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Las fronteras de la globalización


"Aquella luz.. ¿es una luciérnaga o un imperio que se apaga?". Borges.
EN EL LABERINTO de la lectura, donde un texto lleva a otro, el lector atento intuye la salida desde las primeras páginas. Así me sucedió con un artículo escrito por el profesor sociólogo, historiador y economista, Dr. Mario Rapoport. Este autor cita a su vez la obra del Dr. Luis A. Moniz Bandeira: "Formación del Imperio Americano: de la Guerra contra España a la de Irak", tratado que le valió ser escogido el Intelectual Brasileño del año 2005.
Con argumentos tan frívolos como los esgrimidos contra Irak y casi con la misma patraña (el hundimiento -accidental o autoprovocado- del Maine) a fines del siglo XIX el gobierno del presidente republicano McKinley le declaró la guerra a España por Cuba y en el tratado de paz firmado en París terminó por apoderarse de Filipinas, Puerto Rico y Guam previo pago a España de 20 millones de dólares. Pero no fue sino después de la primera guerra mundial que los triunfadores alcanzaron su hegemonía económica. Aunque todavía sin pretensiones de liderar al mundo, fue después de terminada la segunda gran contienda donde esta decisión tomó fuerza y se expandió aún más rápidamente al desaparecer el sistema bipolar de la guerra fría.
Hasta la invasión de Irak y salvando algunas circunstancias puntuales, como la de Panamá, Estados Unidos (EE.UU.) no había ejercido la fuerza militar con carácter de dominio más o menos permanente. A partir de la decisión del presidente Bush hijo, sobre la legitimidad de declarar una guerra preventiva según los intereses y la seguridad estadounidense, el autor brasileño comenta que es allí, en el quebrantamiento explícito de lo establecido como norma internacional desde el antiguo tratado de paz de Westfalia -donde se fijó el principio de la invulnerabilidad de la soberanía nacional y de la igualdad entre las naciones- en donde Estados Unidos entra de lleno a convertirse en la actual potencia imperial.
Ya sobran los documentos que evidencian que la guerra de Irak -como la voladura del Maine- no tuvo nada que ver con los aciagos y trágicos acontecimientos de las Torres Gemelas. Estaba prevista desde mucho antes, cuando en el Consenso de Washington -que de consenso no tuvo nada más que el acuerdo entre conservadores- se delineó la política neoliberal y la estrategia de utilizar como medio catequizador a la globalización económica con fines políticos. Una decisión trágica para los países menos desarrollados, donde según el último informe anual del PNUD la brecha entre ricos y pobres continúa siendo un abismo insondable.
A la invasión de Irak se la disfrazó primero como guerra preventiva contra el terrorismo internacional. Descubierto el embuste, se la vistió luego como guerra por la democracia y la libertad del pueblo iraquí, implantando allí un gobierno títere con la astuta publicidad de unas elecciones cuyo resultado tardó varios meses en manipularse, dada la anarquía religiosa y política allí reinante como consecuencia de este otro trágico error histórico. Según revelan las encuestas internacionales de opinión, el verdadero objetivo oculto de esa guerra no ha sido otro que el dominio comercial del petróleo iraquí, de allí la renuencia a retirar las tropas de ocupación en contra del clamor mayoritario del pueblo estadounidense y de las recomendaciones hechas por la comisión Baker-Hamilton.
Pero este nuevo Imperio Republicano tiene otras características mucho más difusas. Dice Rapoport con irónica elocuencia sobre el alcance de la globalización económica: "Donde haya un Mc Donald o un Wal-Mart allí estarán las verdaderas fronteras de Estados Unidos". Lo acabo de ver en mi reciente viaje por el Lejano Oriente.
Bandeira termina afirmando que, por contrapartida, el pesado déficit comercial, la deuda pública y el desequilibrio fiscal de Estados Unidos por los costos bélicos de su Pax Americana, lo hacen dependiente y vulnerable a las demandas financieras y comerciales de la emergente China. Todos estos datos indican que tales imperios modernos no pueden hoy sostenerse sin volver a los principios que rigen la forma civilizada de las relaciones internacionales que dieron principio a la ONU, una organización imprescindible para la salud del planeta, pero que todavía tiene el absurdo resabio autoritario y antidemocrático del poder omnímodo del veto por un puñado de países cuyo interés común es repartirse el comercio mundial como otrora hicieron España, Inglaterra y Portugal.
En tiempos de su Antiguo Imperio, no existía en China un ministerio de relaciones exteriores porque los chinos creían que el mundo terminaba en sus fronteras. En forma similar, la política del gobierno republicano pareciera tener los mismos criterios chauvinistas. El omnímodo ex secretario de Defensa, Mr. Rumsfeld que menospreció a Europa, hasta hace poco regía por la fuerza de las armas las relaciones exteriores y mandaba subrepticiamente en las cuestiones económicas bajo el poco diplomático eslogan de "quien no está conmigo es mi enemigo".
Así, para despertar a incautos, mientras se firman tratados para regular las conveniencias comerciales en el flujo de mercancías, las leyes migratorias les niegan a las personas el derecho a circular libremente a través de sus fronteras obedeciendo la libre oferta y demanda del trabajo. Como vemos esta es una forma, harto deshumanizada, de entender el concepto de libertad por una minoría de "libertarios" esclavos de otro despotismo ideológico, cipayo y corrupto.
(drjcal@psi.net.pa)
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