, no en esperar ser correspondido, porque el amor se proyecta hacia la persona amada.
Es que a la persona que ama se le revelan dimensiones del ser amado y de sí mismo que al resto de los mortales son incapaces de interpretar, menos de comprender. El amor le da vida a la existencia, le inyecta intensidad a cuanto sucede estando al lado o distante de la persona amada.
La contraparte del amor es el egoísmo. Por eso la persona egoísta ignora, desconoce, está ajena a esa dimensión superior que motiva a la persona que ama. El egoísta se conforma con poco. No está dispuesto a arriesgarse, poner a un lado su propio individualismo y proyectar sus cuidados y sus ternuras hacia un ser externo.
Esa categoría de amor es la que vincula al ser humano con la fuente insondable e infinita de todo amor. Acerca a la humanidad a la divinidad. Solo Dios puede reproducir sentimientos de amor, bondad y piedad en el corazón humano. Gracias al amor, el ser humano puede sentir todo lo que de materia tiene el espíritu.
Amar es una generosidad que pueden permitirse los más pobres entre los pobres de la tierra, porque depende de la voluntad de quien entrega amor. El amor transforma a quien lo da y a quien lo recibe. Desgraciadamente los males de la existencia y la pérdida de prioridades de la vida representan en ocasiones un verdugo para el amor.
Hay quienes en su desmedido afán de acumular poder, riquezas, fama, dejan morir la planta del amor en sus corazones. Muertos los sentimientos, enterradas las deliciosas locuras del amor, desintegrados los esquemas espirituales, la existencia se convierte en un mero cascarón. Vive realmente quien ama, los demás son como muertos que caminan.
El propósito de esta celebración es buscar que las personas renueven los sentimientos en sus corazones para acercarse más al Señor para amarlo más, y así mismo amar al prójimo.
Después de la misa del domingo, en la Parroquia de la Divina Misericordia habrá un convivio con todas las personas que quieran participar con el objetivo de pasar un momento de alegría celebrando la resurrección del Señor.
Muchos se preguntan de qué sirve ser amado si el individuo no es capaz de amar. Esto lleva a la eterna discusión respecto a que en toda relación una de las partes entrega más, da más, ama más que la otra. Entre la disyuntiva de amar o ser amado, la única variante importante es amar.
Amar es lo que mantiene vivo al ser humano. Se trata de una de las experiencias más profundamente humanas que atesora la humanidad. Aparejado con su carga de alegrías y tristezas no hay otra forma mejor en la que el ser humano llegue a conocerse a sí mismo y a quienes lo rodean que por medio del amor. Cuando se ama no hay prerrequisitos. La ilusión está en amar, no en esperar ser correspondido, porque el amor se proyecta hacia la persona amada.
Es que a la persona que ama se le revelan dimensiones del ser amado y de sí mismo que al resto de los mortales son incapaces de interpretar, menos de comprender. El amor le da vida a la existencia, le inyecta intensidad a cuanto sucede estando al lado o distante de la persona amada.
La contraparte del amor es el egoísmo. Por eso la persona egoísta ignora, desconoce, está ajena a esa dimensión superior que motiva a la persona que ama. El egoísta se conforma con poco. No está dispuesto a arriesgarse, poner a un lado su propio individualismo y proyectar sus cuidados y sus ternuras hacia un ser externo.
Esa categoría de amor es la que vincula al ser humano con la fuente insondable e infinita de todo amor. Acerca a la humanidad a la divinidad. Solo Dios puede reproducir sentimientos de amor, bondad y piedad en el corazón humano. Gracias al amor, el ser humano puede sentir todo lo que de materia tiene el espíritu.
Amar es una generosidad que pueden permitirse los más pobres entre los pobres de la tierra, porque depende de la voluntad de quien entrega amor. El amor transforma a quien lo da y a quien lo recibe. Desgraciadamente los males de la existencia y la pérdida de prioridades de la vida representan en ocasiones un verdugo para el amor.
Hay quienes en su desmedido afán de acumular poder, riquezas, fama, dejan morir la planta del amor en sus corazones. Muertos los sentimientos, enterradas las deliciosas locuras del amor, desintegrados los esquemas espirituales, la existencia se convierte en un mero cascarón. Vive realmente quien ama, los demás son como muertos que caminan.
El propósito de esta celebración es buscar que las personas renueven los sentimientos en sus corazones para acercarse más al Señor para amarlo más, y así mismo amar al prójimo.
Después de la misa del domingo, en la Parroquia de la Divina Misericordia habrá un convivio con todas las personas que quieran participar con el objetivo de pasar un momento de alegría celebrando la resurrección del Señor.