Latinoamérica frente a Asia
DESDE HACE tiempo a Estados Unidos (EU) y a Europa les está preocupando el efecto de la competencia asiática en su mercado laboral. Recientemente ABC News inició una serie de reportajes sobre el impacto de China en el mercado norteamericano y mostró cómo la mayoría de los productos de conocidas marcas norteamericanas eran de fabricación China, y cómo muchas industrias en varios pueblos de EU habían simplemente desaparecido para instalarse en algún país del lejano oriente, buscando costos de producción más bajos.
El empuje del sudeste asiático está succionando empleos e inversiones a tal punto que cuando Wal-Mart (hoy la corporación más grande del mundo con casi $288 mil millones en ingresos el año pasado), quiere mantener a raya las exigencias laborales de sus sindicatos, les advierte que sus empleos podrían irse a la China. Y no está mintiendo, esa área del mundo se convierte en el eje al rededor del cual deben girar las grandes multinacionales que quieren mantener productos de alta calidad y precios competitivos.
A principios de los años 80 cuando el déficit comercial de EU frente a Japón creció a niveles exorbitantes, las únicas industrias que parecían estar libres de la amenaza nipona eran las dedicadas a proveer servicios. Pero ahora el Oriente quiere más, mucho más. Ya no sólo es Samsung, Toshiba o Toyota los que se impusieron a General Electric, RCA o General Motors, también la industria de los servicios está mirando hacia Asia. Las llamadas de telemercadeo ofreciendo servicios bancarios, de seguros o de televisión por cable a los residentes de cualquier barrio norteamericano, fácilmente tienen al otro lado del cordón telefónico a un operador situado en Shangai, Nueva Delhi o cualquier otro lugar de Asia donde la hora de trabajo sea más barata. Pero es sólo el inicio. Lo que ha estado preocupando, para no decir asustando a los norteamericanos, es que, según recientes estudios, se ha determinado que casi un 30% de los empleos de las industrias (normalmente de procesamiento y análisis de datos) pueden prestarse desde otros países con manos de obra más baratas y tan preparadas como la local. Y esto preocupa, pues "más barata" no significa un 10% menos que en EU, sino hasta un 10% de lo que cuesta en EU. En estas condiciones la palabra "outsourcing" se ha vuelto un sinónimo de reducción de empleos, y no es para menos, pues de continuar esta tendencia el desempleo en EU podría aumentar hasta el 11%, sin contar otras implicaciones nada agradables para el mercado laboral.
Nadie espera una tregua para el futuro, porque a China no parece serle suficiente tener un PIB creciendo a más de un 9% anual, ni tener un superávit comercial de casi $80 billones al año; China sabe que su GDP per cápita de apenas US$5,559, dista aún mucho del que disfrutan los 20 países más desarrollados (entre US$58,000 y 28,000), y aunque a nadie se lo diga, aún está muy inconforme con ver que de las 500 corporaciones más grandes del mundo, sólo 8 sean chinas.
De ahí que nadie puede esperar que habrá calma en el dragón. Como dijo recientemente un articulista en The Economist, "el dragón chino aún está respirando fuego", y en el hipotético caso de que se calmara, más atrás viene India, y no con menos hambre. Pero al menos las empresas extranjeras establecidas en Asia, continuaban pagando impuesto sobre la renta en EU y Europa, jurisdicciones que gravan las ganancias de las filiales y sucursales de sus corporaciones en el exterior. Esto no seguirá siendo exactamente así. Los fabricantes de conocidas marcas de productos están empezando a afrontar una dura competencia por parte de nuevas empresas 100% asiáticas que ya han comenzado a desafiarlas exitosamente. Resultado: menos ingresos tributarios para EU y Europa y más para las naciones de Subcontinente, que seguirán promoviendo el surgimiento de nuevas empresas 100% nacionales. Esto era de esperarse, viendo lo que está sucediendo con la educación en Asia.
El sudeste asiático está duplicando y, en algunos casos, triplicando la cantidad de ingenieros y científicos graduados de sus escuelas de alta tecnología. Ante este boom económico, un número cada vez más creciente de cerebros asiáticos graduados en las escuelas de negocios, ciencia e ingeniería de las mejores universidades de EU y Europa, está prefiriendo regresar a su país de origen, en vez de trabajar en las acomodadas tierras norteamericanas y europeas.
China, India y otras naciones de Asia están tan obsesionadas en expandir sus capacidades tecnológicas y comerciales que poco a poco la ideosincracia popular está viendo los estudiantes de ciencias, ingeniería y finanzas corporativas, como futuros miembros de una súper casta científicos y MBAs que heredarán la gloria futura de sus Estados. Ellas están apostando a ganar sobre la base de la excelencia de su educación superior y la preparación técnica de una fuerza laboral capaz de competir en las más sofisticadas industrias.
