Las recetas del FMI
El gobierno nacional discute con el Fondo Monetario Internacional la posibilidad de ejecutar reformas económicas a cambio de acceder a préstamos por monto inicial de B/.85 millones para el presente y el próximo año. Tales reformas seguirían en general el menú de las recetas económicas que suele recomendar el organismo.
¿Hacia adónde apuntan las medidas del Fondo Monetario Internacional y de su similar Banco Mundial? La respuesta puede ser compleja para la extensión de esta columna, lo que nos permite la licencia de simplificar al máximo. Tales persiguen encarrilar a las naciones receptoras de crédito hacia la adopción de políticas de disciplina fiscal, liberalización del mercado y la apertura económica.
La disciplina fiscal entraña para los gobiernos, no gastar más que lo que recaudan, lo que conlleva a la eliminación de todo déficit. Al respecto, nuestro gobierno se ha comprometido a reducir a 1% su déficit presupuestario y a cero el año próximo. Para ello deberá eliminar gastos, aprendiendo a priorizar entre lo esencial y lo secundario.
La liberalización a su vez se mueve en dos vertientes. Una de ellas, acorde con la doctrina liberal, entraña dejar en manos de la iniciativa privada la mayoría de la economía. Eso incluye no sólo al comercio, la industria y los servicios, sino también otros rubros no tan tradicionales como el energético, las telecomunicaciones, aeropuertos, servicio de agua, recolección de basura, etc. Tal política, es obvio, procura el empequeñecimiento del Estado que se verá forzado a ser más eficiente.
La otra vertiente de la liberalización implica la implantación de un régimen de libre competencia que en teoría debe conducir a precios más bajos por productos y servicios mejores. Esto a su vez envuelve al mercado laboral y demás factores que inciden en los costos de la actividad empresarial. Aquí el Estado hace de mero árbitro.
La apertura económica, por su parte, entraña levantar barreras, esto es, permitir el libre flujo de talentos, con sus ofertas de bienes y servicios, a través de las fronteras. Al final, también teóricamente, el consumidor ha de resultar beneficiado al poder escoger la mejor entre infinitas opciones.
El problema no obstante, está en armonizar teoría y práctica; porque a juzgar por los resultados, cada vez más criticados, - recordemos a Seattle y Washington - de la aplicación ciega de las recetas, están resultando unos desequilibrios espantosos entre ricos y pobres, tanto a nivel interno de los distintos países huéspedes como en su relación con otros, en especial del mundo desarrollado.
De allí que lo aconsejable sea actuar con cautela y gradualidad, paso a paso, observando y previendo con detenimiento cada país los efectos que las recetas tienen o pudieran tener en su propio suelo. Porque cada nación tiene sus realidades; y lo que resultó bueno para unos, bien puede significar la ruina para otros. Y eso vale para nosotros, aunque admitamos la necesidad de introducir las reformas.
¿Hacia adónde apuntan las medidas del Fondo Monetario Internacional y de su similar Banco Mundial? La respuesta puede ser compleja para la extensión de esta columna, lo que nos permite la licencia de simplificar al máximo. Tales persiguen encarrilar a las naciones receptoras de crédito hacia la adopción de políticas de disciplina fiscal, liberalización del mercado y la apertura económica.
La disciplina fiscal entraña para los gobiernos, no gastar más que lo que recaudan, lo que conlleva a la eliminación de todo déficit. Al respecto, nuestro gobierno se ha comprometido a reducir a 1% su déficit presupuestario y a cero el año próximo. Para ello deberá eliminar gastos, aprendiendo a priorizar entre lo esencial y lo secundario.
La liberalización a su vez se mueve en dos vertientes. Una de ellas, acorde con la doctrina liberal, entraña dejar en manos de la iniciativa privada la mayoría de la economía. Eso incluye no sólo al comercio, la industria y los servicios, sino también otros rubros no tan tradicionales como el energético, las telecomunicaciones, aeropuertos, servicio de agua, recolección de basura, etc. Tal política, es obvio, procura el empequeñecimiento del Estado que se verá forzado a ser más eficiente.
La otra vertiente de la liberalización implica la implantación de un régimen de libre competencia que en teoría debe conducir a precios más bajos por productos y servicios mejores. Esto a su vez envuelve al mercado laboral y demás factores que inciden en los costos de la actividad empresarial. Aquí el Estado hace de mero árbitro.
La apertura económica, por su parte, entraña levantar barreras, esto es, permitir el libre flujo de talentos, con sus ofertas de bienes y servicios, a través de las fronteras. Al final, también teóricamente, el consumidor ha de resultar beneficiado al poder escoger la mejor entre infinitas opciones.
El problema no obstante, está en armonizar teoría y práctica; porque a juzgar por los resultados, cada vez más criticados, - recordemos a Seattle y Washington - de la aplicación ciega de las recetas, están resultando unos desequilibrios espantosos entre ricos y pobres, tanto a nivel interno de los distintos países huéspedes como en su relación con otros, en especial del mundo desarrollado.
De allí que lo aconsejable sea actuar con cautela y gradualidad, paso a paso, observando y previendo con detenimiento cada país los efectos que las recetas tienen o pudieran tener en su propio suelo. Porque cada nación tiene sus realidades; y lo que resultó bueno para unos, bien puede significar la ruina para otros. Y eso vale para nosotros, aunque admitamos la necesidad de introducir las reformas.