Legado Invaluable
Los seres humanos nos repetimos constantemente, pero en ocasiones vale la pena; el ilustre economista norteamericano Paul Baran, en su ya libroclásico "La economía política del crecimiento", nos señala: "es mejor tratar en forma imperfecta lo que es sustancial, que llegar al virtuosismo en el tratamiento de lo que no importa". En esta ocasión la reminiscencia que traigo a colación es la Homilía para futuros economistas, de Jesús Silva Herzog, quien falleciera en el año de 1986. Este legado que considero invaluable para el profesional de la economía y por extensión a losestudiosos de las ciencias sociales, y al público en general, resulta conveniente echarle un vistazo, ya que considero vigente el documento, aún en este planeta y su nueva mundialización, o tal vez, en razón de ella.
Silva Herzog, principia su ensayo refiriéndose a tres connotados economistas: al francés Juan Bautista Say; al ginebrino Juan Carlos Leonardo Sismondi; y al inglés Guillermo Stanley Jevons. Para el primero, la economía debía ser objetiva, concreta, teórica y descriptiva; debía exponer fríamente cómo se producen y distribuyen las riquezas, sin sermones.
Para el segundo, la economía es una ciencia moral y su objeto no es la riqueza, sino el bienestar físico del hombre. Para el tercero, la economía debe tener un carácter tan matemático como las ciencias físicas. En su opinión, la ciencia económica ha de ser matemática, sencillamente porque se ocupa de cantidades. Say fue un economista clásico liberal y creyente de la existencia de leyes naturales reguladoras de la vida económica; Sismondi puede clasificarse como un crítico social, moralista y precursor del historicismo, escuela que afirmaba categóricamente que las leyes de la economía no son naturales, sino históricas. Jevons fue uno de los primeros marginalistas, junto con
Menger y Walras. El marginalismo, nos dice Silva Herzog, es una doctrina económica que ha tenido mucho éxito y que es una mezcla de ingredientes psicológicos y elucubraciones matemáticas. La opinión de Say, de que la economía debe limitarse a describir fríamente los hechos, a informar al lector cómo se producen, distribuyen y consumen las riquezas. No puede aceptarse en nuestros días. si así fuera, no podría hablarse de política económica, de desarrollo económico o de una mejor distribución del ingreso.
Nos dice nuestro autor, "que toda política económica debe basarse en el estudio profundo de la realidad, con el claro propósito de superarla"; y "que reducir la economía a una ciencia descriptiva, es negar su calidad científica". La economía tampoco es una ciencia matemática como pensaba Jevons. "Es cierto que se ocupa de cantidades; es más cierto aún, que entre esas cantidades está el hombre y que el hombre no es una mera cantidad". "La historia es el drama del hombre y es obvio que el drama escapa al guarismo y que no cabe representarlo ni por cien, ni por mil ni por diez mil". "Lo antes dicho no significa ignorancia respecto a la utilidad de las matemáticas para el economista". "A mi parecer, el punto de vista de Sismondi se aproxima más a la verdad que los de Jevons y Say. Pero se hubiera aproximado todavía más, si hubiera escrito que la economía es una ciencia social, que estudia cómo se producen y distribuyen los bienes materiales y cómo deberían producirse y distribuirse". Asimismo, "que su objeto no es la riqueza por la riqueza misma, sino un medio para mejorar al hombre en todos los aspectos esenciales de su existencia individual y colectiva".
"La economía es una ciencia humana y sus leyes están sujetas a cambios inevitables, impuestos por la estructura económica y las instituciones jurídicas y políticas de la sociedad". Para la ciencia económica es indispensable la consideración del tiempo y el espacio, de ahí, que de las ciencias de la historia y la geografía emanen nociones fundamentales para el estudio de lo económico. Al respecto, nos indica nuestro autor: "resultaría disparatado establecer una fábrica de refrigeradores en Terranova, o una gran empresa para fabricar zorros azules o plateados en Panamá". Sin embargo, "la finalidad suprema de la economía es el hombre". Se pregunta nuestro autor ¿a qué se deben los cambios en la historia de las sociedades? Y responde "que el origen de tales cambios se encuentra en el cerebro del hombre, estimulado en la mayoría de los casos por la presión de necesidades insatisfechas".
