Las tres cruces I
Lucas 23:33-43. Este es uno de los pasajes que describen profundamente el sentimiento de la Pasión de Jesús. En este tiempo que se aproxima los días de la Semana Santa, quizás es el mejor momento porque la gente está ávida de saber de la Palabra de Dios.
Las tres cruces es una homilía sobre la justicia y el amor de Dios. Mi mensaje parte del Sermón de las Siete Palabras es que el sentir de Jesús "Padre perdónalos porque no saben lo que hacen" es el amor en su máxima expresión. No es que se lo dice a los ladrones, no. En ese momento ellos no son sus interlocutores. En ese momento histórico, Jesús expresa su amor en palabras y en hechos a toda la humanidad perdida.
En el momento en que Cristo murió por nuestros pecados, tú y yo no habíamos nacido, pero él murió por todos nuestros pecados. El evangelio es simple, sencillo y dinámico, no las perennes disquisiciones teológicas-filosóficas humanas.
No obstante, debemos puntualizar que Dios Padre no desliga su amor de la Justicia. El ladrón perdonado por Jesús murió corporalmente en la cruz, ambos ladrones pagaron con su muerte y muerte de cruz, el castigo por sus delitos terrenales.
Permítanme explicar que en el mundo romano, la crucifixión era la pena impuesta a los rebeldes y a los bandidos, pero al mismo tiempo típica de los esclavos. En efecto, se llamaba precisamente servile supplicium (el “suplicio de los esclavos”). Ciertamente, dada su crueldad, Cicerón la definió como crudelissimum taeterrimumque supplicium (el “suplicio más cruel y horrible que existe”) (In Verrem 2, 64, 165), y con anterioridad a él Plauto la calificó como maxuma mala crux (la “espantosa cruz”) (Poenulus 347). Jesús pagó en esta incruenta cruz el precio por el pecado de ambos ladrones y por la esclavitud del pecado de todos nosotros.
La diferencia grande es que solo uno de ellos fue salvo, solo uno de ellos el que expresó su fe en Jesús y tuvo conciencia de su propia condición humana pecaminosa “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo”.
¡Léalo otra vez! Subráyelo, está claro en la Palabra: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos”. Y ese reconocimiento tácito y sobreentendido es lo que Jesús valora de la fe del malhechor.