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Las desgracias de la democracia


La historia política aún fresca indica que el Partido Arnulfista lanzó a la contienda electoral a la señora Mireya Moscoso, por ser la única carta de triunfo para capturar el poder político, sólo para eso, sin tener en cuenta su carencia de conocimiento en ciencias políticas, economía, gobierno, o administración pública.
Al poco tiempo de haber conquistado el poder, la señora Moscoso debe haberse dado cuenta de que las funciones de un presidente de la República van más allá que leer discursos, inaugurar obras y viajar al exterior frecuentemente con gran opulencia.
Parece que la señora Moscoso prestó más atención a no muy sanos consejeros, desatendiendo fríamente el clamor popular para la satisfacción de necesidades básicas que aliviarían la agobiante pobreza. Muy aguantador fue este pueblo mientras crecía su descontento, sin que la señora Moscoso se diera cabal cuenta.
Tal vez nunca se sabrá qué parte de sus acciones emanaron por su propia iniciativa, y cuáles fueron inducidas por sus consejeros.
Los pilares en quienes ella confiaba para edificar un buen gobierno no estuvieron a la altura de sus responsabilidades, y la escogida por el pueblo para gobernar fue incapaz de detener la proliferación del despilfarro y el saqueo.
La señora Moscoso menospreció el papel de los medios de comunicación social en una sociedad democrática, y no reconoció el poder de la opinión pública.
Thomas Hobbes decía en los Elementos de Derecho Natural y Político que el mundo está gobernado por la opinión; los que escribían en su tiempo normas para la mejor conservación del poder, como en el caso de Maquiavelo, se fijaban en el poder de la opinión, y así, el secretario florentino indica en El Príncipe cuánto importa al gobernante gozar del amor del pueblo, porque él -el pueblo- es el más fuerte y poderoso...Para Napoleón, un gobierno que no cuenta con la opinión, no es nada. Alfred Sauvey, en su obra Opinión Pública presenta a ésta con un tribunal sin mecanismos jurídicos pero temible, porque representa el juicio inapelable de una nación.
La gente magnificó emotivamente la capacidad de la señora Moscoso y vio en ella dotes de estadista que no tenía. Se esperaba más de lo que ella podía ofrecer de sí. Fue la masa electoral que la eligió quien sobreestimó sus capacidades y se formó un mundo de ilusiones.
La democracia tiene en la libertad un germen que se presta al abuso y la daña en su esencia. A pesar de que los consumidores sostienen a los medios, éstos fallan a menudo en servir a los públicos con moralidad y eficiencia. Como no piden permiso para entrar en los hogares, los medios televisivos, junto con las cosas buenas, nos envían inmundicias. Fue deplorable ver en un canal de televisión la semana pasada a hombres que disparaban proyectiles fecales a una mujer indefensa y en desventaja. En ese pseudo programa, pseudo comunicadores infringieron graves ofensas a Mireya Moscoso, que no estaba allí para defenderse, y también se lesionó en ese pseudo programa de entretenimiento al muy noble, decente y edificante oficio de comunicador social.
Quienes atacan a la señora Moscoso vienen a darle, al cabo, la razón en cierto aspecto. Cuando ella hablaba de que las críticas de los medios eran causadas por un morbo, no era cierto. Las de ahora sí lo son.

101 años de Panamá América

 
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