Lo que importa afirmar, es que el economista sin preocupaciones sociales, sin un sentido social de la economía, es un mutilado que se mueve en ámbito estrecho, sin alas en el pensamiento y sin capacidad constructiva y creadora". "El economista debe propugnar por abatir la pobreza y la miseria en su nación". Al respecto concluye con una frase de Adam Smith: "Ninguna sociedad puede florecer ni ser felíz, si la mayoría de sus miembros son pobres o miserables".
Silva Herzog, principia su ensayo refiriéndose a tres connotados economistas: al francés Juan Bautista Say; al ginebrino Juan Carlos Leonardo Sismondi; y al inglés Guillermo Stanley Jevons. Para el primero, la economía debía ser objetiva, concreta, teórica y descriptiva; debía exponer fríamente cómo se producen y distribuyen las riquezas, sin sermones.
Para el segundo, la economía es una ciencia moral y su objeto no es la riqueza, sino el bienestar físico del hombre. Para el tercero, la economía debe tener un carácter tan matemático como las ciencias físicas. En su opinión, la ciencia económica ha de ser matemática, sencillamente porque se ocupa de cantidades. Say fue un economista clásico liberal y creyente de la existencia de leyes naturales reguladoras de la vida económica; Sismondi puede clasificarse como un crítico social, moralista y precursor del historicismo, escuela que afirmaba categóricamente que las leyes de la economía no son naturales, sino históricas. Jevons fue uno de los primeros marginalistas, junto con
Menger y Walras. El marginalismo, nos dice Silva Herzog, es una doctrina económica que ha tenido mucho éxito y que es una mezcla de ingredientes psicológicos y elucubraciones matemáticas. La opinión de Say, de que la economía debe limitarse a describir fríamente los hechos, a informar al lector cómo se producen, distribuyen y consumen las riquezas. No puede aceptarse en nuestros días. si así fuera, no podría hablarse de política económica, de desarrollo económico o de una mejor distribución del ingreso.
Nos dice nuestro autor, "que toda política económica debe basarse en el estudio profundo de la realidad, con el claro propósito de superarla"; y "que reducir la economía a una ciencia descriptiva, es negar su calidad científica". La economía tampoco es una ciencia matemática como pensaba Jevons. "Es cierto que se ocupa de cantidades; es más cierto aún, que entre esas cantidades está el hombre y que el hombre no es una mera cantidad". "La historia es el drama del hombre y es obvio que el drama escapa al guarismo y que no cabe representarlo ni por cien, ni por mil ni por diez mil". "Lo antes dicho no significa ignorancia respecto a la utilidad de las matemáticas para el economista". "A mi parecer, el punto de vista de Sismondi se aproxima más a la verdad que los de Jevons y Say. Pero se hubiera aproximado todavía más, si hubiera escrito que la economía es una ciencia social, que estudia cómo se producen y distribuyen los bienes materiales y cómo deberían producirse y distribuirse". Asimismo, "que su objeto no es la riqueza por la riqueza misma, sino un medio para mejorar al hombre en todos los aspectos esenciales de su existencia individual y colectiva".
"La economía es una ciencia humana y sus leyes están sujetas a cambios inevitables, impuestos por la estructura económica y las instituciones jurídicas y políticas de la sociedad". Para la ciencia económica es indispensable la consideración del tiempo y el espacio, de ahí, que de las ciencias de la historia y la geografía emanen nociones fundamentales para el estudio de lo económico. Al respecto, nos indica nuestro autor: "resultaría disparatado establecer una fábrica de refrigeradores en Terranova, o una gran empresa para fabricar zorros azules o plateados en Panamá". Sin embargo, "la finalidad suprema de la economía es el hombre". Se pregunta nuestro autor ¿a qué se deben los cambios en la historia de las sociedades? Y responde "que el origen de tales cambios se encuentra en el cerebro del hombre, estimulado en la mayoría de los casos por la presión de necesidades insatisfechas".
Lo que importa afirmar, es que el economista sin preocupaciones sociales, sin un sentido social de la economía, es un mutilado que se mueve en ámbito estrecho, sin alas en el pensamiento y sin capacidad constructiva y creadora". "El economista debe propugnar por abatir la pobreza y la miseria en su nación". Al respecto concluye con una frase de Adam Smith: "Ninguna sociedad puede florecer ni ser felíz, si la mayoría de sus miembros son pobres o miserables".