Las mascotas y la vida
No es esnobismo, no es moda ni imitación; la mayor parte de las veces es necesidad de tener una mascota que acompañe nuestros momentos, los comparta y nos llene de satisfacciones. Desde luego que, para tener una mascota, se necesita sentir amor por los animales. Yo tengo un perrito salchicha que es el encanto de la casa, un bebé que no crece y sigue siendo juguetón sin coger juicio; pero lo queremos mucho. Su nombre es Bandido Arias Villalaz, porque así lo llamó mi nieta María Cristina.
Resulta que hace aproximadamente un mes, mientras desayunaba, al finalizar de comer mis frutas, quedó un untado de papaya en el plato que aparté para continuar comiendo. Para mi sorpresa, vi llegar una lagartija pequeña, subió al plato y con su lengüita se comía la papaya. Me pareció tan graciosa que me quedé contemplándola y gozando de la ocurrencia del animalito y la falta de inhibición de llegar sin ser invitada, cosa que hace falta a muchos humanos. Le dije a la muchacha que trabaja en mi casa que no se le ocurriera espantarla y que la dejara comer hasta que se saciara. Desde entonces viene todos los días y me divierto enormemente. Cuando no la veo, la extraño. Decidí llamarla Cecilia, porque fue el primer nombre que se me ocurrió.
Relatándole esto a un amigo, me decía que un poquito de papaya no le hace falta a nadie para dar a otros. Pensándolo bien, tiene razón y pienso también en lo que podríamos hacer en el mundo para dar un poquito de papaya a tantos niños y adultos hambrientos y que para nosotros no resulta ningún sacrificio. Cuántos niños se acuestan tantas veces sin comer, porque no encuentran un alma caritativa que los ayude. Cuántas veces hablamos del hambre de los niños, de la falta de hogar, del maltrato a los mismos por parte de sus padres o extraños.
En la vida real existen muchas Cecilias que sienten hambre y no se atreven a pedir, como lo hace mi nueva amiga. Si cada uno de nosotros diera parte de su comida a los más necesitados, ellos no tendrían hambre. Ahora mismo están reunidos en Panamá los mandatarios de Iberoamérica y su principal preocupación será la niñez y la adolescencia. ¿Sus problemas? El hambre, la falta de educación, salud, nutrición y el maltrato infantil. Luego de dos días de conversaciones, ¿llegarán realmente a conclusiones que no queden en papeles y en un decir de frases rimbombantes?
Dar empleo a sus padres convertiría la situación en seguridad para esos niños, en tranquilidad de saber que no se acostarán con el estómago vacío, que luego le hace un ruido que no controlan y que es bien conocido por muchos. Pensemos en lo que cada uno de nosotros podría hacer por los demás. Sería arreglar gran parte del mundo. Desde luego que hay que impartir educación y enseñar a las madres, que pueden hacerlo a alimentar bien a sus hijos para evitar la desnutrición o la hiponutrición que más tarde trae taras en el cerebro y la inteligencia de esos niños. ¿Qué les parece a mis lectores encontrar cada uno su Cecilia y darles su poquito de papaya?
Cuando salí encinta de mi primer hijo, mi marido me dijo que si el niño no quería comer, después de nacer, no me preocupara porque ningún niño que tenía comida delante, se moría de hambre. Tenía razón; pero, ¿qué hay de los que no la tienen?
He estado pensando qué decidirán los mandatarios sobre los niños y adolescentes. Recordemos que ellos son el futuro de la patria; que el trato y el cariño que les demos desde que nacen, repercutirán en su vida futura, en si serán buenos o malos ciudadanos. Por eso, ser padres no es fácil, ya que nadie nos lo enseña; es una profesión en la que somos autodidactas y es, tal vez, la más difícil. La responsabilidad que tenemos los padres es la más grande, porque somos quienes definiremos el futuro individual y de la sociedad en general.
Cuando encontremos una Cecilia, adoptemos el compromiso de darle un poquito de lo que tenemos, no sólo un poco de lo que nos sobre, sino de lo que usamos a diario.
Resulta que hace aproximadamente un mes, mientras desayunaba, al finalizar de comer mis frutas, quedó un untado de papaya en el plato que aparté para continuar comiendo. Para mi sorpresa, vi llegar una lagartija pequeña, subió al plato y con su lengüita se comía la papaya. Me pareció tan graciosa que me quedé contemplándola y gozando de la ocurrencia del animalito y la falta de inhibición de llegar sin ser invitada, cosa que hace falta a muchos humanos. Le dije a la muchacha que trabaja en mi casa que no se le ocurriera espantarla y que la dejara comer hasta que se saciara. Desde entonces viene todos los días y me divierto enormemente. Cuando no la veo, la extraño. Decidí llamarla Cecilia, porque fue el primer nombre que se me ocurrió.
Relatándole esto a un amigo, me decía que un poquito de papaya no le hace falta a nadie para dar a otros. Pensándolo bien, tiene razón y pienso también en lo que podríamos hacer en el mundo para dar un poquito de papaya a tantos niños y adultos hambrientos y que para nosotros no resulta ningún sacrificio. Cuántos niños se acuestan tantas veces sin comer, porque no encuentran un alma caritativa que los ayude. Cuántas veces hablamos del hambre de los niños, de la falta de hogar, del maltrato a los mismos por parte de sus padres o extraños.
En la vida real existen muchas Cecilias que sienten hambre y no se atreven a pedir, como lo hace mi nueva amiga. Si cada uno de nosotros diera parte de su comida a los más necesitados, ellos no tendrían hambre. Ahora mismo están reunidos en Panamá los mandatarios de Iberoamérica y su principal preocupación será la niñez y la adolescencia. ¿Sus problemas? El hambre, la falta de educación, salud, nutrición y el maltrato infantil. Luego de dos días de conversaciones, ¿llegarán realmente a conclusiones que no queden en papeles y en un decir de frases rimbombantes?
Dar empleo a sus padres convertiría la situación en seguridad para esos niños, en tranquilidad de saber que no se acostarán con el estómago vacío, que luego le hace un ruido que no controlan y que es bien conocido por muchos. Pensemos en lo que cada uno de nosotros podría hacer por los demás. Sería arreglar gran parte del mundo. Desde luego que hay que impartir educación y enseñar a las madres, que pueden hacerlo a alimentar bien a sus hijos para evitar la desnutrición o la hiponutrición que más tarde trae taras en el cerebro y la inteligencia de esos niños. ¿Qué les parece a mis lectores encontrar cada uno su Cecilia y darles su poquito de papaya?
Cuando salí encinta de mi primer hijo, mi marido me dijo que si el niño no quería comer, después de nacer, no me preocupara porque ningún niño que tenía comida delante, se moría de hambre. Tenía razón; pero, ¿qué hay de los que no la tienen?
He estado pensando qué decidirán los mandatarios sobre los niños y adolescentes. Recordemos que ellos son el futuro de la patria; que el trato y el cariño que les demos desde que nacen, repercutirán en su vida futura, en si serán buenos o malos ciudadanos. Por eso, ser padres no es fácil, ya que nadie nos lo enseña; es una profesión en la que somos autodidactas y es, tal vez, la más difícil. La responsabilidad que tenemos los padres es la más grande, porque somos quienes definiremos el futuro individual y de la sociedad en general.
Cuando encontremos una Cecilia, adoptemos el compromiso de darle un poquito de lo que tenemos, no sólo un poco de lo que nos sobre, sino de lo que usamos a diario.