Las partidas circuitales
Las "partidas circuitales" tuvieron su origen durante el gobierno del ex presidente Guillermo Endara. Sus fondos, destinados a algunos legisladores, eran muy modestos. Si recuerdo bien, esa práctica se inició durante la presidencia del entonces demócrata cristiano Carlos Arellano Lennox. Sentado el precedente del gobierno que le sucedió, permitió y hasta estimuló que estas partidas se elevaran a sumas astronómicas.
El actual gobierno ha mantenido esa práctica, aunque con una leve disminución en el monto destinado a los legisladores para que éstos hagan las obras que a bien tengan en sus circuitos.
Las "partidas circuitales" han constituido uno de los factores que más desprestigio le ha causado a la Asamblea Nacional por la forma irregular en la que, en muchos casos, sus fondos son manejados y por la elevada cuantía de las mismas. Hay legisladores que con influencia han disfrutado anualmente de un millón de balboas o más y los menos afortunados, de unos doscientos mil.
Muchos de estos legisladores se han perpetuado, no por méritos propios, sino por esos dineros, que no son de ellos, sino de todo el pueblo panameño y que han gastado para beneficiarse electoralmente, aunque con ello le estén causando un gran daño a la Asamblea Nacional.
En algunos casos, los fondos de las "partidas circuitales" son usados a través de fundaciones creadas por estos legisladores para beneficiarse más ellos que a sus propias comunidades. Por supuesto hay legisladores que las utilizan haciendo sus obras en forma honesta y transparente, pero pareciera, por los comentarios que se hacen, que estos son los menos.
Fuera de los legisladores, no creo que nadie en el país justifique el establecimiento de las "partidas circuitales". Ellas, además de constituir un desperdicio económico por carecer de las inversiones de una planificación adecuada y sólo están sujetas a la voluntad o criterio de una persona, distorsionan lo que debe ser la labor de una asamblea. La Asamblea está para hacer leyes, no para hacer obras. Esta función corresponde a otros organismos del Estado.
Como está enmarcado el funcionamiento del Estado panameño es difícil que uno de sus Organos, el que aprueba el presupuesto, pueda por voluntad propia eliminarse estos beneficios colaterales a sus salarios. Tendría que haber un gran desprendimiento de parte de ellos y esto no parece ser cierto por la baja calidad moral que muchos de ellos hacen gala.
La eliminación de las "partidas circuitales", objetos de continuas criticas por la opinión pública, sólo podrá lograrse si el electorado panameño en las próximas elecciones, obliga a los aspirantes a futuros legisladores a hacer un compromiso formal de que votarán en su contra.
Se puede ahora, por supuesto, presionar para que la actual Asamblea, en un acto que sería muy aplaudido, regule y reduzca las sumas destinadas para estas partidas y, además, se establezcan más controles de los gastos, de manera que la ciudadanía quede satisfecha de la forma seria y honesta como se ejecutan las obras ordenadas por los legisladores.
Esto indudablemente es un paliativo, pero sería un buen comienzo y rescataría, en gran parte, del desprestigio colectivo en que hoy por hoy esta sumida la Asamblea.
Hay en ella, sin la menor duda, hombres capaces, inteligentes y muy honorables que debían imponerse a quienes persistan en oponerse a cualquier medida que les afecte sus insaciables bolsillos.
El actual gobierno ha mantenido esa práctica, aunque con una leve disminución en el monto destinado a los legisladores para que éstos hagan las obras que a bien tengan en sus circuitos.
Las "partidas circuitales" han constituido uno de los factores que más desprestigio le ha causado a la Asamblea Nacional por la forma irregular en la que, en muchos casos, sus fondos son manejados y por la elevada cuantía de las mismas. Hay legisladores que con influencia han disfrutado anualmente de un millón de balboas o más y los menos afortunados, de unos doscientos mil.
Muchos de estos legisladores se han perpetuado, no por méritos propios, sino por esos dineros, que no son de ellos, sino de todo el pueblo panameño y que han gastado para beneficiarse electoralmente, aunque con ello le estén causando un gran daño a la Asamblea Nacional.
En algunos casos, los fondos de las "partidas circuitales" son usados a través de fundaciones creadas por estos legisladores para beneficiarse más ellos que a sus propias comunidades. Por supuesto hay legisladores que las utilizan haciendo sus obras en forma honesta y transparente, pero pareciera, por los comentarios que se hacen, que estos son los menos.
Fuera de los legisladores, no creo que nadie en el país justifique el establecimiento de las "partidas circuitales". Ellas, además de constituir un desperdicio económico por carecer de las inversiones de una planificación adecuada y sólo están sujetas a la voluntad o criterio de una persona, distorsionan lo que debe ser la labor de una asamblea. La Asamblea está para hacer leyes, no para hacer obras. Esta función corresponde a otros organismos del Estado.
Como está enmarcado el funcionamiento del Estado panameño es difícil que uno de sus Organos, el que aprueba el presupuesto, pueda por voluntad propia eliminarse estos beneficios colaterales a sus salarios. Tendría que haber un gran desprendimiento de parte de ellos y esto no parece ser cierto por la baja calidad moral que muchos de ellos hacen gala.
La eliminación de las "partidas circuitales", objetos de continuas criticas por la opinión pública, sólo podrá lograrse si el electorado panameño en las próximas elecciones, obliga a los aspirantes a futuros legisladores a hacer un compromiso formal de que votarán en su contra.
Se puede ahora, por supuesto, presionar para que la actual Asamblea, en un acto que sería muy aplaudido, regule y reduzca las sumas destinadas para estas partidas y, además, se establezcan más controles de los gastos, de manera que la ciudadanía quede satisfecha de la forma seria y honesta como se ejecutan las obras ordenadas por los legisladores.
Esto indudablemente es un paliativo, pero sería un buen comienzo y rescataría, en gran parte, del desprestigio colectivo en que hoy por hoy esta sumida la Asamblea.
Hay en ella, sin la menor duda, hombres capaces, inteligentes y muy honorables que debían imponerse a quienes persistan en oponerse a cualquier medida que les afecte sus insaciables bolsillos.