¿Le toca a Irán?
Después que las armas de destrucción masiva no aparecieron nunca en Irak, es lógico preguntarse hasta dónde las acusaciones lanzadas por el presidente George W. Bush contra el gobierno iraní sobre una supuesta ayuda a rebeldes iraquíes, serán o no ciertas.
El 9 de febrero pasado, el ex presidente del gobierno español, José María Aznar, en una comparecencia ante estudiantes españoles, admitió que nunca hubo armas químicas de destrucción masiva en Irak, y será imposible olvidar la salida del "espía de nueve vidas" George Tennett de la dirección general de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en medio de un amargo debate sobre si eran ciertas o no las informaciones dadas al presidente Bush sobre las benditas armas. Alguien trató de inculpar a la CIA, pero Tennett rechazó la acusación y terminó declinando el cargo, con su frase célebre: "Somos buenos, muy buenos", en una referencia a quienes trabajan en la inteligencia norteamericana.
Lo cierto es que nadie en Washington, desde entonces hasta ahora, ha dado una sola evidencia contundente de que las armas químicas de destrucción masiva que supuestamente existían en Irak y que justificaron la guerra, hubiesen existido alguna vez. Muchos son los que han estado bajo la percepción de que fue una excusa para lanzar una guerra que ahora parece comprometer a Estados Unidos en una situación incómoda.
El nuevo argumento ahora es que un sector del gobierno de Irán estaría aportando a los terroristas iraquíes cohetes de un enorme poder de destrucción. Son capaces de destruir los mejores tanques estadounidenses, habría dicho una fuente. Pero un alto vocero del pentágono dijo días más tardes que no había evidencia de tales afirmaciones. Entonces, ¿ante qué nuevo escenario estamos? ¿Cuáles son las lecciones de este debate que parece existir sólo en coyunturas muy específicas y con propósitos casi adivinables? ¿Hasta dónde conviene una nueva guerra a la política exterior norteamericana y al mundo?
Al menos, si es inevitable el conflicto, el mundo debe saber que se trata de la defensa de nuestra civilización contra lo que los enemigos señalados estiman deben ser nuestras formas de vida.