Las pandillas se toman al país
SÓLO HACE falta caminar por Curundú, El Chorrillo, o por Río Abajo, para verlas y sentirlas en carne propia. Estas violentas agrupaciones están creciendo en otros lugares de nuestra urbe capitalina. Todos luchan contra todos, cada grupo tiene sus respectivos recursos económicos, ritos de inicio, y territorios donde la policía no tiene presencia. Para saber un poco más de su modo de operar me referiré al perfil psicológico de un pandillero panameño:
1. Normalmente se trata de niños y jóvenes en la constante búsqueda por sentirse importantes debido a una pobre y desvalorizada autoestima. Sus gestos, forma de hablar y de vestir, muy propios, es parte de su dinámica.
2. El primer acto criminal lo comente antes de cumplir la edad adulta. Esto le facilita asumir una responsabilidad dentro de la pandilla. La lealtad está basada en sus propias reglas y normas. Trabaja sin presión, sin restricción y sin censura, nada que interfiera con el cabal cumplimiento de sus funciones delictivas o criminales. Utiliza de forma despiadada a menores de edad, vulnerables y dispuestos a colaborar y exentos de ser castigados por la ley. Se suele premiar a quienes asesinan para ingresar a estas agrupaciones.
3. Revive con cada situación criminal los abusos sufridos de una infancia traumática por abandono, malos tratos físicos y verbales, psíquicos y sexuales. Enojo, furia, aversión y disgusto, desprecio y sadismo, son afectos integrados internamente. Las funciones de estas actitudes negativas son el esfuerzo para eliminar, en una forma violenta de reacción, una fuente de irritación o dolor, y son siempre secundarias a la frustración, aunque su intensidad puede depender de las características temperamentales.
4. Con tendencia a aislarse de la sociedad y vengarse de ella.
5. La vida no tiene sentido. Se siente amo del mundo. Las fantasías de grandiosidad y omnipotencia lo conducen a actos impulsivos.
6. En la mayoría de los casos, tiene contacto personal con las víctimas. Humilla, atemoriza, castiga y controla a sus víctimas para recobrar la autoridad y realzar su autoestima.
7. Utiliza armas u objetos de diversa índole. El uso de armas de fuego es frecuente y lo hace pensar que tiene el poder en sus manos. En cambio, el uso de arma blanca, aunque permitido, lo hace sentir sucio, escabroso.
8. Finge emociones que no siente. Busca su propio placer. Manipula hasta con los preceptos religiosos.
9. Fuera de su grupo, trata de ser sociables y de aspecto encantador hasta que no se les presione o provoque. A la mínima provocación lanza su veneno demoledor.
10. Cree que todo les está permitido. Particular sentido de la libertad. El riesgo y lo prohibido lo seduce y lo hipnotiza. Lo apasiona no sentir temor, trabaja para ello.
11. El pandillero organizado, prepara sus actos minuciosamente tratando de no dejar pistas, dificultando su captura. El pandillero desorganizado sí deja pistas y comete errores, facilitando su captura. Esto es fatal si busca distinguirse en el grupo. Una vez capturado, suele no confesar; y si lo hace, puede atribuirse más víctimas, dado su afán de protagonismo y celebridad.
12. No hay cabida para la traición entre pandillas y entre los propios pandilleros. So pena de muerte.
13. Tendencia a toda clase de juegos de azar, al consumo de drogas ilícitas, violencia intrafamiliar, desobediente a las reglas y normas de la sociedad, todo esto lo apasiona de forma enfermiza.
14. Suele pensar que Dios es su aliado y todo se lo permite, y que es el responsable de sus actos. Sin embargo, suele escuchar la voz de Dios pidiéndole protección. Hasta lo considera parte de la agrupación.
15. Su sentido de pertenencia lo lleva a posesionarse de un espacio o territorio convirtiendo a la agrupación en una especie de cruzada territorial.
16. Debido al entorno que les rodea, estos sujetos no desarrollan la capacidad de establecer vínculos afectivos, por lo que les resulta más fácil acabar con la vida de otras personas y sin remordimiento.
Lo acontecido en Curundú cae en la categoría de un acto terrorista. Parecieran grupos extremistas que se ensañan cruelmente con sus congéneres. Es conveniente resaltar el patrón cultural propio del modo de vida de estos sujetos, así como, el patrón a seguir como miembros de una organización criminal; los defectos de su personalidad; las tendencias antisociales; los complejos enfermizos debido a su color de piel, status económico, cultural y religioso, y la facilidad con que se obtiene un arma.
Existen más de mil estudios respaldados por más de 30 años de investigación que demuestran que hay una relación causal entre las violentas imágenes que emiten los medios y el comportamiento violento. Pero esta teoría no aclara el por qué en algunas sociedades se reacciona en forma violenta y en otras no. La respuesta es fácil: vivimos en una sociedad que le ha perdido el respeto a la Policía Nacional; en que los correctivos causan escozor y pesar, debido a que aparecen cuando se han perdido vidas; en que el crecimiento económico apunta precisamente hacia los que más tienen, y la tasa de desempleo disminuye, situación que no coincide con las dos mil personas que se hicieron presentes en una feria de empleo recientemente.
Para resolver el problema de la criminalidad no basta con eliminar a las personas malas y salvar a las buenas. Ya es harto conocido que la violencia se debe a que los agresores carecen de una formación espiritual que sensibilice su mente criminal y una educación adecuada que les moldee la mente y el corazón. Lo primero es hacer que las autoridades reconozcan el problema, pierdan el miedo y se llenen de coraje y rompan con el pandillerismo separando a los líderes de las mismas y, que sean sometidos a una resocialización eficiente.
