Las lecciones de Chávez
Como los partidos y los políticos panameños continúen manejándose tan torpe e irresponsablemente como hasta ahora, en cualquier momento nos puede amanecer un Chávez. Palabras más o menos, hemos escuchado y repetido este concepto en varias ocasiones ante la ola de escándalos y denuncias de corrupción, que se combina con una pobreza que según el PNUD alcanza el 40.5%, una economía que crece apenas a 0.3% y un desempleo oficial cercano al 15%. Todos y cada uno son parte del mismo caldo de cultivo que produjo a Hugo Chávez en Venezuela.
El papel jugado por la sociedad civil ha sido fundamental en la caída de Chávez hasta el extremo que uno de sus líderes, el titular de FEDECAMARAS, ha sido designado como presidente provisional de la Nación. Este detalle muestra hasta qué extremo llegó la crisis institucional y a qué grado de profundidad penetró y descalificó a los partidos y la clase política; porque -en otras circunstancias-, la máxima conducción del país habría correspondido al presidente del Congreso, la Corte Suprema o el Vicepresidente de la República. Que tomen nota aquéllos que todavía niegan importancia a la sociedad civil en nuestros días. En ese sentido, los diversos diálogos nacionales que fomenta el gobierno en nuestro país, son una fórmula sabia para reconducir constructivamente fuerzas sociales que, de otro modo, podrían ser desequilibrantes.
Otro hecho a destacar es el papel protagónico de los medios en la lucha contra el autoritarismo de Chávez. Antes de su caída, sus "pie de guerra" habían sitiado diarios críticos a su administración y el mismo depuesto mandatario había desatado una guerra frontal contra varios medios televisados e impresos. Y el mismo día de los acontecimientos suspendió las trasmisiones de cuatro televisoras y forzó a una cadena nacional, que fue valiente y parcialmente desobedecida por los comunicadores. La difusión de las noticias sobre las manifestaciones y su violenta represión por los francotiradores marcó el epílogo del régimen. Los medios de comunicación reafirmaron, pues, su condición como factor determinante de poder en el mundo de hoy.
Otro aspecto digno de destacar fue el papel de las Fuerzas Armadas ante la crisis, en contraste con las nuestras en Panamá. En Venezuela, ellas se pusieron finalmente al lado de su pueblo en vez de reprimirlo, como aquí ocurrió. Eso nos costó una invasión extranjera y profundas cicatrices, que no sanan. Un detalle adicional es que, igual que ocurrió en Paraguay, Perú y Ecuador recientemente, ninguno de los ejércitos de hoy está dispuesto a arriesgar su integridad institucional por salvar a un gobierno -así sea democrático- en naufragio.
También es evidente que las masas en las calles, por cualquier motivo que sea, en especial si cuestionan la conducción política del país, deben ser tomadas en cuenta muy seriamente, pues a gritos y cacerolazos pueden ejercer de hecho -bajo condiciones extremas- una revocatoria de mandato suprema como en efecto, ha demostrado la historia reciente en el Cono Sur, incluso bajo el imperio del sistema y regímenes democráticos. Nadie, como Chávez, ganó el poder con tanto apoyo y nadie como él hizo tantas consultas populares, convirtiendo las calles y plazas en un perenne cabildo abierto. Y al final, nada le sirvió porque lo ahogaron los problemas endémicos de la nación -que él no provocó- además de su falta de talento para gobernar.
El papel jugado por la sociedad civil ha sido fundamental en la caída de Chávez hasta el extremo que uno de sus líderes, el titular de FEDECAMARAS, ha sido designado como presidente provisional de la Nación. Este detalle muestra hasta qué extremo llegó la crisis institucional y a qué grado de profundidad penetró y descalificó a los partidos y la clase política; porque -en otras circunstancias-, la máxima conducción del país habría correspondido al presidente del Congreso, la Corte Suprema o el Vicepresidente de la República. Que tomen nota aquéllos que todavía niegan importancia a la sociedad civil en nuestros días. En ese sentido, los diversos diálogos nacionales que fomenta el gobierno en nuestro país, son una fórmula sabia para reconducir constructivamente fuerzas sociales que, de otro modo, podrían ser desequilibrantes.
Otro hecho a destacar es el papel protagónico de los medios en la lucha contra el autoritarismo de Chávez. Antes de su caída, sus "pie de guerra" habían sitiado diarios críticos a su administración y el mismo depuesto mandatario había desatado una guerra frontal contra varios medios televisados e impresos. Y el mismo día de los acontecimientos suspendió las trasmisiones de cuatro televisoras y forzó a una cadena nacional, que fue valiente y parcialmente desobedecida por los comunicadores. La difusión de las noticias sobre las manifestaciones y su violenta represión por los francotiradores marcó el epílogo del régimen. Los medios de comunicación reafirmaron, pues, su condición como factor determinante de poder en el mundo de hoy.
Otro aspecto digno de destacar fue el papel de las Fuerzas Armadas ante la crisis, en contraste con las nuestras en Panamá. En Venezuela, ellas se pusieron finalmente al lado de su pueblo en vez de reprimirlo, como aquí ocurrió. Eso nos costó una invasión extranjera y profundas cicatrices, que no sanan. Un detalle adicional es que, igual que ocurrió en Paraguay, Perú y Ecuador recientemente, ninguno de los ejércitos de hoy está dispuesto a arriesgar su integridad institucional por salvar a un gobierno -así sea democrático- en naufragio.
También es evidente que las masas en las calles, por cualquier motivo que sea, en especial si cuestionan la conducción política del país, deben ser tomadas en cuenta muy seriamente, pues a gritos y cacerolazos pueden ejercer de hecho -bajo condiciones extremas- una revocatoria de mandato suprema como en efecto, ha demostrado la historia reciente en el Cono Sur, incluso bajo el imperio del sistema y regímenes democráticos. Nadie, como Chávez, ganó el poder con tanto apoyo y nadie como él hizo tantas consultas populares, convirtiendo las calles y plazas en un perenne cabildo abierto. Y al final, nada le sirvió porque lo ahogaron los problemas endémicos de la nación -que él no provocó- además de su falta de talento para gobernar.