Las verdades del gallego
Durante la reciente retransmisión del partido entre el Inter de Milán y el Barcelona en TVMax, uno de los comentaristas, no importa cúal porque el resto asintieron con suficiencia; dijo que gallego, catalán, y vasco eran dialectos del español.
Como gallego -y gallego hablante habitual- ese tipo de aseveraciones no me ofenden, porque descalifican a quién las profiere, no al que la recibe; pero al ser pronunciadas en un medio de comunicación masivo, sólo sirve para reproducir el motivo que lleva a tan desafortunada reflexión, la más pura ignorancia.
Son independientes las posiciones ideológicas acerca de cual debe ser el estatus de la colonización de mi país -Galiza-, pero no lo son los hechos, que a lo largo de nuestra historia configuran una realidad nacional.
Uno de los elementos de identidad más importantes de la nación gallega es la lengua: la vulgarización del latín y la mezcla con los elementos linguísticos de las otras culturas que pasaron por nuestro territorio, como la celta y la sueva, dio lugar a que surgiera la primera lengua románica separada del latín, el gallego-portugués, en territorio de la Galiza actual y el norte de Portugal.
Cuando el castellano daba sus primeros pasos como idioma diferenciado el gallego ya era un idioma estructurado y asentado, durante ese periodo y durante buena parte de la Edad Media, el gallego fue la lengua culta de Europa, la que utilizaban bardos y trovadores de todo el continente, los futuros reyes se enviaban a Galiza de jóvenes para instruirse en el dominio del idioma, como por ejemplo Alfonso X, precursor de la utilización del castellano en las instituciones, quién no sólo se educó, sino que llegó a escribió en gallego, la misma lengua que hablaba el pueblo. Creo que es explicación suficiente para afirmar con rotundidad que si el habla de mi país que es un dialecto, lo será del latín, igual que el español.
Aún más grave, y por ello la necesidad de aclararlo, es la utilización política que a lo largo de tantos siglos, con especial énfasis en la dictadura fascista que sufrió todo el estado español, ha tenido esa aberrante calificación de dialecto. Se ha usado para demonizar a lo diferente, intentando imponer una cultura a costa de la desaparición de otras, y en último lugar, medir la utilidad de los idiomas con cálculos mercantilistas.
Las lenguas no sólo sirven para comunicar, son vehículos que tranmiten un pasado y una realidad social, económica, cultural y humana; es el nexo de unión comunitaria y la expresión de una manera determinada de interpretar el mundo; además, de forma complementaria, nos permite comunicarnos sin ningún problema con doscientos cuarenta millones de personas en once países que hablan portugués; no contentos con esto tenemos también la capacidad de aprender una lengua extranjera -el español- y hablarlo o escribirlo con la misma soltura que alguien que lo tenga como lengua materna.
Por todo esto, de periodista a periodista, sea consciente de la amplificación de los mensajes que envía, y un modesto consejo, piense antes de hablar, es mejor parecer estúpido, que abrir la boca y confirmarlo.