Las tijeras de la editora
Una vez en Madrid, tomándome un café en uno de esos restaurantes al aire libre que bordean la plaza del museo Reina Sofía, me encontré, en mi fresca copia de ABC, con una entrevista al español Camilo José Cela, premio Nobel de literatura (creo que lo obtuvo en 1989). En la entrevista le preguntaban al escritor qué cosa le había hecho más daño a la literatura en los tiempos modernos. En vez de atacar, como yo esperaba, a las dictaduras y los censores, Cela respondía: "los editores".
Y procedía, con el atrevimiento de un tipo que sabe que es genio, a dar ejemplos de sus luchas continúas para evitar que los editores, esos seres que con pluma en mano proceden a tachar palabras bonitas y frases llenas de sabor y a dibujar flechas de un párrafo a otro, le dañasen sus escritos. Al terminar de leer la entrevista sonreí ampliamente, pues yo ya había tenido que lidiar con las editoras de los periódicos de mi país. Además, ya tenía otra experiencia irritante: hace años, cuando me acerqué a las grandes casas publicadoras de Estados Unidos a ver si querían mi manuscrito sobre Noriega, me dijeron que sí, como no, pero "que por motivos comerciales tendrá que recortarlo a la mitad, puesto que un libro tan gordo asusta al lector". Los mandé a freír espárragos.
"Por motivos comerciales" La Prensa ha, recientemente, rediseñado su formato. Mi sección favorita, donde cojo más rabia y me río más, es la de Opinión. Pues bien, algún "genio comercial" la ha movido a la sección de Deportes. Tremendo error. Mas no contentos con mover la sección, decidieron exigir que los articulistas en vez de enviar artículos, envíen "mini-artículos". O sea, con un fervor irracional, la editora saca una tijera cada vez que le llega una contribución que supere las 700 palabras y, sin importarle la excelencia del escrito en cuestión, procede a mutilarlo inmisericordemente.
El 6 de marzo salió en Panamá un escrito supuestamente mío. Pero cuando vi ese artículo publicado en La Prensa, bajo mi nombre, casi me da un faracho. "¡Ese no es el artículo que yo escribí!", le grité a mi pobre computadora, que ni siquiera entiende español. Sin la mitad de los adjetivos y las preguntas donde yo me hago el bobo, ya no era ni la mitad de risible. RAC o Rafael Pérez Jaramillo, dos magníficos escritores jóvenes, jamás me lo hubieran modificado.
Un chiste hay que dejarlo entero. Si usted comienza a cercenarle verbos por aquí y preposiciones por allá, prontamente el chiste pierde la gracia. Usted, "por motivos comerciales", ha dañado el artículo. En más de una ocasión me han echado a perder un buen párrafo jocoso. Y los lectores, por culpa del editor, se han quedado sin practicar la risa, que es una buena medicina. Lo que pasa es que la mayoría de los editores tienen menos sentido del humor que un sepulturero.
Otro problema es que como tienen un montón de composiciones que revisar, los editores, generalmente, trabajan a la carrera, y el producto final es de pobre calidad, como es de suponer. Cierto, los columnistas tienen que entender que los editores a veces se ven obligados a recortar frases. El escritor debe ser flexible y ceder ante las presiones de espacio que existen en los diarios. Pero si los editores van a cambiar mucho el artículo, es mejor que se lo devuelvan al escritor.
Yo he tratado de ser tolerante, paciente, y cortés con las editoras y editores. Quizás debí haberme quejado fuertemente desde un principio. A una escritora que ustedes conocen le hicieron una trastada en un diario capitalino. La escritora formó un berrinche de madre y maestra y le escribió al director del periódico. Ahora a esa intelectual la tratan con cuidado y no se atreven a destramparle sus contribuciones.
En ocasiones, las editoras llegan al extremo de convertirse en censoras. Ya no es cuestión de que si un artículo está bien escrito, o si cabe, o si es de buen gusto. Ahora se trata si la editora está o no de acuerdo con las ideas del escritor. El pasado diciembre supe de un profesor que mandó un artículo donde explicaba por qué una mayoría de panameños querían que los gringos se quedasen. Pero este señor no logró que le publicaran sus argumentos, pues "había que guardar las apariencias" y si ese artículo salía, los periodistas extranjeros en Panamá para la entrega del Canal, "se llevarían una mala impresión".
