Las tribulaciones de Clinton
La democracia norteamericana se estremeció con el hecho sin precedentes de ver sentado en el banquillo de los acusados, declarando como un testigo cualquiera, a su presidente Bill Clinton, para responder por cargos de acoso sexual promovidos por la ciudadana Paula Jones.
En medio del desagradable interrogatorio surgieron versiones de supuestas relaciones extramaritales, con una joven pasante, Mónica Lewinsky, que confirmaría lo que todo el mundo sabe, que la fidelidad conyugal nunca ha sido el lado fuerte del mandatario.
A partir de entonces, publicaciones de Estados Unidos y el mundo, están festinando el tema, con escabrosos detalles que incluyen el decomiso de ropa íntima de la joven Lewinsky por el FBI, con el objeto de someterla al rigor de pruebas de ADN.
En adelante, la situación ha evolucionado entre extremos tan dramáticos como ridículos, especulándose desde la posibilidad de una renuncia hasta la divulgación de versiones de contactos clandestinos en históricos salones, muebles y rincones de la Casa Blanca.
Clinton ha negado los cargos, pero un fiscal especial, republicano, asegura poseer declaraciones de miembros de la seguridad presidencial, cuyas narraciones habrían hecho palidecer las atribuidas al presidente John Kennedy, con su servicio secreto involucrado en operaciones de encubrimiento de acciones de faldas, mientras a pocas millas los cohetes rusos apuntaban a Estados Unidos desde Cuba.
Lo acontecido no es más que otro episodio incómodo de la intensa vida pública y privada del presidente, que en modo alguno debe provocar su pérdida del cargo. Ni siquiera la acusación de inducción al perjurio la más seria que se le imputa, tiene fundamento. Nadie debe ser obligado a declarar ante sí mismo, ni condenado por mantener en reserva lo que por su esencia pertenece a la intimidad personal.
La gravedad del perjurio, si fuera el caso, debe apreciarse en relación con la importancia del hecho que se oculta. No es igual mentir para encubrir un crimen que para preservar la propia intimidad. El primero, concierne a la sociedad, el segundo, sólo al interesado. El día en que se permita que el Estado meta sus narices en la vida íntima de los ciudadanos, terminaremos convertidos en marionetas, sin intimidad ni vida propia.
En lo demás, Clinton es un sobreviviente, cuya mayor fuerza aflora en tiempos de tormenta. Incluso todas las encuestas continúan favoreciéndolo, como muestra inequívoca de un pueblo deslumbrado por tiempos de prosperidad sin precedentes.
Y en cuanto a la batalla legal misma, la suerte está echada, al sumarse a la lucha en apoyo de su esposo, la primera dama, Hillary Clinton, quien presidirá personalmente el equipo de abogados del mandatario. Hillary es una reputada jurista, que tuvo la habilidad extraordinaria de salir indemne del escándalo financiero de Whitewater, que costó la cárcel a varios de sus socios. En fin, Clinton contará otra vez con su esposa, su mejor e invencible arma.
En medio del desagradable interrogatorio surgieron versiones de supuestas relaciones extramaritales, con una joven pasante, Mónica Lewinsky, que confirmaría lo que todo el mundo sabe, que la fidelidad conyugal nunca ha sido el lado fuerte del mandatario.
A partir de entonces, publicaciones de Estados Unidos y el mundo, están festinando el tema, con escabrosos detalles que incluyen el decomiso de ropa íntima de la joven Lewinsky por el FBI, con el objeto de someterla al rigor de pruebas de ADN.
En adelante, la situación ha evolucionado entre extremos tan dramáticos como ridículos, especulándose desde la posibilidad de una renuncia hasta la divulgación de versiones de contactos clandestinos en históricos salones, muebles y rincones de la Casa Blanca.
Clinton ha negado los cargos, pero un fiscal especial, republicano, asegura poseer declaraciones de miembros de la seguridad presidencial, cuyas narraciones habrían hecho palidecer las atribuidas al presidente John Kennedy, con su servicio secreto involucrado en operaciones de encubrimiento de acciones de faldas, mientras a pocas millas los cohetes rusos apuntaban a Estados Unidos desde Cuba.
Lo acontecido no es más que otro episodio incómodo de la intensa vida pública y privada del presidente, que en modo alguno debe provocar su pérdida del cargo. Ni siquiera la acusación de inducción al perjurio la más seria que se le imputa, tiene fundamento. Nadie debe ser obligado a declarar ante sí mismo, ni condenado por mantener en reserva lo que por su esencia pertenece a la intimidad personal.
La gravedad del perjurio, si fuera el caso, debe apreciarse en relación con la importancia del hecho que se oculta. No es igual mentir para encubrir un crimen que para preservar la propia intimidad. El primero, concierne a la sociedad, el segundo, sólo al interesado. El día en que se permita que el Estado meta sus narices en la vida íntima de los ciudadanos, terminaremos convertidos en marionetas, sin intimidad ni vida propia.
En lo demás, Clinton es un sobreviviente, cuya mayor fuerza aflora en tiempos de tormenta. Incluso todas las encuestas continúan favoreciéndolo, como muestra inequívoca de un pueblo deslumbrado por tiempos de prosperidad sin precedentes.
Y en cuanto a la batalla legal misma, la suerte está echada, al sumarse a la lucha en apoyo de su esposo, la primera dama, Hillary Clinton, quien presidirá personalmente el equipo de abogados del mandatario. Hillary es una reputada jurista, que tuvo la habilidad extraordinaria de salir indemne del escándalo financiero de Whitewater, que costó la cárcel a varios de sus socios. En fin, Clinton contará otra vez con su esposa, su mejor e invencible arma.