Con esas herramientas elementales es muy fácil comenzar a vivir en armonía; sin embargo, queda en el ambiente un modelo de sociedad egoísta, indiferente y permisiva en que las pandillas y el crimen organizado se adueñan del país a pasos agigantados.
gemiliani@cableonda.net
1. Normalmente se trata de niños y jóvenes en la constante búsqueda por sentirse importantes debido a una pobre y desvalorizada autoestima. Sus gestos, forma de hablar y de vestir, muy propios, es parte de su dinámica.
2. El primer acto criminal lo comente antes de cumplir la edad adulta. Esto le facilita asumir una responsabilidad dentro de la pandilla. La lealtad está basada en sus propias reglas y normas. Trabaja sin presión, sin restricción y sin censura, nada que interfiera con el cabal cumplimiento de sus funciones delictivas o criminales. Utiliza de forma despiadada a menores de edad, vulnerables y dispuestos a colaborar y exentos de ser castigados por la ley. Se suele premiar a quienes asesinan para ingresar a estas agrupaciones.
3. Revive con cada situación criminal los abusos sufridos de una infancia traumática por abandono, malos tratos físicos y verbales, psíquicos y sexuales. Enojo, furia, aversión y disgusto, desprecio y sadismo, son afectos integrados internamente. Las funciones de estas actitudes negativas son el esfuerzo para eliminar, en una forma violenta de reacción, una fuente de irritación o dolor, y son siempre secundarias a la frustración, aunque su intensidad puede depender de las características temperamentales.
4. Con tendencia a aislarse de la sociedad y vengarse de ella.
5. La vida no tiene sentido. Se siente amo del mundo. Las fantasías de grandiosidad y omnipotencia lo conducen a actos impulsivos.
6. En la mayoría de los casos, tiene contacto personal con las víctimas. Humilla, atemoriza, castiga y controla a sus víctimas para recobrar la autoridad y realzar su autoestima.
7. Utiliza armas u objetos de diversa índole. El uso de armas de fuego es frecuente y lo hace pensar que tiene el poder en sus manos. En cambio, el uso de arma blanca, aunque permitido, lo hace sentir sucio, escabroso.
8. Finge emociones que no siente. Busca su propio placer. Manipula hasta con los preceptos religiosos.
9. Fuera de su grupo, trata de ser sociables y de aspecto encantador hasta que no se les presione o provoque. A la mínima provocación lanza su veneno demoledor.
10. Cree que todo les está permitido. Particular sentido de la libertad. El riesgo y lo prohibido lo seduce y lo hipnotiza. Lo apasiona no sentir temor, trabaja para ello.
11. El pandillero organizado, prepara sus actos minuciosamente tratando de no dejar pistas, dificultando su captura. El pandillero desorganizado sí deja pistas y comete errores, facilitando su captura. Esto es fatal si busca distinguirse en el grupo. Una vez capturado, suele no confesar; y si lo hace, puede atribuirse más víctimas, dado su afán de protagonismo y celebridad.
12. No hay cabida para la traición entre pandillas y entre los propios pandilleros. So pena de muerte.
13. Tendencia a toda clase de juegos de azar, al consumo de drogas ilícitas, violencia intrafamiliar, desobediente a las reglas y normas de la sociedad, todo esto lo apasiona de forma enfermiza.
14. Suele pensar que Dios es su aliado y todo se lo permite, y que es el responsable de sus actos. Sin embargo, suele escuchar la voz de Dios pidiéndole protección. Hasta lo considera parte de la agrupación.
15. Su sentido de pertenencia lo lleva a posesionarse de un espacio o territorio convirtiendo a la agrupación en una especie de cruzada territorial.
16. Debido al entorno que les rodea, estos sujetos no desarrollan la capacidad de establecer vínculos afectivos, por lo que les resulta más fácil acabar con la vida de otras personas y sin remordimiento.
Lo acontecido en Curundú cae en la categoría de un acto terrorista. Parecieran grupos extremistas que se ensañan cruelmente con sus congéneres. Es conveniente resaltar el patrón cultural propio del modo de vida de estos sujetos, así como, el patrón a seguir como miembros de una organización criminal; los defectos de su personalidad; las tendencias antisociales; los complejos enfermizos debido a su color de piel, status económico, cultural y religioso, y la facilidad con que se obtiene un arma.
Existen más de mil estudios respaldados por más de 30 años de investigación que demuestran que hay una relación causal entre las violentas imágenes que emiten los medios y el comportamiento violento. Pero esta teoría no aclara el por qué en algunas sociedades se reacciona en forma violenta y en otras no. La respuesta es fácil: vivimos en una sociedad que le ha perdido el respeto a la Policía Nacional; en que los correctivos causan escozor y pesar, debido a que aparecen cuando se han perdido vidas; en que el crecimiento económico apunta precisamente hacia los que más tienen, y la tasa de desempleo disminuye, situación que no coincide con las dos mil personas que se hicieron presentes en una feria de empleo recientemente.
Para resolver el problema de la criminalidad no basta con eliminar a las personas malas y salvar a las buenas. Ya es harto conocido que la violencia se debe a que los agresores carecen de una formación espiritual que sensibilice su mente criminal y una educación adecuada que les moldee la mente y el corazón. Lo primero es hacer que las autoridades reconozcan el problema, pierdan el miedo y se llenen de coraje y rompan con el pandillerismo separando a los líderes de las mismas y, que sean sometidos a una resocialización eficiente.
Con esas herramientas elementales es muy fácil comenzar a vivir en armonía; sin embargo, queda en el ambiente un modelo de sociedad egoísta, indiferente y permisiva en que las pandillas y el crimen organizado se adueñan del país a pasos agigantados.
gemiliani@cableonda.net