A las editoras de La Prensa hay que preguntarles: ¿Ustedes qué quieren? ¿Párrafos bien escritos que se amolden al español correcto, o mensajes telegráficos? Y ahora procederé, apreciados lectores, a pasarles una fórmula secreta para sacarse la lotería. ¡Caramba!, ya me estoy acercando al límite de palabras de este artículo y tengo que parar aquí mismo. Hasta la próxima.
Y procedía, con el atrevimiento de un tipo que sabe que es genio, a dar ejemplos de sus luchas continúas para evitar que los editores, esos seres que con pluma en mano proceden a tachar palabras bonitas y frases llenas de sabor y a dibujar flechas de un párrafo a otro, le dañasen sus escritos. Al terminar de leer la entrevista sonreí ampliamente, pues yo ya había tenido que lidiar con las editoras de los periódicos de mi país. Además, ya tenía otra experiencia irritante: hace años, cuando me acerqué a las grandes casas publicadoras de Estados Unidos a ver si querían mi manuscrito sobre Noriega, me dijeron que sí, como no, pero "que por motivos comerciales tendrá que recortarlo a la mitad, puesto que un libro tan gordo asusta al lector". Los mandé a freír espárragos.
"Por motivos comerciales" La Prensa ha, recientemente, rediseñado su formato. Mi sección favorita, donde cojo más rabia y me río más, es la de Opinión. Pues bien, algún "genio comercial" la ha movido a la sección de Deportes. Tremendo error. Mas no contentos con mover la sección, decidieron exigir que los articulistas en vez de enviar artículos, envíen "mini-artículos". O sea, con un fervor irracional, la editora saca una tijera cada vez que le llega una contribución que supere las 700 palabras y, sin importarle la excelencia del escrito en cuestión, procede a mutilarlo inmisericordemente.
El 6 de marzo salió en Panamá un escrito supuestamente mío. Pero cuando vi ese artículo publicado en La Prensa, bajo mi nombre, casi me da un faracho. "¡Ese no es el artículo que yo escribí!", le grité a mi pobre computadora, que ni siquiera entiende español. Sin la mitad de los adjetivos y las preguntas donde yo me hago el bobo, ya no era ni la mitad de risible. RAC o Rafael Pérez Jaramillo, dos magníficos escritores jóvenes, jamás me lo hubieran modificado.
Un chiste hay que dejarlo entero. Si usted comienza a cercenarle verbos por aquí y preposiciones por allá, prontamente el chiste pierde la gracia. Usted, "por motivos comerciales", ha dañado el artículo. En más de una ocasión me han echado a perder un buen párrafo jocoso. Y los lectores, por culpa del editor, se han quedado sin practicar la risa, que es una buena medicina. Lo que pasa es que la mayoría de los editores tienen menos sentido del humor que un sepulturero.
Otro problema es que como tienen un montón de composiciones que revisar, los editores, generalmente, trabajan a la carrera, y el producto final es de pobre calidad, como es de suponer. Cierto, los columnistas tienen que entender que los editores a veces se ven obligados a recortar frases. El escritor debe ser flexible y ceder ante las presiones de espacio que existen en los diarios. Pero si los editores van a cambiar mucho el artículo, es mejor que se lo devuelvan al escritor.
Yo he tratado de ser tolerante, paciente, y cortés con las editoras y editores. Quizás debí haberme quejado fuertemente desde un principio. A una escritora que ustedes conocen le hicieron una trastada en un diario capitalino. La escritora formó un berrinche de madre y maestra y le escribió al director del periódico. Ahora a esa intelectual la tratan con cuidado y no se atreven a destramparle sus contribuciones.
En ocasiones, las editoras llegan al extremo de convertirse en censoras. Ya no es cuestión de que si un artículo está bien escrito, o si cabe, o si es de buen gusto. Ahora se trata si la editora está o no de acuerdo con las ideas del escritor. El pasado diciembre supe de un profesor que mandó un artículo donde explicaba por qué una mayoría de panameños querían que los gringos se quedasen. Pero este señor no logró que le publicaran sus argumentos, pues "había que guardar las apariencias" y si ese artículo salía, los periodistas extranjeros en Panamá para la entrega del Canal, "se llevarían una mala impresión".
A las editoras de La Prensa hay que preguntarles: ¿Ustedes qué quieren? ¿Párrafos bien escritos que se amolden al español correcto, o mensajes telegráficos? Y ahora procederé, apreciados lectores, a pasarles una fórmula secreta para sacarse la lotería. ¡Caramba!, ya me estoy acercando al límite de palabras de este artículo y tengo que parar aquí mismo. Hasta la próxima.