Las personas con discapacidad
Es posible entender que haya quienes critiquen y hasta se opongan a determinados programas. Negar sus bondades, sin embargo, no es político ni ético. Recientemente, la Asamblea Nacional aprobó la ley que protege y consigna los derechos de uno de los sectores más vulnerables de la población, las personas que tienen algún tipo de discapacidad, históricamente marginado casi hasta la segregación, por un número plural de prejuicios.
La situación llegó a tal grado que familiares de los mismos discapacitados exteriorizaron sentimientos poco nobles por un hecho que no era responsabilidad de nadie, menos de la persona que padece la discapacidad. Por eso ha sido de justicia la aprobación del estatuto en cuestión, sobre todo en un mundo que a principios del siglo XXI parece dispuesto a abrirse, ser compresivo y justo con aquellos que, por determinadas opciones, incorporan conductas o estilos de vida que otrora eran reprochables. Cómo no ser justo entonces con quienes, probado está, pese a su discapacidad son enteramente capaces de integrase a un sistema que ya, en muchos países, ha entendido la necesidad de abrirse a ellos.
El restablecimiento de los derechos de las personas con discapacidad no es solo un acto de justicia sino de amor, de solidaridad humana que así percibidos por quienes la sufren, sólo puede engendrar en ellos sentimientos de agradecimientos. Ahora lo que corresponde es a una amplia difusión pero, sobre todo, una aplicación consecuente y efectiva que cuente con el respaldo y la cooperación plenos de toda la sociedad.
El prejuicio debe quedar atrás, la injusticia debe desaparecer y su población debe servir para demostrar con nuestros actos lo mucho que ha madurado nuestra sociedad y la disposición que tiene para llevar adelante este tipo de empresas.