Latente el germen del militarismo
La oferta que el candidato presidencial del PRD, Martín Torrijos, ha hecho al electorado panameño, en el sentido de hacer factible la opción de nombrar a un militar en la dirección de la Fuerza Pública, pone de manifiesto que en la mentalidad de un reducido número de panameños sigue latente el germen del militarismo que tanto daño ha causado a Panamá. Y es que, aunque no alcanzo a tener una percepción de lo que fue la Policía Nacional en la década del "50, sí tengo en mi memoria parte del escenario de la entonces Guardia Nacional, que por los años "60 se había convertido en protectora de los intereses políticos de cierto sector de la oligarquía y, por ende, en árbitro hasta de los procesos electorales.
Desde la capital, hasta el más modesto rincón de la geografía nacional, el político inescrupuloso, con la protección de la gendarmería, se convertía en dueño y señor del patio intimidando a quienes adversaran al gobierno y al candidato oficialista de turno; el ejercicio de la democracia no se sentía.
Los gobiernos débiles y la clase política acostumbrada a las ventajas del poder, habían convertido a los "comandantes" en los protectores de sus intereses y aspiraciones; las canonjías y concesiones eran notorias y la parcialización de la institución armada una realidad indubitable, en correspondencia con la "magnanimidad" del equipo gobernante.
Por ello, entre las tantas anécdotas que recoge aquella lúgubre página de nuestra historia, cuenta aquél en que, con la aquiescencia del mayor de la Guardia Nacional, en Chiriquí, algunos civiloides al servicio de la institución armada eran enviados, revolver en manos, a las poblaciones indígenas para que, por medio de presión y de temor, obligaran a los lugareños a votar por determinado candidato. De allí que a uno de estos "demócratas" le bautizaran con el mote de "Capitán Chichica", por su autoproclamación de "Capitán", con voz de orden, para que votaran con las papeletas que él mismo cargaba en el bolsillo y que distribuía a diestra y siniestra, un día de elecciones.
La tradición oral ubica estos hechos en 1964; pero ya en 1968, la institución armada se veía más comprometida con un minúsculo sector de panameños y daba la sensación de organismo garante de la comisión de un fraude, a pesar de la fuerza electoral que había adquirido la Unión Nacional de Oposición, encabezada por los señores Arnulfo Arias, Raúl Arango y José Bazán. Para ello, la dirección militarizada de la fuerza armada, recurrió a los más bajos instintos de conservación de los privilegios que acariciaba; puso todo tipo de obstáculos para que los seguidores del candidato opositor no pudieran votar. Todo era válido en aquella operación fraudulenta, en la que, según versiones de un militar retirado: "La Guardia Nacional participaba cíclicamente con carcelazos, engañifos, manipulación, fuerza y falsificación". Otros militares, con cinismo inaudito, han reconocido que fueron los civiles quienes los enseñaron a cometer los fraudes; pero lo dudo, porque donde hubiera un militar pundonoroso, honesto y profesional, ningún civil con vocación de "antropófago político" hubiera podido convertirse en corrupto de incorruptibles.
La decisión del pueblo panameño que "disparó" su voto en las urnas impidió el fraude electoral que pretendían consumar en las elecciones el 2 de mayo de 1968, pero a los 11 días de instalado el nuevo gobierno, en octubre del mismo año, la dirección militar del instituto armado violentó el orden constitucional, se tomó el poder y nos impuso una dictadura de 21 largos años y que trajo como secuela inmediata el luto, dolor y sangre, en muchas familias panameñas que vieron partir hacia el exilio a sus seres queridos, otros a la cárcel, donde los torturaron de manera salvaje, y algunos perdieron sus vidas a monos de pistoleros de la tiranía.
La prensa opositora fue silenciada, las libertades públicas conculcadas; los derechos humanos violados; los partidos políticos disueltos, los disidentes perseguidos, mientras una nueva casta cívico-militar se enriquecía con los recursos del Estado, dilapidaba el patrimonio estatal y endeudaba a la República. Las consecuencias de ese incontenible endeudamiento las seguimos pagando.
Y para cerrar con broche de oro este libro negro de la experiencia del militarismo en nuestro país, la Patria resultó doblemente ofendida y mancillada con la conducción del militar Manuel Antonio Noriega, el último tirano que gobernó a base de represión y de temor, estupidez que inspiró a los panameños valientes a alzar la bandera de la dignidad y del decoro, la bandera civilista que nos unió a todos y que en una cruzada sin precedentes logró debilitar al funesto régimen. Noriega, sus aduladores "civiloides y codepadis", cayeron el 20 de diciembre de 1989, presionados por una fuerza más determinante que los pañuelos blancos (de paz) y huyó a escondites sin haber demostrado el más mínimo valor para hacer realidad aquel falaz pregón de: "Por Panamá la vida".
Pero quedó todo el daño causado a la institucionalidad, a la nación misma; armas por todas partes; una imagen internacional deteriorada por las acciones de un dictador involucrado en horrendos crímenes, peculados, tráfico de armas, drogas, fraudes y tantos otros delitos, con la colaboración precisamente del PRD, que hoy, a través de su candidato presidencial, nos pretende llevar a direcciones que jamás deberán volver. Es fácil entender que, por razones obvias, hay panameños favorecidos por ese polo de poder que constituyó la dirección militarizada de la Fuerza Publica, que, sin duda alguna, quisieran volver a esos tiempos que añoran en el consciente y en el subconsciente; sin embargo, también es cierto que hay panameños(as) que han dado fehacientes pruebas de patriotismo férvido, de espíritu democrático, de civilistas por excelencia y que el próximo 2 de mayo le dirán NO a quienes pretender volver a un nefasto pasado.
