Legado y defensa de la libertad
Son muchos los sacrificios, demostraciones y pruebas que informan, sin duda, que los americanos no estamos hechos para el sometimiento y por eso América no podrá cumplir su destino de otra manera que siendo la tierra donde el árbol de la democracia crezca lozano y pujante para cobijar bajo sus fuertes ramas a una familia de pueblos viriles, que quieren vivir con las libertades que conquistaron sus mayores (Bolívar, San Martín, Morelos, O"Higgins, Artigas, Washington, Morazán y otros) y que invocan sus himnos y simbolizan sus banderas.
En realidad, la libertad (digámoslo bien alto y claro) sólo puede realizarse en la democracia. Podrá ser ésta imperfecta como sistema; es más, reconocemos que adolece de muchas, de incontables fallas; pero hay que destacar, como la secreta virtud de su fuerza, el hecho de que es perfectible, que ninguna de las desviaciones en que ocasionalmente caiga por culpa de los hombres, más que de sus instituciones, resulta irreparable. En verdad, la democracia no alardea de haber nacido perfecta, como salió Minerva del cerebro de Júpiter; mas sostiene que persigue ese ideal de perfección y que lograrlo en toda su extensión y profundidad es el objeto de sus leyes, mediante las cuales el hombre (y la mujer, por supuesto) podrá alcanzar sus fines naturales y sobrenaturales, si entendemos por estos últimos, al margen de interpretaciones teológicas, los que le hacen trascender a la libertad como atributo de su irrenunciable grandeza.
Nos corresponde a nosotros (la presente generación americana), consolidar el frente de la libertad, estrechar filas, juntar hombro con hombro. Y es que, emancipado ya el hombre de la servidumbre de la naturaleza; dueño de muchos de sus secretos y provisto de las armas de una ciencia y tecnología que día a día le depara nuevas y portentosas conquistas; cada vez más dueño el espíritu de la materia, es preciso obtener ahora la victoria decisiva de la dignidad y los derechos humanos sobre la violencia y la sumisión.
¿Defender la libertad por siempre? He aquí la gran batalla que hay que reñir, el norte a que debe apuntar, incansablemente, nuestra acción de todos los momentos, de todas las horas, de todos los días. Defender la libertad no debe confundirse con el libertinaje, ni tampoco es posible realizarla en sus verídicas esencias en el mundo sin normas del anarquismo utópico, de igual manera resulta imposible reconocerla bajo la dolorosa y grotesca deformación que le imponen los sistemas esclavistas, aún cuando sus corifeos la invoquen, la definan a su modo y se obstinen en la inútil empresa de llevarnos al convencimiento de que no sólo es divisible, sino también de que admite diversos modos de ser concebida y practicada. Menos aún debe aceptarse que puedan salirse a la libertad mesías investidos de la misión de regenerarla, de velar por ella paternalmente y de entregarla limpia de impureza a los pueblos.
Hablamos, pues, de defender la libertad y la democracia. En efecto, lo que no debemos hacer es descuidarnos. El mundo libre está capacitado para dar una réplica aplastante a quienes lo desafían. Dispone de recursos humanos, morales y materiales suficientes para librar la batalla por su supervivencia. Y en esa lucha particularmente Panamá y América. Se trata sólo de que esos recursos se movilicen a tiempo, con la máxima eficacia y con una resolución que no sepa de claudicaciones ni de imperdonables y suicidas indiferencias. Todas las voluntades deben alistarse para esta gran empresa. Cada cual debe contribuir a ella con su parte de esfuerzo, de sacrificio y de vigilancia. ¡Así evitaremos que el enemigo pueda sorprendernos con la guardia baja!.
Algo más todavía: en la lucha para defender a la sociedad democrática y cristiana no puede haber neutrales ni indiferentes. La neutralidad es una colaboración en la obra de las fuerzas del mal y la indiferencia un delito.
En realidad, la libertad (digámoslo bien alto y claro) sólo puede realizarse en la democracia. Podrá ser ésta imperfecta como sistema; es más, reconocemos que adolece de muchas, de incontables fallas; pero hay que destacar, como la secreta virtud de su fuerza, el hecho de que es perfectible, que ninguna de las desviaciones en que ocasionalmente caiga por culpa de los hombres, más que de sus instituciones, resulta irreparable. En verdad, la democracia no alardea de haber nacido perfecta, como salió Minerva del cerebro de Júpiter; mas sostiene que persigue ese ideal de perfección y que lograrlo en toda su extensión y profundidad es el objeto de sus leyes, mediante las cuales el hombre (y la mujer, por supuesto) podrá alcanzar sus fines naturales y sobrenaturales, si entendemos por estos últimos, al margen de interpretaciones teológicas, los que le hacen trascender a la libertad como atributo de su irrenunciable grandeza.
Nos corresponde a nosotros (la presente generación americana), consolidar el frente de la libertad, estrechar filas, juntar hombro con hombro. Y es que, emancipado ya el hombre de la servidumbre de la naturaleza; dueño de muchos de sus secretos y provisto de las armas de una ciencia y tecnología que día a día le depara nuevas y portentosas conquistas; cada vez más dueño el espíritu de la materia, es preciso obtener ahora la victoria decisiva de la dignidad y los derechos humanos sobre la violencia y la sumisión.
¿Defender la libertad por siempre? He aquí la gran batalla que hay que reñir, el norte a que debe apuntar, incansablemente, nuestra acción de todos los momentos, de todas las horas, de todos los días. Defender la libertad no debe confundirse con el libertinaje, ni tampoco es posible realizarla en sus verídicas esencias en el mundo sin normas del anarquismo utópico, de igual manera resulta imposible reconocerla bajo la dolorosa y grotesca deformación que le imponen los sistemas esclavistas, aún cuando sus corifeos la invoquen, la definan a su modo y se obstinen en la inútil empresa de llevarnos al convencimiento de que no sólo es divisible, sino también de que admite diversos modos de ser concebida y practicada. Menos aún debe aceptarse que puedan salirse a la libertad mesías investidos de la misión de regenerarla, de velar por ella paternalmente y de entregarla limpia de impureza a los pueblos.
Hablamos, pues, de defender la libertad y la democracia. En efecto, lo que no debemos hacer es descuidarnos. El mundo libre está capacitado para dar una réplica aplastante a quienes lo desafían. Dispone de recursos humanos, morales y materiales suficientes para librar la batalla por su supervivencia. Y en esa lucha particularmente Panamá y América. Se trata sólo de que esos recursos se movilicen a tiempo, con la máxima eficacia y con una resolución que no sepa de claudicaciones ni de imperdonables y suicidas indiferencias. Todas las voluntades deben alistarse para esta gran empresa. Cada cual debe contribuir a ella con su parte de esfuerzo, de sacrificio y de vigilancia. ¡Así evitaremos que el enemigo pueda sorprendernos con la guardia baja!.
Algo más todavía: en la lucha para defender a la sociedad democrática y cristiana no puede haber neutrales ni indiferentes. La neutralidad es una colaboración en la obra de las fuerzas del mal y la indiferencia un delito.