Las tres virtudes de una gran dama
Antes de escribir unas líneas sobre Doña Marta Stella Clément de Vallarino, decidí esperar unos días para recoger los distintos sentimientos de pesar por su sensible fallecimiento, exteriorizados por los diferentes sectores que conforman nuestra sociedad.
Pude, en efecto, comprobar que su desaparición física fue lamentada hondamente tanto por el encumbrado como por el humilde.
Ella nunca discriminó cuando extendió su mano generosa. Conocí a Marta Stella cuando muy joven había constituido un hogar con don Alberto Vallarino Céspedes. Eramos vecinos.
Ella vivía con su esposo en la casa materna en la Casa 31 al final, y yo en la 32. Desde entonces dio muestras de lo que fue siempre para ella una de sus grandes virtudes: su afecto familiar.
Su madre, doña María Linares viuda de Clément, su abuela y sus queridas tías estuvieron siempre muy adentradas en su corazón. Les prohijó en todo momento afecto, dedicación y compañía.
Marta Stella siempre fue una persona muy orgullosa de su estirpe. Era descendiente directa de los próceres Enrique Linares y Carlos Clément, que contribuyeron con otros panameños ilustres a darnos un país.
Con el pasar de los años la "Benefactoras de los Humildes", como yo la llamaría, tuvo en su vida grandes retos y contratiempos. Siempre los superó con una sonrisa, una voluntad férrea y una rectitud inquebrantable. Los principios morales para ella eran sagrados.
De Marta Stella, de su vida y de su obra se han dicho y escrito muchas cosas que son muy ciertas y justas. Yo que la conocí muy bien, primero como vecino y después -con el correr de los años- como pariente podría decir muchas cosas más sobre ella, pero la definiría como la persona que tuvo tres objetivos básicos muy sólidos: religión, familia y prójimo.
Fue, sin duda, una católica con una fe en Dios muy cimentada; a su familia ya más numerosa formada por sus adorados hijos Alberto y Stella Marta y sus cinco nietos: Diego, Ana María, Ximena, Carlos Alfonso y María Beatriz, les dedicó su amor y la unidad familiar constituyó siempre una de sus prioridades más preciadas.
El prójimo, especialmente el desamparado, sano o enfermo, recibió en todo momento su entrega, asistencia y ayuda cariñosa. Esas tres virtudes fueron siempre su norte y razón de ser. Aún cuando se encontraba aquejada por su cruel enfermedad y que su cuerpo parecía ceder ante ella, su voluntad nunca le falló. Su deseo de vivir fue tan intenso que logró superarla y vivir muchos años más para dedicarlos a lo que fueron siempre sus grandes amores: la religión, su familia y el prójimo. Dio diariamente "Gracias a la Vida", y Dios la escuchó.
Algunos rellenos clausurados alcanzan 41 metros de altura.
Pude, en efecto, comprobar que su desaparición física fue lamentada hondamente tanto por el encumbrado como por el humilde.
Ella nunca discriminó cuando extendió su mano generosa. Conocí a Marta Stella cuando muy joven había constituido un hogar con don Alberto Vallarino Céspedes. Eramos vecinos.
Ella vivía con su esposo en la casa materna en la Casa 31 al final, y yo en la 32. Desde entonces dio muestras de lo que fue siempre para ella una de sus grandes virtudes: su afecto familiar.
Su madre, doña María Linares viuda de Clément, su abuela y sus queridas tías estuvieron siempre muy adentradas en su corazón. Les prohijó en todo momento afecto, dedicación y compañía.
Marta Stella siempre fue una persona muy orgullosa de su estirpe. Era descendiente directa de los próceres Enrique Linares y Carlos Clément, que contribuyeron con otros panameños ilustres a darnos un país.
Con el pasar de los años la "Benefactoras de los Humildes", como yo la llamaría, tuvo en su vida grandes retos y contratiempos. Siempre los superó con una sonrisa, una voluntad férrea y una rectitud inquebrantable. Los principios morales para ella eran sagrados.
De Marta Stella, de su vida y de su obra se han dicho y escrito muchas cosas que son muy ciertas y justas. Yo que la conocí muy bien, primero como vecino y después -con el correr de los años- como pariente podría decir muchas cosas más sobre ella, pero la definiría como la persona que tuvo tres objetivos básicos muy sólidos: religión, familia y prójimo.
Fue, sin duda, una católica con una fe en Dios muy cimentada; a su familia ya más numerosa formada por sus adorados hijos Alberto y Stella Marta y sus cinco nietos: Diego, Ana María, Ximena, Carlos Alfonso y María Beatriz, les dedicó su amor y la unidad familiar constituyó siempre una de sus prioridades más preciadas.
El prójimo, especialmente el desamparado, sano o enfermo, recibió en todo momento su entrega, asistencia y ayuda cariñosa. Esas tres virtudes fueron siempre su norte y razón de ser. Aún cuando se encontraba aquejada por su cruel enfermedad y que su cuerpo parecía ceder ante ella, su voluntad nunca le falló. Su deseo de vivir fue tan intenso que logró superarla y vivir muchos años más para dedicarlos a lo que fueron siempre sus grandes amores: la religión, su familia y el prójimo. Dio diariamente "Gracias a la Vida", y Dios la escuchó.
Algunos rellenos clausurados alcanzan 41 metros de altura.