Desde la capital, hasta el más modesto rincón de la geografía nacional, el político inescrupuloso, con la protección de la gendarmería, se convertía en dueño y señor del patio intimidando a quienes adversaran al gobierno y al candidato oficialista de turno; el ejercicio de la democracia no se sentía.
Los gobiernos débiles y la clase política acostumbrada a las ventajas del poder, habían convertido a los "comandantes" en los protectores de sus intereses y aspiraciones; las canonjías y concesiones eran notorias y la parcialización de la institución armada una realidad indubitable, en correspondencia con la "magnanimidad" del equipo gobernante.
Por ello, entre las tantas anécdotas que recoge aquella lúgubre página de nuestra historia, cuenta aquél en que, con la aquiescencia del mayor de la Guardia Nacional, en Chiriquí, algunos civiloides al servicio de la institución armada eran enviados, revolver en manos, a las poblaciones indígenas para que, por medio de presión y de temor, obligaran a los lugareños a votar por determinado candidato. De allí que a uno de estos "demócratas" le bautizaran con el mote de "Capitán Chichica", por su autoproclamación de "Capitán", con voz de orden, para que votaran con las papeletas que él mismo cargaba en el bolsillo y que distribuía a diestra y siniestra, un día de elecciones.
La tradición oral ubica estos hechos en 1964; pero ya en 1968, la institución armada se veía más comprometida con un minúsculo sector de panameños y daba la sensación de organismo garante de la comisión de un fraude, a pesar de la fuerza electoral que había adquirido la Unión Nacional de Oposición, encabezada por los señores Arnulfo Arias, Raúl Arango y José Bazán. Para ello, la dirección militarizada de la fuerza armada, recurrió a los más bajos instintos de conservación de los privilegios que acariciaba; puso todo tipo de obstáculos para que los seguidores del candidato opositor no pudieran votar. Todo era válido en aquella operación fraudulenta, en la que, según versiones de un militar retirado: "La Guardia Nacional participaba cíclicamente con carcelazos, engañifos, manipulación, fuerza y falsificación". Otros militares, con cinismo inaudito, han reconocido que fueron los civiles quienes los enseñaron a cometer los fraudes; pero lo dudo, porque donde hubiera un militar pundonoroso, honesto y profesional, ningún civil con vocación de "antropófago político" hubiera podido convertirse en corrupto de incorruptibles.
La decisión del pueblo panameño que "disparó" su voto en las urnas impidió el fraude electoral que pretendían consumar en las elecciones el 2 de mayo de 1968, pero a los 11 días de instalado el nuevo gobierno, en octubre del mismo año, la dirección militar del instituto armado violentó el orden constitucional, se tomó el poder y nos impuso una dictadura de 21 largos años y que trajo como secuela inmediata el luto, dolor y sangre, en muchas familias panameñas que vieron partir hacia el exilio a sus seres queridos, otros a la cárcel, donde los torturaron de manera salvaje, y algunos perdieron sus vidas a monos de pistoleros de la tiranía.
La prensa opositora fue silenciada, las libertades públicas conculcadas; los derechos humanos violados; los partidos políticos disueltos, los disidentes perseguidos, mientras una nueva casta cívico-militar se enriquecía con los recursos del Estado, dilapidaba el patrimonio estatal y endeudaba a la República. Las consecuencias de ese incontenible endeudamiento las seguimos pagando.
Y para cerrar con broche de oro este libro negro de la experiencia del militarismo en nuestro país, la Patria resultó doblemente ofendida y mancillada con la conducción del militar Manuel Antonio Noriega, el último tirano que gobernó a base de represión y de temor, estupidez que inspiró a los panameños valientes a alzar la bandera de la dignidad y del decoro, la bandera civilista que nos unió a todos y que en una cruzada sin precedentes logró debilitar al funesto régimen. Noriega, sus aduladores "civiloides y codepadis", cayeron el 20 de diciembre de 1989, presionados por una fuerza más determinante que los pañuelos blancos (de paz) y huyó a escondites sin haber demostrado el más mínimo valor para hacer realidad aquel falaz pregón de: "Por Panamá la vida".
Pero quedó todo el daño causado a la institucionalidad, a la nación misma; armas por todas partes; una imagen internacional deteriorada por las acciones de un dictador involucrado en horrendos crímenes, peculados, tráfico de armas, drogas, fraudes y tantos otros delitos, con la colaboración precisamente del PRD, que hoy, a través de su candidato presidencial, nos pretende llevar a direcciones que jamás deberán volver. Es fácil entender que, por razones obvias, hay panameños favorecidos por ese polo de poder que constituyó la dirección militarizada de la Fuerza Publica, que, sin duda alguna, quisieran volver a esos tiempos que añoran en el consciente y en el subconsciente; sin embargo, también es cierto que hay panameños(as) que han dado fehacientes pruebas de patriotismo férvido, de espíritu democrático, de civilistas por excelencia y que el próximo 2 de mayo le dirán NO a quienes pretender volver a un nefasto pasado.