Lavarse las manos
En la mayoría de los editoriales hablar de “lavarse las manos” tiene una connotación peyorativa, pero este no es el caso. Tal vez a muchos sorprenda que hasta hace unos 100 años no era costumbre en los hospitales que los médicos se lavaran las manos. Un galeno llamado Ignaz Semmelweiz notó que las pacientes de un área de maternidad morían en mayor cantidad que las de otro pabellón de ese hospital. Las del primer caso eran atendidas por estudiantes que las trataban justo después de hacer disecciones en cadáveres y que, por supuesto, no se lavaban las manos entre una tarea y la otra. Sólo con exigir el lavado de manos disminuyó la mortalidad a un quinto de la cifra anterior.
Algunas religiones establecen desde hace miles de años el ritual de lavarse las manos como un mandato litúrgico antes de ingerir alimentos, pero aún en el siglo XXI hay personas muy educadas que no siguen esta costumbre. Está comprobado, hacerlo evita la propagación de enfermedades. Los higienistas recomiendan lavarse las manos antes de preparar los alimentos, de comer, y después de cambiar pañales; después de toser, estornudar o soplarse la nariz con un pañuelo y después de hacer las necesidades fisiológicas. Ahora que estamos discutiendo el tema de la salud pública, vale la pena preguntarse cuántas enfermedades y gastos médicos evitaríamos si sólo nos laváramos las manos.