Los países desarrollados no se han quedado de brazos cruzados y han dado la voz de alarma: de no aumentar más la calidad técnica y científica de su fuerza laboral, Europa y EU pudieran quedarse rezagados en las próximas décadas. Y es al llegar a la palabra "rezagados" que miro a Latinoamérica y me pregunto, ¿qué están haciendo nuestros países ante los cambios que están ocurriendo en el mundo? ¿Qué están haciendo nuestros líderes ante esta redistribución del pastel?
El empuje del sudeste asiático está succionando empleos e inversiones a tal punto que cuando Wal-Mart (hoy la corporación más grande del mundo con casi $288 mil millones en ingresos el año pasado), quiere mantener a raya las exigencias laborales de sus sindicatos, les advierte que sus empleos podrían irse a la China. Y no está mintiendo, esa área del mundo se convierte en el eje al rededor del cual deben girar las grandes multinacionales que quieren mantener productos de alta calidad y precios competitivos.
A principios de los años 80 cuando el déficit comercial de EU frente a Japón creció a niveles exorbitantes, las únicas industrias que parecían estar libres de la amenaza nipona eran las dedicadas a proveer servicios. Pero ahora el Oriente quiere más, mucho más. Ya no sólo es Samsung, Toshiba o Toyota los que se impusieron a General Electric, RCA o General Motors, también la industria de los servicios está mirando hacia Asia. Las llamadas de telemercadeo ofreciendo servicios bancarios, de seguros o de televisión por cable a los residentes de cualquier barrio norteamericano, fácilmente tienen al otro lado del cordón telefónico a un operador situado en Shangai, Nueva Delhi o cualquier otro lugar de Asia donde la hora de trabajo sea más barata. Pero es sólo el inicio. Lo que ha estado preocupando, para no decir asustando a los norteamericanos, es que, según recientes estudios, se ha determinado que casi un 30% de los empleos de las industrias (normalmente de procesamiento y análisis de datos) pueden prestarse desde otros países con manos de obra más baratas y tan preparadas como la local. Y esto preocupa, pues "más barata" no significa un 10% menos que en EU, sino hasta un 10% de lo que cuesta en EU. En estas condiciones la palabra "outsourcing" se ha vuelto un sinónimo de reducción de empleos, y no es para menos, pues de continuar esta tendencia el desempleo en EU podría aumentar hasta el 11%, sin contar otras implicaciones nada agradables para el mercado laboral.
Nadie espera una tregua para el futuro, porque a China no parece serle suficiente tener un PIB creciendo a más de un 9% anual, ni tener un superávit comercial de casi $80 billones al año; China sabe que su GDP per cápita de apenas US$5,559, dista aún mucho del que disfrutan los 20 países más desarrollados (entre US$58,000 y 28,000), y aunque a nadie se lo diga, aún está muy inconforme con ver que de las 500 corporaciones más grandes del mundo, sólo 8 sean chinas.
De ahí que nadie puede esperar que habrá calma en el dragón. Como dijo recientemente un articulista en The Economist, "el dragón chino aún está respirando fuego", y en el hipotético caso de que se calmara, más atrás viene India, y no con menos hambre. Pero al menos las empresas extranjeras establecidas en Asia, continuaban pagando impuesto sobre la renta en EU y Europa, jurisdicciones que gravan las ganancias de las filiales y sucursales de sus corporaciones en el exterior. Esto no seguirá siendo exactamente así. Los fabricantes de conocidas marcas de productos están empezando a afrontar una dura competencia por parte de nuevas empresas 100% asiáticas que ya han comenzado a desafiarlas exitosamente. Resultado: menos ingresos tributarios para EU y Europa y más para las naciones de Subcontinente, que seguirán promoviendo el surgimiento de nuevas empresas 100% nacionales. Esto era de esperarse, viendo lo que está sucediendo con la educación en Asia.
El sudeste asiático está duplicando y, en algunos casos, triplicando la cantidad de ingenieros y científicos graduados de sus escuelas de alta tecnología. Ante este boom económico, un número cada vez más creciente de cerebros asiáticos graduados en las escuelas de negocios, ciencia e ingeniería de las mejores universidades de EU y Europa, está prefiriendo regresar a su país de origen, en vez de trabajar en las acomodadas tierras norteamericanas y europeas.
China, India y otras naciones de Asia están tan obsesionadas en expandir sus capacidades tecnológicas y comerciales que poco a poco la ideosincracia popular está viendo los estudiantes de ciencias, ingeniería y finanzas corporativas, como futuros miembros de una súper casta científicos y MBAs que heredarán la gloria futura de sus Estados. Ellas están apostando a ganar sobre la base de la excelencia de su educación superior y la preparación técnica de una fuerza laboral capaz de competir en las más sofisticadas industrias.
Los países desarrollados no se han quedado de brazos cruzados y han dado la voz de alarma: de no aumentar más la calidad técnica y científica de su fuerza laboral, Europa y EU pudieran quedarse rezagados en las próximas décadas. Y es al llegar a la palabra "rezagados" que miro a Latinoamérica y me pregunto, ¿qué están haciendo nuestros países ante los cambios que están ocurriendo en el mundo? ¿Qué están haciendo nuestros líderes ante esta redistribución del pastel?