Las horas extras
Para desilusión de los jóvenes dirigentes de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresas (APEDE), de su propuesta económica presentada a los candidatos presidenciales hace dos semanas, sólo la de revisar la remuneración de las horas extras de trabajo tuvo repercusión nacional, por cierto negativa.
El Sindicato de Industriales de Panamá (SIP) y la Cámara de Comercio estuvieron a la cabeza de los sectores empresariales que adversaron la idea, a los que hay que agregar el pronunciamiento unánime de las más beligerantes organizaciones sindicales. Que recordemos, ésta es de las pocas ocasiones de coincidencia que se ha dado entre ambos sectores ordinariamente adversos entre sí, obreros y empresarios. Y en este caso, ha habido plena concordancia respecto a una propuesta que prima facie parece favorecer solo a uno de ellos, al sector empresarial.
La idea de eliminar o al menos disminuir la cascada de recargos sobre el trabajo en horas extraordinarias va obviamente dirigida a abaratar el costo de la mano de obra. Pero los redactores del Código de Trabajo solían explicar que una cosa nada tiene que ver con la otra: Si una empresa necesita alargar la jornada laboral, bien puede hacerlo sin recargo alguno, si contrata mano de obra adicional. La idea de los codificadores fue precisamente desalentar el trabajo en horas extras, forzar los descansos y permitir que más personas compartieran las fuentes de empleos.
"Nada nuevo hay bajo el sol", reza el viejo adagio. Y en Europa y la atribulada Asia, la disminución de las jornadas diaria y semanal de trabajo se ha convertido en obligada fórmula para combatir el desempleo.
Así, una planta de ensamblaje de BMW en Baviera, trabaja 24 horas cada día en turnos promedio de seis horas, cinco días semanales. Y con todo y eso, la productividad por hora/hombre aumentó en comparación con jornadas previas de seis días y ocho horas diarias.
Hubo un momento en que los economistas se asombraron de una ecuación a la inversa: a menos horas de trabajo, más rendimiento. Pero es que un trabajador fresco, en plenitud de formas y descansado, rinde más y mejor que otro en condición contraria. Por eso su alta calidad de producción.
El problema, sin embargo, no es fácil. La mayoría de las convenciones colectivas de trabajo y el mismo Código da margen a monopolizar las horas extras entre el círculo de trabajadores de la planilla usual, pues se les considera como una oportunidad de mejorar los ingresos y prestaciones. Esta práctica no se compadece del espíritu de la ley, dando lugar al peor de los escenarios: el encarecimiento de los costos sin compartir la fuente de empleos. Obviamente, el tema debe ser cuidadosamente ponderado, sobre todo al nivel de la pequeña y mediana empresa.
El Sindicato de Industriales de Panamá (SIP) y la Cámara de Comercio estuvieron a la cabeza de los sectores empresariales que adversaron la idea, a los que hay que agregar el pronunciamiento unánime de las más beligerantes organizaciones sindicales. Que recordemos, ésta es de las pocas ocasiones de coincidencia que se ha dado entre ambos sectores ordinariamente adversos entre sí, obreros y empresarios. Y en este caso, ha habido plena concordancia respecto a una propuesta que prima facie parece favorecer solo a uno de ellos, al sector empresarial.
La idea de eliminar o al menos disminuir la cascada de recargos sobre el trabajo en horas extraordinarias va obviamente dirigida a abaratar el costo de la mano de obra. Pero los redactores del Código de Trabajo solían explicar que una cosa nada tiene que ver con la otra: Si una empresa necesita alargar la jornada laboral, bien puede hacerlo sin recargo alguno, si contrata mano de obra adicional. La idea de los codificadores fue precisamente desalentar el trabajo en horas extras, forzar los descansos y permitir que más personas compartieran las fuentes de empleos.
"Nada nuevo hay bajo el sol", reza el viejo adagio. Y en Europa y la atribulada Asia, la disminución de las jornadas diaria y semanal de trabajo se ha convertido en obligada fórmula para combatir el desempleo.
Así, una planta de ensamblaje de BMW en Baviera, trabaja 24 horas cada día en turnos promedio de seis horas, cinco días semanales. Y con todo y eso, la productividad por hora/hombre aumentó en comparación con jornadas previas de seis días y ocho horas diarias.
Hubo un momento en que los economistas se asombraron de una ecuación a la inversa: a menos horas de trabajo, más rendimiento. Pero es que un trabajador fresco, en plenitud de formas y descansado, rinde más y mejor que otro en condición contraria. Por eso su alta calidad de producción.
El problema, sin embargo, no es fácil. La mayoría de las convenciones colectivas de trabajo y el mismo Código da margen a monopolizar las horas extras entre el círculo de trabajadores de la planilla usual, pues se les considera como una oportunidad de mejorar los ingresos y prestaciones. Esta práctica no se compadece del espíritu de la ley, dando lugar al peor de los escenarios: el encarecimiento de los costos sin compartir la fuente de empleos. Obviamente, el tema debe ser cuidadosamente ponderado, sobre todo al nivel de la pequeña y mediana empresa.