Las visiones de Milingo
Años después de su vida de pastor milagroso, Milingo descubrió la soledad. Allí estaba, pavorosa y fría, aferrándose con sus garras escalofriantes a sus costados, irrumpiendo con su estilete de desamparo los huesos hasta agobiarlo. Y Milingo dejó a un lado la esperanza ilusa de la eternidad y se rebeló contra el martirio del celibato, la adoración estéril de los santos vetustos y las cruces corroídas y el claustro imperioso de una iglesia sumida en la soberbia.
Emanuel Milingo había sido fiel a sus votos nupciales con el catolicismo. Le había jurado amor a lo improbable y había prometido llegar ante la muerte con el pecho lacerado por el trallazo brutal de la lanza y las manos putrefactas por el ácido milenario de los clavos.
Y así estuvo prodigando sus milagros por las aldeas olvidadas de los negros sin esperanzas: sanó leprosos, alivió las calenturas de los tísicos, expulsó el gusano de las llagas de los desahuciados y conjuró los demonios que anidaban en las almas de los impíos.
Fue un santo sin nombre ni destino. La Iglesia miraba con espanto sus exorcismos, procuraba ignorar sus dotes milagrosos, el toque divino de sus negras manos celestiales, hasta que Milingo, con 71 años de vida y medio siglo malogrado en la fe, se sintió sólo.
"Estoy sólo", dijo y rebuscó entre las numerosas probabilidades de su alma algo que sustentara la razón de su existencia antes de la oscuridad total y allí frente a él, desnuda y sin condiciones, estaba otro demonio tan peligroso y cruel como la soledad: el amor.
Milingo se casó con María bajo la bendición de Sun Myung Moon, un alcahuete que busca adeptos para su iglesia sin contemplar colores ni razas y sí la entrega carnal para la procreación. Entonces Milingo se embriagó de amor y de sexo con la muchacha oriental en algún rincón de la tierra. Atrás dejaba el rumor de los vientos surcando las implacables praderas africanas, el dolor de los tullidos, la tos de los tísicos y el llanto agónico de los niños moribundos en las aldeas desahuciadas; pero a cambio de eso, había desaparecido para siempre, la soledad.
El Vaticano se escandalizó. Había soportado por años, el ministerio profano que Milingo predicaba en las llanuras de Zambia, sus recursos de hechicería, la magia de sus manos proféticas, el poder descomunal de su aliento para conjurar al demonio. Ahora pensaron que el diablo finalmente lo había atrapado y le prometieron la excomunión.
Así son de tétricos estos caballeros de la Santa Sede: pueden decidir quién entra al reino de Dios y quien no. (Aún disponen de justicia divina para la salvación o para el cadalso).
Emanuel Milingo tuvo que renunciar a la felicidad junto a María. Acarició por unos instantes la infinita redondez de la manzana y la dejó abandonada en algún lugar de sus recuerdos. "Se purificó", dijeron en el Vaticano ¿purificarse de la tendencia moral con que nacimos? Lo cierto es que el Arzobispo católico debe estar ahora procurándose nuevos clavos para herir sus manos de profeta o encontrarse -por esos caminos de Dios- con algún guerrero que con su lanza le atraviese el pecho y destruya así el pérfido gusano del amor.
Emanuel Milingo había sido fiel a sus votos nupciales con el catolicismo. Le había jurado amor a lo improbable y había prometido llegar ante la muerte con el pecho lacerado por el trallazo brutal de la lanza y las manos putrefactas por el ácido milenario de los clavos.
Y así estuvo prodigando sus milagros por las aldeas olvidadas de los negros sin esperanzas: sanó leprosos, alivió las calenturas de los tísicos, expulsó el gusano de las llagas de los desahuciados y conjuró los demonios que anidaban en las almas de los impíos.
Fue un santo sin nombre ni destino. La Iglesia miraba con espanto sus exorcismos, procuraba ignorar sus dotes milagrosos, el toque divino de sus negras manos celestiales, hasta que Milingo, con 71 años de vida y medio siglo malogrado en la fe, se sintió sólo.
"Estoy sólo", dijo y rebuscó entre las numerosas probabilidades de su alma algo que sustentara la razón de su existencia antes de la oscuridad total y allí frente a él, desnuda y sin condiciones, estaba otro demonio tan peligroso y cruel como la soledad: el amor.
Milingo se casó con María bajo la bendición de Sun Myung Moon, un alcahuete que busca adeptos para su iglesia sin contemplar colores ni razas y sí la entrega carnal para la procreación. Entonces Milingo se embriagó de amor y de sexo con la muchacha oriental en algún rincón de la tierra. Atrás dejaba el rumor de los vientos surcando las implacables praderas africanas, el dolor de los tullidos, la tos de los tísicos y el llanto agónico de los niños moribundos en las aldeas desahuciadas; pero a cambio de eso, había desaparecido para siempre, la soledad.
El Vaticano se escandalizó. Había soportado por años, el ministerio profano que Milingo predicaba en las llanuras de Zambia, sus recursos de hechicería, la magia de sus manos proféticas, el poder descomunal de su aliento para conjurar al demonio. Ahora pensaron que el diablo finalmente lo había atrapado y le prometieron la excomunión.
Así son de tétricos estos caballeros de la Santa Sede: pueden decidir quién entra al reino de Dios y quien no. (Aún disponen de justicia divina para la salvación o para el cadalso).
Emanuel Milingo tuvo que renunciar a la felicidad junto a María. Acarició por unos instantes la infinita redondez de la manzana y la dejó abandonada en algún lugar de sus recuerdos. "Se purificó", dijeron en el Vaticano ¿purificarse de la tendencia moral con que nacimos? Lo cierto es que el Arzobispo católico debe estar ahora procurándose nuevos clavos para herir sus manos de profeta o encontrarse -por esos caminos de Dios- con algún guerrero que con su lanza le atraviese el pecho y destruya así el pérfido gusano del amor.