Las paradas de buses
En esta ocasión, nos tienen sin cuidado las de Juan Carlos Navarro, e igual el tipo de propaganda que en ella se exhiba. Nos tiene también sin cuidado el que estén techadas, iluminadas o brinden asientos. No porque no nos importe, sino porque, en general, han mejorado su aspecto, al menos las oficiales del Distrito de Panamá.
Nos preocupan las de San Miguelito, porque aunque es otro distrito, comparte con el municipio capitalino la misma ciudad, en plena solución de continuidad. De nada vale que el último se esmere en velar por buena apariencia y estado de las paradas de buses de su jurisdicción, si su colega de las afueras poco o nada hace por las suyas.
Cierto, puede ser un problema de prioridad de recursos, siempre escasos. Pero el hecho es que las paradas son un espejo que el país ofrece a sus visitantes extranjeros. Eso es así en todas partes. En ellas, el turista puede encontrar una muestra del hombre, mujer, niña y niño panameño, su aspecto racial, su vestimenta, su apariencia física, todo, hasta su urbanidad y cultura. Así, por ejemplo, si los usuarios del servicio hacen fila en orden, como en Costa Rica, dan una magnífica impresión. Mas si se abren paso a empujones, se cuelgan del techo y ventanas, como en México D.F., es todo lo contrario.
Otro aspecto importante es la apariencia que presentan. Si están a la intemperie o en media calle, la impresión que ofrecen es pésima. No deben permitirse las paradas improvisadas o de hecho, y las autoridades han de estar prestas a multar a buses y a usuarios que se ubiquen o bajen en lugares no oficiales. Para eso, es menester numerarlas. Con el tiempo, la numeración puede servir para ubicar puntos de la ciudad, en casos de accidentes, situaciones policiales y emergencias. Sería como decir, Milla 8, y todo el mundo sabe al instante.
Pero también está el aspecto técnico. Las paradas han de estar ubicadas en sitios estratégicos, cuidando que brinden el mejor servicio al menor costo en términos de interrupción al fluido del tránsito. No podemos pretender ubicar una en cada esquina ni, como hoy ocurre, bajo pasos elevados, que estrechan la luz de los puentes provocando congestionamientos innecesarios, ni en medio de rampas de acceso de autos hacia autopistas o puentes vehiculares. Mucho menos podemos permitir que se sigan ubicando en las intersecciones ni bocacalles.
Cuando pongamos remedio a eso, seguramente habremos dado un paso adelante para agilizar el tráfico vehicular.
Nos preocupan las de San Miguelito, porque aunque es otro distrito, comparte con el municipio capitalino la misma ciudad, en plena solución de continuidad. De nada vale que el último se esmere en velar por buena apariencia y estado de las paradas de buses de su jurisdicción, si su colega de las afueras poco o nada hace por las suyas.
Cierto, puede ser un problema de prioridad de recursos, siempre escasos. Pero el hecho es que las paradas son un espejo que el país ofrece a sus visitantes extranjeros. Eso es así en todas partes. En ellas, el turista puede encontrar una muestra del hombre, mujer, niña y niño panameño, su aspecto racial, su vestimenta, su apariencia física, todo, hasta su urbanidad y cultura. Así, por ejemplo, si los usuarios del servicio hacen fila en orden, como en Costa Rica, dan una magnífica impresión. Mas si se abren paso a empujones, se cuelgan del techo y ventanas, como en México D.F., es todo lo contrario.
Otro aspecto importante es la apariencia que presentan. Si están a la intemperie o en media calle, la impresión que ofrecen es pésima. No deben permitirse las paradas improvisadas o de hecho, y las autoridades han de estar prestas a multar a buses y a usuarios que se ubiquen o bajen en lugares no oficiales. Para eso, es menester numerarlas. Con el tiempo, la numeración puede servir para ubicar puntos de la ciudad, en casos de accidentes, situaciones policiales y emergencias. Sería como decir, Milla 8, y todo el mundo sabe al instante.
Pero también está el aspecto técnico. Las paradas han de estar ubicadas en sitios estratégicos, cuidando que brinden el mejor servicio al menor costo en términos de interrupción al fluido del tránsito. No podemos pretender ubicar una en cada esquina ni, como hoy ocurre, bajo pasos elevados, que estrechan la luz de los puentes provocando congestionamientos innecesarios, ni en medio de rampas de acceso de autos hacia autopistas o puentes vehiculares. Mucho menos podemos permitir que se sigan ubicando en las intersecciones ni bocacalles.
Cuando pongamos remedio a eso, seguramente habremos dado un paso adelante para agilizar el tráfico vehicular.